En febrero de 2018, los pasajeros del tren que une Almere con Ámsterdam se toparon con una imagen que nadie esperaba ver desde la ventanilla: miles de animales muertos esparcidos sobre un suelo ennegrecido en la reserva natural de Oostvaardersplassen. Lo que debía ser uno de los proyectos de rewilding más ambiciosos de Europa se había convertido, a ojos del público, en un campo de muerte a cielo abierto. La indignación fue inmediata y el debate, profundo.
El escándalo obligó a replantear desde cero la filosofía de gestión del parque. Sus responsables habían apostado por una intervención mínima, dejando que la naturaleza dictara su propio ritmo, incluso cuando eso significaba que ciervos, caballos y vacas murieran de hambre en masa. La decisión final de sacrificar a miles de animales antes de que perecieran por inanición no apaciguó las críticas, sino que las multiplicó. Hoy, sin embargo, la reserva luce transformada: águilas de cola blanca surcan el cielo, caballos salvajes trotan entre espinos y sauces, y el canto de los pájaros llena un paisaje que cuesta creer que esté a apenas 40 minutos en auto del centro de Ámsterdam.
Contexto y antecedentes
Oostvaardersplassen nació en 1968 como consecuencia indirecta de una obra de ingeniería monumental: el drenaje de un mar interior holandés para construir las ciudades de Lelystad y Almere en la provincia de Flevoland. Los terrenos sobrantes, destinados originalmente al desarrollo industrial, comenzaron a atraer de forma espontánea a miles de gansos y aves migratorias. En poco tiempo, la zona se convirtió, según el experto en gestión de la naturaleza Frank Berendse de la Universidad de Wageningen, en ‘un paraíso para las aves de pantano’ y una de las áreas de observación ornitológica más relevantes de Europa.
El biólogo Frans Vera, entonces estudiante de doctorado de Berendse, fue el gran impulsor de que el área fuera declarada reserva natural, lo que se logró en 1983. Con 56 km² —un tamaño comparable al de Manhattan—, la reserva albergaba marismas y pastizales húmedos y secos. Pero Vera fue más lejos: propuso introducir grandes herbívoros que, al ramonear y pastar, recrearan un paisaje de ‘pastizal boscoso dinámico’ similar al del Paleolítico europeo. La idea era usar animales análogos a los grandes herbívoros prehistóricos —como el uro o el ancestro del caballo moderno— para evitar que la vegetación invadiera el terreno y destruyera el hábitat de las aves.
Durante décadas, el experimento fue celebrado internacionalmente. Vacas Heck, ciervos rojos y caballos Konik poblaron la reserva. Pero la lógica de ‘dejar hacer a la naturaleza’ tenía un límite que sus promotores no habían calculado suficientemente: en un espacio cerrado y sin depredadores naturales, las poblaciones crecen sin freno hasta superar la capacidad de carga del ecosistema. El invierno de 2017-2018 lo demostró de manera brutal.
Los puntos clave
- La reserva de Oostvaardersplassen fue concebida en los años 80 como un experimento pionero de rewilding en Europa, introduciendo grandes herbívoros para recrear ecosistemas prehistóricos en los Países Bajos.
- En el invierno de 2017-2018, la superpoblación animal y la escasez de alimento provocaron la muerte masiva de miles de ciervos, caballos y vacas, generando un escándalo nacional e internacional.
- Las autoridades decidieron sacrificar a miles de animales para evitar muertes por inanición, una decisión que, lejos de resolver la controversia, intensificó el debate sobre los límites éticos de la intervención humana en la naturaleza.
- Tras el escándalo, la gestión del parque cambió radicalmente: los guardas ahora plantan árboles, alimentan a los animales cuando es necesario y controlan activamente las poblaciones, alejándose del modelo de no intervención.
- El caso se ha convertido en un punto de referencia mundial en el debate sobre el rewilding y las preguntas filosóficas que genera: ¿hasta dónde debe llegar la mano del ser humano en la restauración de la naturaleza?
¿Qué significa esto?
El caso de Oostvaardersplassen no es simplemente la historia de una reserva que falló: es un espejo que refleja las contradicciones del movimiento de rewilding a escala global. La idea de ‘devolver la naturaleza a la naturaleza’ resulta enormemente atractiva en teoría, pero choca con una realidad incómoda: los ecosistemas que se pretende restaurar llevan siglos o milenios alterados por la acción humana. Quitarle al ser humano del medio de golpe, en espacios acotados y sin la complejidad de un ecosistema original completo —con sus depredadores, sus rutas migratorias, sus ciclos climáticos—, puede producir colapsos tan dramáticos como el que vivió esta reserva holandesa.
El impacto va más allá de lo ambiental. La imagen de miles de animales muertos visibles desde un tren de pasajeros generó una crisis de confianza pública en los proyectos de conservación, algo que los gestores de áreas protegidas en todo el mundo toman muy en serio. La lección que deja Oostvaardersplassen es que el rewilding requiere humildad científica, monitoreo constante y una comunicación honesta con la sociedad sobre sus riesgos. La intervención activa que hoy practican los guardas del parque —plantar árboles, suministrar alimento, controlar poblaciones— no es una derrota del proyecto; es su madurez.
Perspectiva para América Latina
América Latina alberga algunos de los ecosistemas más biodiversos del planeta y, al mismo tiempo, enfrenta tasas de deforestación y pérdida de hábitat entre las más altas del mundo. Proyectos de rewilding o restauración ecológica están en marcha en Argentina, Brasil, Colombia y México, entre otros países, con reintroducciones de especies como el jaguar, el tapir o el lobo de crin. El caso holandés ofrece lecciones directas y urgentes para estos esfuerzos: la restauración ecológica no puede ser un acto de abandono, sino un proceso de gestión activa, adaptativa y con recursos suficientes. La tentación de declarar una zona protegida y ‘olvidarse’ de ella —muchas veces por falta de presupuesto— puede derivar en fracasos costosos tanto para la biodiversidad como para la legitimidad política de la conservación.
Además, el debate filosófico que plantea el guardabosques Hans-Erik Kuypers —’¿cuáles son los objetivos humanos que proyectamos sobre la naturaleza?’— resuena especialmente en contextos latinoamericanos, donde comunidades indígenas y locales llevan siglos cohabitando y moldeando los ecosistemas que hoy llamamos ‘silvestres’. En la región, la conversación sobre rewilding no puede desligarse de preguntas sobre soberanía territorial, conocimiento tradicional y justicia ambiental.
La reserva de Oostvaardersplassen sigue abierta, transformada y, según quienes la visitan hoy, más viva que nunca. Pero el debate que desató en 2018 no ha cerrado: ¿cuánta naturaleza puede permitirse una sociedad moderna sin sucumbir a la tentación de controlarlo todo? La respuesta que den los gestores holandeses en los próximos años, y el éxito o fracaso de su nuevo modelo de gestión activa, serán observados con atención por conservacionistas de todo el mundo como un caso de estudio ineludible.



