En medio de un clima político turbulento y una economía que aún busca recuperar su ritmo, Colombia sorprende con un dato contundente: el valor de sus grandes operaciones empresariales se triplicó en lo que va de 2026. Adquisiciones multimillonarias en telecomunicaciones, energía, cemento y tecnología financiera demuestran que el país sigue siendo un destino atractivo para el capital nacional e internacional, incluso cuando el ruido institucional parecería espantar a los inversionistas.

La señal más poderosa llegó desde el sector de las telecomunicaciones: Millicom International Cellular completó la compra de la totalidad de Tigo Colombia, una operación que reconfigura por completo el mapa de la conectividad en el país. Este movimiento no es menor. Tigo es uno de los operadores más relevantes en ciudades intermedias y zonas rurales, lo que convierte esta transacción en un apoyo a la infraestructura digital de regiones históricamente subatendidas.

Contexto y antecedentes

El dinamismo empresarial de 2026 llega después de un 2025 marcado por señales contradictorias. Según un informe reciente, ese año registró menos creaciones de nuevas compañías y miles de cierres atribuidos a la desaceleración económica, el encarecimiento del crédito y la incertidumbre regulatoria bajo el gobierno de Gustavo Petro. Sin embargo, las grandes corporaciones con visión de largo plazo parecen haber leído el momento de manera diferente: los activos colombianos están disponibles a precios competitivos y el mercado interno sigue siendo uno de los más grandes de América Latina.

Más allá de las telecomunicaciones, la actividad se ha extendido a otros sectores estratégicos. La multinacional suiza Holcim anunció la compra de parte de las operaciones de Cemex en Colombia por cerca de 485 millones de dólares, consolidando su posición en el mercado de materiales de construcción. En paralelo, Parex Resources adquirió 17 activos petroleros que estaban en manos de Frontera Energy, una apuesta directa por el sector de hidrocarburos en un momento en que el Gobierno nacional busca reducir la dependencia del petróleo. Y desde Barranquilla, el Banco Serfinanza compró el 30 por ciento de la fintech T-paga, señal de que la banca tradicional colombiana también quiere un pie en la economía digital.

Este ciclo de consolidaciones responde a una lógica global: en entornos de incertidumbre, las empresas con músculo financiero aprovechan para comprar activos que, en condiciones normales, tendrían valoraciones más altas. Colombia, con su tamaño poblacional, su posición geográfica y su infraestructura en expansión, ofrece una ecuación que difícilmente se ignora desde las mesas de decisión de Zúrich, Estocolmo o Calgary.

Los puntos clave

  • Millicom adquiere Tigo Colombia al 100%, la operación más grande del trimestre, que redefine el mercado de telecomunicaciones y amplía la cobertura en ciudades intermedias y zonas rurales del país.
  • Holcim compra activos de Cemex Colombia por cerca de 485 millones de dólares, reforzando la presencia europea en el sector de materiales de construcción en un momento de alta demanda habitacional.
  • Parex Resources se hace con 17 activos petroleros de Frontera Energy, apostando por el upstream de hidrocarburos colombiano pese a las tensiones regulatorias del gobierno Petro con el sector minero-energético.
  • Banco Serfinanza adquiere el 30% de la fintech T-paga, una movida que refleja la convergencia entre la banca tradicional y las soluciones tecnológicas de pagos digitales en Colombia.
  • El respaldo ciudadano al sector minero alcanzó niveles récord, lo que ofrece un contrapeso político relevante frente a las políticas restrictivas del Ejecutivo y da mayor seguridad jurídica percibida a los inversionistas extranjeros.

¿Qué significa esto?

La triplicación del valor de los negocios en Colombia en el arranque de 2026 es, ante todo, una declaración de confianza en la resiliencia institucional del país. Los inversionistas no están apostando por el gobierno de turno: están apostando por el mercado colombiano como tal. Esto implica que, más allá del debate político sobre la política energética o el modelo de desarrollo, existe un piso de credibilidad económica que se sostiene gracias al marco regulatorio, a la independencia relativa del banco central y a una clase empresarial local que mantiene su capacidad de negociación.

Sin embargo, el análisis no puede ser triunfalista. Que lleguen grandes capitales a comprar activos existentes no equivale a inversión en nueva infraestructura o generación de empleo masivo. Las fusiones y adquisiciones redistribuyen la propiedad, pero no necesariamente amplían la capacidad productiva del país. El verdadero indicador de confianza será la inversión en proyectos greenfield —es decir, desde cero— en los próximos trimestres, especialmente en energías renovables, manufactura y tecnología.

Perspectiva para América Latina

El caso colombiano es un termómetro útil para toda la región. En un contexto donde países como Argentina, México y Brasil atraviesan sus propias turbulencias políticas y fiscales, la capacidad de Colombia para atraer capital en medio del ruido envía un mensaje: los mercados emergentes latinoamericanos siguen siendo relevantes para el capital global, siempre que existan activos de valor, marcos legales mínimamente estables y una masa de consumidores en crecimiento. La entrada de Holcim, una empresa suiza, y de Millicom, con sede en Luxemburgo, indica que Europa también busca diversificar su exposición a mercados en desarrollo más allá de Asia.

Para los países vecinos, la dinámica colombiana también plantea una pregunta incómoda: ¿están en condiciones de competir por esos flujos de capital? Naciones como Ecuador o Perú, con marcos minero-energéticos en disputa, o Venezuela y Nicaragua, prácticamente excluidas del radar inversor global, observan cómo Colombia, con todas sus contradicciones, logra posicionarse como un destino viable. Eso, en sí mismo, es una ventaja competitiva que no debe subestimarse.

Lo que hay que seguir de cerca en los próximos meses es si estas grandes jugadas se traducen en compromisos concretos de inversión operativa, si el sector fintech consolida una segunda ola de adquisiciones y, sobre todo, cómo responde el Gobierno colombiano a este dinamismo: si lo acompaña con certeza jurídica o si la agenda política vuelve a generar fricciones que enfríen el apetito inversor de cara al segundo semestre de 2026.

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Fuente: NEWS MEDIA · Publicado el 21 de mayo de 2026
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