Cada primavera, cuando las fresas quitanieves despiertan en el Col du Galibier, en los Alpes franceses, el mundo parece seguir su curso natural. Pero quienes operan esas máquinas año tras año son testigos directos de un cambio silencioso y acelerado: la nieve que alguna vez acumulaba hasta 14 metros de espesor es cada vez menos abundante, y algunos rituales que antes eran obligatorios, como la voladura con explosivos de las cornisas en la cumbre, han dejado de ser necesarios porque las cornisas ya casi no se forman.
El testimonio de Frédéric Chevalier, responsable del mantenimiento viario del sector Cœur de Maurienne, resulta revelador: ‘Antes, todos los años volábamos con explosivos la cornisa que se forma en la parte más alta del puerto. Ahora se ha vuelto muy irregular’. Esta frase condensa, con la precisión de quien trabaja en el terreno, décadas de transformación climática en una de las cadenas montañosas más emblemáticas del mundo.
Contexto y antecedentes
Los Alpes son uno de los ecosistemas de montaña más estudiados del planeta y también uno de los más vulnerables al calentamiento global. Según datos del Observatorio Climático de los Alpes, la región se calienta a un ritmo aproximadamente dos veces superior a la media global. Desde mediados del siglo XX, los glaciares alpinos han perdido entre el 50% y el 60% de su volumen, un proceso que se ha acelerado notablemente desde la década de 1980.
El Col du Galibier, situado a 2.642 metros de altitud en el departamento de Saboya, es uno de los puertos de alta montaña más célebres de Europa, famoso en buena medida por el Tour de Francia, que lo ha incluido en su recorrido en decenas de ocasiones. Su apertura anual, normalmente entre mayo y junio dependiendo de las condiciones, marca simbólicamente el inicio de la temporada estival en los Alpes. Pero esa apertura también se ha convertido, casi sin quererlo, en un termómetro del estado de salud climática de la montaña.
La reducción de la cubierta nivosa no es un fenómeno aislado del Galibier. Estudios publicados en revistas científicas como Nature Climate Change y The Cryosphere documentan una tendencia sostenida de reducción de la nieve en los Alpes, con inviernos más cortos, nevadas menos intensas y períodos de deshielo cada vez más tempranos. Esta transformación afecta no solo al paisaje, sino a ecosistemas enteros y a economías regionales que dependen históricamente de la nieve.
Los puntos clave
- Los operarios de mantenimiento constatan una reducción progresiva del volumen de nieve que deben retirar cada primavera en el Col du Galibier, uno de los puertos alpinos más altos y reconocidos de Francia.
- Las cornisas de nieve en la cima del puerto, antes obligatoriamente voladas con explosivos por razones de seguridad, apenas se forman en la actualidad, lo que elimina un procedimiento que era rutinario durante décadas.
- Las operaciones de despeje siguen siendo técnicamente exigentes y peligrosas: la visibilidad puede reducirse a cero en condiciones adversas, obligando a los operarios a avanzar prácticamente a ciegas al borde de precipicios.
- La reapertura de estos puertos activa la economía turística de los valles alpinos, con la llegada de autocaravanistas, ciclistas y turistas que esperan el acceso a las cumbres cada verano.
- La pérdida de nieve en los Alpes forma parte de una tendencia climática global que afecta a todas las grandes cadenas montañosas del mundo, desde el Himalaya hasta los Andes latinoamericanos.
¿Qué significa esto?
Más allá del dato técnico o anecdótico, la reducción de nieve en los Alpes tiene consecuencias profundas y multidimensionales. En el plano económico, toda una industria construida durante más de un siglo alrededor del turismo de nieve —estaciones de esquí, hoteles de alta montaña, empresas de guías y deportes de invierno— enfrenta una amenaza existencial. Algunas estaciones de esquí de altitud media ya han cerrado o reconvertido su oferta. Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), más del 60% de las estaciones de esquí alpinas podrían ser económicamente inviables a finales de este siglo si el calentamiento continúa al ritmo actual.
En el plano ambiental y social, la nieve alpina actúa como un reservorio estratégico de agua dulce para decenas de millones de personas en Europa. Los ríos Rin, Ródano y Po, entre otros, dependen en parte del deshielo estacional para mantener sus caudales durante el verano. Una reducción sostenida de la acumulación de nieve implica menor disponibilidad de agua en los meses más calurosos, lo que impacta directamente en la agricultura, el abastecimiento urbano y la generación de energía hidroeléctrica. El problema no es solo estético ni turístico: es estructural.
Perspectiva para América Latina
Lo que ocurre en los Alpes franceses no es ajeno a América Latina. La cordillera de los Andes, columna vertebral del continente, experimenta procesos similares con consecuencias aún más graves para poblaciones que en muchos casos carecen de las infraestructuras y los recursos para adaptarse. Los glaciares andinos, que abastecen de agua a ciudades como Lima, La Paz, Quito y Mendoza, se están retirando a un ritmo alarmante. En Bolivia, el glaciar Chacaltaya —que llegó a albergar la pista de esquí más alta del mundo— desapareció por completo en 2009. En Perú, el 40% de la superficie glaciar se ha perdido desde los años 70.
La diferencia crítica entre los Alpes y los Andes es la capacidad de respuesta. Mientras Europa puede invertir en infraestructura alternativa, diversificación económica y tecnologías de adaptación, muchas comunidades andinas dependen directamente del agua de deshielo para sobrevivir, sin redes alternativas de suministro. Lo que en los Alpes es una señal de alerta es, en los Andes, una emergencia humanitaria en desarrollo lento pero inexorable.
Las fresas quitanieves del Galibier volverán a trabajar el próximo invierno, y el Col du Galibier abrirá de nuevo sus puertas al Tour de Francia y a los miles de turistas que suben a contemplar su paisaje inmenso. Pero cada temporada que pasa, la montaña registra un capítulo más de una historia que no tiene un final sencillo. Lo que hay que seguir de cerca es si los datos de acumulación de nieve en los próximos inviernos confirman o aceleran la tendencia, y si las políticas climáticas europeas y globales logran, al menos, frenar un deterioro que los propios operarios de carretera ya han interiorizado como parte de su realidad cotidiana.



