Un gigantesco laboratorio de procesamiento de cocaína fue desmantelado por las Fuerzas Militares de Colombia en el departamento de Nariño, en una operación que golpea directamente a las disidencias de las FARC y a una red internacional de narcotráfico que conectaba a Colombia con Ecuador y, desde allí, con los mercados de consumo en Estados Unidos. El operativo permitió evitar la circulación de aproximadamente 2 millones de dosis de cocaína en las calles, lo que lo convierte en uno de los golpes antinarcóticos más significativos registrados en la región en los últimos meses.
La estructura desarticulada operaba como un nodo estratégico en una cadena de tráfico transnacional: los grupos disidentes de las FARC procesaban la droga en suelo colombiano, la trasladaban a través de la porosa frontera con Ecuador, donde la entregaban a organizaciones criminales locales, y desde puertos del Pacífico ecuatoriano la despachaban por vía marítima hacia Norteamérica. Un circuito que ilustra, una vez más, la sofisticación logística del narcotráfico contemporáneo.
Contexto y antecedentes
Nariño es, desde hace décadas, uno de los departamentos colombianos más golpeados por el conflicto armado y el narcotráfico. Su ubicación geográfica, con salida al océano Pacífico y frontera directa con Ecuador, lo convierte en un corredor natural para el tráfico de drogas. Tras la firma del Acuerdo de Paz de 2016, una parte de las antiguas FARC-EP no se desmovilizó o volvió a las armas, conformando lo que hoy se conoce como disidencias o ‘Segunda Marquetalia’, que disputaron y en gran medida controlan zonas cocaleras del sur del país.
Ecuador, por su parte, ha experimentado en los últimos años una crisis de seguridad sin precedentes, con la proliferación de grupos criminales vinculados al narcotráfico internacional —muchos de ellos conectados con carteles mexicanos— que han convertido al país en un punto de tránsito clave. El gobierno ecuatoriano del presidente Daniel Noboa ha declarado un ‘conflicto armado interno’ y ha intensificado operaciones militares, pero la penetración del crimen organizado sigue siendo profunda.
La ruta Pacífico desde Ecuador hacia Estados Unidos es una de las más activas del hemisferio. Según datos de la DEA y la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), Colombia sigue siendo el mayor productor mundial de hoja de coca, y el corredor sur-Pacífico representa una fracción significativa de los envíos que llegan a puertos estadounidenses en California y Texas.
Los puntos clave
- El laboratorio fue hallado en el departamento de Nariño, región estratégica por su frontera con Ecuador y su salida al Pacífico, operado por disidencias de las FARC.
- La operación evitó la llegada a las calles de aproximadamente 2 millones de dosis de cocaína, lo que representa un impacto directo en la disponibilidad de la droga en mercados internacionales.
- La ruta identificada conectaba el laboratorio en Colombia con grupos ilegales en Ecuador, quienes se encargaban del transporte marítimo hacia Estados Unidos.
- El operativo fue ejecutado por el Ejército Nacional de Colombia, lo que evidencia el enfoque militar que el gobierno de Gustavo Petro ha mantenido en ciertas zonas, a pesar de sus polémicas iniciativas de ‘paz total’.
- El hallazgo revela una red de narcotráfico con división de roles transnacional: producción en Colombia, tránsito en Ecuador y distribución en el mercado estadounidense.
¿Qué significa esto?
Más allá del impacto inmediato en términos de droga incautada, este operativo revela la persistente capacidad operativa de las disidencias de las FARC para mantener infraestructuras de procesamiento de gran escala en territorios donde el Estado colombiano tiene presencia limitada. La existencia de un ‘gigantesco laboratorio’ no es producto de una operación improvisada: requiere inversión, protección armada, cadenas de suministro de precursores químicos y canales de distribución consolidados. Desmantelarlo es un logro, pero no elimina la red que lo sostenía.
Para Ecuador, la confirmación de que grupos ilegales en su territorio reciben y redistribuyen cocaína colombiana agrava una crisis de seguridad que ya ha cobrado vidas de fiscales, periodistas y políticos. La cooperación binacional entre Bogotá y Quito será determinante para cerrar este corredor, aunque las diferencias políticas y de capacidades institucionales entre ambos países complican una acción coordinada sostenida.
Perspectiva para América Latina
Para América Latina, este caso es un recordatorio de que el narcotráfico no respeta fronteras y que la debilidad institucional de un país se convierte en vulnerabilidad colectiva para toda la región. El corredor Colombia-Ecuador-Pacífico no es nuevo, pero su actividad sostenida demuestra que los operativos puntuales, por valiosos que sean, no sustituyen a una política regional integral contra el crimen organizado. Países como Perú, Bolivia y Brasil también forman parte de redes similares, y la experiencia colombiana —con décadas de lucha antidroga— ofrece lecciones tanto de lo que funciona como de lo que no.
La comunidad latinoamericana también debe observar con atención el impacto de estas redes en la violencia interna de países de tránsito como Ecuador, donde la llegada del narco ha transformado dramáticamente los índices de criminalidad. Lo que ocurre en las selvas de Nariño termina repercutiendo en las calles de Guayaquil, en los puertos de Centroamérica y, finalmente, en los debates sobre política de drogas en Washington.
Las autoridades colombianas no han detallado aún el número de detenidos ni la cantidad exacta de droga incautada en el laboratorio, datos que serán clave para dimensionar el alcance real del golpe. Lo que está claro es que la lucha contra este corredor del Pacífico seguirá siendo prioritaria, y que la comunidad internacional, en especial Estados Unidos y Ecuador, deberán sostener la presión y la cooperación para evitar que el laboratorio desmantelado sea simplemente reemplazado por otro.



