La diplomacia entre las dos mayores potencias del mundo vuelve a ponerse a prueba. Donald Trump viajará a Pekín entre el miércoles y el viernes para reunirse con el presidente chino Xi Jinping en lo que será la primera visita de un mandatario estadounidense a la capital china en casi nueve años. Un encuentro cargado de simbolismo, intereses encontrados y una tensión geopolítica que no cesa.

Un reencuentro con historia

No es la primera vez que Trump pisa suelo chino. En 2017, durante su primer mandato, visitó Pekín con críticas al desequilibrio comercial entre ambos países. Quedó impresionado por el recibimiento, pero al regresar a Washington desató una guerra comercial cuyos efectos aún se sienten hoy. Esta nueva cita llega tras meses de tensión arancelaria y un frágil entendimiento alcanzado en Busán, Corea del Sur, el pasado octubre.

El Ministerio de Exteriores chino ha querido dar el tono del encuentro recuperando un concepto de la Guerra Fría: la ‘coexistencia pacífica’. Un vídeo propagandístico publicado por la Cancillería asiática lo resume con una frase cargada de subtexto: ‘El mundo es demasiado pequeño como para que China y Estados Unidos se enfrenten’.

Taiwán, aranceles e inteligencia artificial

Entre los asuntos que centrarán las conversaciones, Taiwán ocupa el primer plano para Pekín. China buscará reforzar su posición sobre la isla y obtener señales claras de Washington sobre su política en el estrecho. También estarán sobre la mesa los aranceles, el comercio bilateral y, de forma creciente, la regulación y el desarrollo de la inteligencia artificial, un campo en el que ambas potencias compiten ferozmente.

Las tierras raras, materiales esenciales para la industria tecnológica y de defensa, constituyen otro punto de fricción. China controla gran parte de su producción mundial y no ha dudado en utilizarlas como palanca negociadora en momentos de tensión con Estados Unidos.

Irán, la sombra que lo complica todo

El conflicto en Oriente Próximo ha irrumpido como un factor inesperado en esta cumbre. La guerra en Irán, gran proveedor de petróleo para China, ha enturbiado aún más una relación bilateral ya de por sí compleja. Trump llega a Pekín en una posición de relativa debilidad: el conflicto ha deteriorado sus alianzas en Europa y Asia, ha mermado arsenales y genera un creciente malestar interno.

Según los sondeos, el descontento ciudadano por las subidas del combustible y el coste de la guerra podría costar a los republicanos el control de ambas cámaras del Congreso en las elecciones de noviembre. Eso convierte la búsqueda de un acuerdo con Teherán en una prioridad política urgente para el presidente estadounidense.

‘Hasta qué punto Irán sea dominante en esta cumbre será clave para ver qué resultados concretos se cierran en ella’, señala Brett Fetterly, analista de la consultora The Asia Group.

Xi en posición de ventaja

Trump podría necesitar la colaboración de Xi para presionar a Irán, frenar posibles transferencias de armamento a Teherán y lograr que Pekín reduzca sus compras de crudo iraní. Sin embargo, esta dependencia coloca a China en una posición negociadora privilegiada. Xi llega a la cumbre con las cartas mejor repartidas.

Por su parte, Pekín tiene sus propios intereses en lograr estabilidad. La continuación del conflicto en Oriente Medio y el cierre del estrecho de Ormuz también perjudican a la economía china. Ambas partes tienen razones para buscar acuerdos, aunque los puntos de desencuentro siguen siendo profundos.

Pompa y circunstancia en la Ciudad Prohibida

Más allá de los contenidos de la agenda, la visita será un espectáculo diplomático de primer orden. China prepara un recibimiento de alto voltaje para su invitado, en la mejor tradición de la República Popular cuando quiere proyectar poder e influencia. Una puesta en escena que, en cualquier caso, no ocultará la complejidad de una relación que define en buena medida el rumbo del mundo.

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Fuente: NEWS MEDIA · Publicado el 12 de mayo de 2026
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