El cierre del estrecho de Ormuz ha disparado los precios del combustible en todo el mundo, y la imagen de largas filas de automóviles en Santiago de Chile esperando antes de un nuevo aumento en la gasolina se ha convertido en el símbolo más elocuente de una fragilidad que los economistas llevan décadas advirtiendo: la dependencia excesiva de una sola fuente de suministro para cualquier bien crítico puede convertirse en un punto de falla catastrófico para la economía global.
El economista Nobel Michael Spence, desde Milán, plantea en su análisis para Project Syndicate una advertencia que trasciende la coyuntura del Ormuz: la arquitectura del comercio mundial ha acumulado tantas vulnerabilidades estructurales que un único evento disruptivo —geopolítico, climático o sanitario— es suficiente para desencadenar shocks en cadena que afectan a consumidores y empresas en los cinco continentes. No se trata de mala suerte; se trata de un diseño sistémico que privilegió la eficiencia sobre la resiliencia durante décadas.
Contexto y antecedentes
El concepto de ‘cuello de botella’ en economía describe cualquier punto de concentración en una cadena de suministro donde el flujo de bienes, energía o información puede interrumpirse de forma abrupta. El estrecho de Ormuz —por donde transita aproximadamente el 20% del petróleo mundial— es quizás el ejemplo más conocido, pero no el único. La pandemia de COVID-19 expuso cuellos de botella similares en semiconductores, materias primas farmacéuticas y componentes manufactureros concentrados en pocas geografías, especialmente en Asia.
Durante los años noventa y la primera década del siglo XXI, la globalización fue celebrada como un motor de eficiencia: la producción justo a tiempo (‘just-in-time’), las cadenas de valor fragmentadas en decenas de países y la concentración de ciertos sectores en regiones con ventajas comparativas redujeron costos de manera extraordinaria. Sin embargo, ese modelo sacrificó la redundancia —la capacidad de sustituir rápidamente una fuente por otra— en aras de la rentabilidad inmediata.
Los actores clave en este debate son múltiples: gobiernos que hoy buscan relocalizar industrias estratégicas (‘reshoring’), empresas que intentan diversificar proveedores y organismos multilaterales como el FMI y la OCDE que han comenzado a incorporar indicadores de resiliencia en sus evaluaciones macroeconómicas. La guerra en Ucrania, el conflicto en Medio Oriente y las tensiones comerciales entre Estados Unidos y China han acelerado esta discusión hasta convertirla en urgencia política.
Los puntos clave
- El estrecho de Ormuz es el cuello de botella energético más crítico del planeta: su bloqueo impacta directamente los precios del combustible desde Santiago hasta Seúl, demostrando la interconexión real de la economía global.
- La sobredependencia de fuente única no es un accidente, sino el resultado de décadas de políticas comerciales que priorizaron la eficiencia sobre la seguridad de suministro, según advierte el economista Michael Spence.
- Los semiconductores, el litio, el cobre y las tierras raras representan nuevos cuellos de botella emergentes, tan estratégicos como el petróleo pero con cadenas de suministro aún más concentradas geográficamente.
- Los países en desarrollo son los más vulnerables ante estos shocks porque tienen menor capacidad de absorber alzas de precios en energía y alimentos, y menos herramientas de política económica para responder.
- La diversificación de proveedores y el ‘nearshoring’ son las respuestas más frecuentes de gobiernos y empresas, pero implican costos de transición elevados que pueden generar inflación en el corto plazo.
¿Qué significa esto?
El impacto más inmediato y tangible es el que ya se vive en las bombas de gasolina y en las facturas de electricidad de millones de hogares. Pero el análisis de Spence apunta a algo más profundo: mientras la economía global no rediseñe sus cadenas de suministro para incorporar redundancia real, cada crisis geopolítica o climática seguirá teniendo el poder de exportar inflación e inestabilidad a países que no tienen ninguna responsabilidad directa en el conflicto de origen. Es una forma de contagio económico que los modelos tradicionales subestimaron sistemáticamente.
Las consecuencias van más allá del precio de la gasolina. Los cuellos de botella en insumos críticos pueden paralizar industrias enteras, generar desempleo, depreciar monedas y obligar a gobiernos a adoptar medidas de emergencia —subsidios, controles de precios, reservas estratégicas— que distorsionan aún más sus economías. La pregunta ya no es si el mundo necesita una arquitectura comercial más resiliente, sino quién pagará el costo de construirla y en qué plazo.
Perspectiva para América Latina
América Latina ocupa una posición paradójica en este escenario: es hogar de algunos de los recursos que el mundo necesita para reducir su dependencia de los combustibles fósiles —litio en el triángulo Bolivia-Chile-Argentina, cobre en Chile y Perú, níquel en Cuba y Brasil— pero al mismo tiempo es importadora neta de petróleo en varios de sus países y enormemente vulnerable a los shocks en los precios internacionales de la energía. La imagen de las filas en Santiago antes del alza de la gasolina no es una anécdota local; es el reflejo de cómo las tensiones en el Golfo Pérsico se traducen en decisiones de política social en los Andes.
La región tiene, sin embargo, una oportunidad histórica: si logra posicionarse como proveedora confiable y diversificada de los minerales críticos para la transición energética global, podría reducir su propia vulnerabilidad mediante acuerdos de largo plazo que garanticen precios estables y transferencia tecnológica. El desafío es que esa oportunidad requiere instituciones sólidas, inversión sostenida y una visión estratégica que suele colisionar con la inestabilidad política que caracteriza a varios países de la región.
La discusión sobre los cuellos de botella globales apenas comienza a instalarse en las agendas de los gobiernos y en los directorios de las grandes empresas. En los próximos meses, será clave observar si las negociaciones comerciales entre las grandes potencias incorporan cláusulas de resiliencia, si América Latina logra articular una posición común sobre sus recursos estratégicos y si el alza en los precios del combustible derivada del cierre del Ormuz se estabiliza o escala hacia una nueva crisis energética de alcance global.


