A pocos días de las elecciones presidenciales en Colombia, Aída Quilcué, fórmula vicepresidencial del senador Iván Cepeda, habla sin rodeos: su papel en la campaña no es simbólico y, de llegar a la Vicepresidencia, ejercerá el cargo con plena independencia. La lideresa indígena del Cauca, reconocida internacionalmente por su defensa de los derechos humanos, enfrenta la recta final de una campaña accidentada en un país que busca definir si le da continuidad al proyecto de izquierda inaugurado con Gustavo Petro o si da un giro en su rumbo político.
Quilcué lleva meses recorriendo Colombia en una contienda que ella misma describe como ‘todo menos tranquila’. Sobreviviente de la violencia —su esposo fue asesinado y ella misma fue secuestrada este año—, la candidata asegura que su convicción por la paz no solo no se ha quebrado, sino que se ha fortalecido. Su mensaje central: Colombia debe seguir avanzando, aunque los últimos cuatro años dejaron tareas pendientes.
Contexto y antecedentes
Colombia vive uno de sus momentos electorales más complejos en décadas. El gobierno de Gustavo Petro, el primero de izquierda en la historia del país, llega a 2026 con una agenda transformadora en ciernes pero también con críticas contundentes: promesas incumplidas, una política de ‘paz total’ con resultados mixtos y una escalada de violencia en regiones como el Cauca que no ha cedido. En este contexto, la fórmula Cepeda-Quilcué busca representar una segunda oportunidad para ese proyecto progresista.
Iván Cepeda, senador y figura emblemática de la izquierda colombiana, eligió a Quilcué como compañera de fórmula en un gesto que va más allá de lo electoral: la candidata es indígena nasas, ex consejera mayor del Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC) y una voz que ha denunciado masacres y violaciones de derechos humanos ante instancias internacionales. Su perfil recuerda inevitablemente al de Francia Márquez, la actual vicepresidenta afrodescendiente que llegó al cargo con grandes expectativas y cuyo balance genera controversia.
La comparación con Márquez es inevitable y la propia Quilcué la aborda de frente. La vicepresidenta saliente terminó sus años en el cargo con bajos índices de favorabilidad y, según trascendidos, con tensiones al interior del gobierno. Quilcué sostiene que ese destino no está escrito para ella, y que la clave es la autonomía: actuar con criterio propio dentro del Ejecutivo, sin diluirse en la figura presidencial.
Los puntos clave
- Quilcué reivindica los cuatro años de gobierno Petro, pero reconoce que quedan muchas tareas pendientes, lo que justifica, según ella, buscar una segunda oportunidad en el poder.
- La candidata se distancia del rol pasivo que, a su juicio, tuvo Francia Márquez en la Vicepresidencia, y asegura que ejercerá el cargo con autonomía real y agenda propia.
- Sobre la Asamblea Constituyente impulsada por Petro, Quilcué mantiene una postura que sus críticos califican de ambigua, sin respaldo ni rechazo explícito a la propuesta.
- La violencia en el Cauca, su departamento natal, es un punto sensible: la candidata reconoce la gravedad de la situación pero rechaza que el gobierno tenga responsabilidad directa en la escalada de atentados.
- Su historia personal —el asesinato de su esposo y su propio secuestro en 2026— la convierte en una figura que encarna, en carne propia, las contradicciones de un país que habla de paz mientras la guerra continúa.
¿Qué significa esto?
La candidatura de Quilcué pone sobre la mesa una pregunta que Colombia lleva años esquivando: ¿puede un gobierno de izquierda garantizar seguridad y paz en los territorios más golpeados por el conflicto? El Cauca, su región, es una paradoja brutal: es cuna de líderes sociales y también uno de los epicentros de la violencia armada. Que la fórmula vicepresidencial sea precisamente una mujer de ese territorio no es un detalle menor; es una apuesta política que busca legitimidad territorial pero que también expone al binomio a las críticas más duras sobre el fracaso de la ‘paz total’.
El debate sobre la Vicepresidencia en Colombia también tiene implicaciones institucionales de fondo. Históricamente, ese cargo ha sido decorativo. Si Quilcué gana y logra ejercer con la autonomía que promete, podría reconfigurar el rol de la segunda figura del Ejecutivo. Si no lo consigue, el patrón se repetirá: una figura simbólica de representación histórica sin poder real, lo que desgasta no solo a quien lo ocupa, sino a los sectores que representa.
Perspectiva para América Latina
El ascenso de lideresas indígenas a las más altas esferas del poder es un fenómeno que está redefiniendo la política latinoamericana. Desde Bolivia con las transformaciones del MAS hasta Guatemala con figuras como las del movimiento indígena, la región observa con atención cada vez que una candidata con ese perfil llega cerca del poder en países con fuerte presencia de pueblos originarios. Colombia, con una de las poblaciones indígenas más diversas del continente y una historia de despojo y violencia hacia esas comunidades, es un laboratorio político de primer orden. La eventual elección de Quilcué —o su derrota— enviará señales sobre cuánto han cambiado realmente las estructuras de poder en la región.
Para el electorado progresista latinoamericano, la figura de Quilcué también plantea una reflexión más profunda: la representación histórica en cargos ejecutivos no garantiza por sí sola transformaciones estructurales. El caso de Márquez lo ilustra con claridad. La pregunta no es solo quién llega al poder, sino con qué márgenes reales de acción lo hace.
Lo que viene en Colombia es definitorio. En los próximos días se sabrá si los colombianos apuestan por la continuidad de un proyecto inacabado o si deciden cambiar de rumbo. Habrá que seguir de cerca no solo el resultado electoral, sino —en caso de victoria— si Aída Quilcué puede cumplir su promesa más difícil: ser vicepresidenta de verdad en un sistema que históricamente ha convertido ese cargo en una figura de adorno.



