Suleiman Zeidouni, de 49 años, es el último ganadero que resiste en Qlaya, una pequeña localidad del sur del Líbano ubicada a apenas cuatro kilómetros de la frontera israelí. Desde su granja, con la vista puesta en el horizonte, contempla cada día un paisaje que lo dice todo: el municipio de Al Jiam aparece ante sus ojos como una extensión grisácea y arrasada, posada sobre un valle verde bajo un cielo azul, como si fuera un montaje imposible de creer.
Un ganadero que sostiene a su pueblo
‘Yo sostengo a Qlaya’, afirma Zeidouni con determinación. Este hombre es el único productor de lácteos que queda en la zona, y es consciente de que su actividad representa uno de los últimos vínculos que mantienen vivo a un municipio rodeado por la guerra. Qlaya es una de las pocas localidades fronterizas con mayoría cristiana y sin presencia de Hezbolá, lo que explica que Israel no haya ordenado allí un desalojo indiscriminado como sí ha hecho en otros lugares cercanos.
Señalando hacia la llanura que se extiende entre su granja y la frontera, el ganadero describe lo que fue y lo que es ahora: ‘De ahí para abajo nadie pasa’. Ese triángulo de tierra fértil entre Qlaya, Al Jiam y Bourj el Mlouk estaba antes lleno de agricultores que cultivaban pepinos, tomates y sandías en verano, y cereales en invierno. ‘Ahora es una zona de muerte’, lamenta una vecina que prefiere no revelar su nombre.
Explosiones que borran aldeas enteras
Mientras conversan, el sonido de explosiones lejanas interrumpe la charla. Son las detonaciones controladas con las que el ejército israelí va demoliendo de forma sistemática las 55 aldeas que mantiene bajo su ocupación en el sur libanés. Según el Consejo Nacional de Investigación Científica del Líbano, desde el inicio de la supuesta tregua del 17 de abril han sido destruidas más de 10.600 viviendas, además de bosques y campos de cultivo. ‘No solo oímos las explosiones’, dice Zeidouni, aludiendo al temblor que sacude la tierra.
Los propios residentes de Qlaya evitan fotografiar ese paisaje devastado, temerosos de que el ejército israelí pueda responder con disparos. A veces ven, de noche, maquinaria pesada israelí avanzar por la llanura con bulldozers, aunque desconocen con exactitud qué operaciones llevan a cabo.
Una agricultura en colapso
Zeidouni mantuvo su actividad incluso cuando Israel bombardeó los puentes de la región para cortar el movimiento de Hezbolá, dejando aisladas a las comunidades locales. Se quedó para abastecer a quienes no huyeron y para seguir comprando leche a otros productores que, sin él, no tendrían a quién venderla. Sin embargo, la guerra lo ha obligado a reducir la producción, y las doce familias que emplea están actualmente sin poder trabajar. Lo cuenta con una sonrisa amarga.
El panorama es devastador a escala regional. La ofensiva israelí, que ha causado más de 3.000 víctimas mortales desde marzo y mantiene desplazadas a 1,2 millones de personas, ha expulsado al 78% de los agricultores del sur del país, según datos del Ministerio de Agricultura libanés. En total, más del 22% de las tierras de cultivo de todo el Líbano han sufrido daños tras casi tres años de bombardeos.
Hambre para quienes alimentaban a un país
El sur del Líbano es una de las regiones más fértiles del país y la agricultura sustenta a más de un tercio de su población. La paradoja es cruel: quienes alimentaban a la nación son hoy quienes más sufren el hambre. Según la Clasificación Integrada de la Seguridad Alimentaria en Fases (CIF), el sistema respaldado por Naciones Unidas, una cuarta parte de la población libanesa padece inseguridad alimentaria aguda y no puede permitirse adquirir alimentos básicos o se ve obligada a reducir el número de comidas diarias.
Incluso si los campesinos pudieran regresar mañana a sus tierras, el sector tardaría años en recuperarse. Los campos quemados, los árboles frutales destruidos, la infraestructura de riego arrasada y la maquinaria perdida dibujan un horizonte sombrío para una región que, antes de la guerra, era el granero del Líbano.



