En su quinto año de guerra, Rusia no solo no da señales de querer negociar, sino que ha intensificado sus bombardeos sobre Ucrania y ha elevado la retórica amenazante contra Europa a niveles no vistos desde la Guerra Fría. Vladimir Putin declaró el 29 de abril que ‘la situación en el campo de batalla se desarrolla de tal manera que Rusia puede hablar del fin inminente del conflicto’, pero los datos sobre el terreno contradicen ese optimismo oficial: sus fuerzas siguen atascadas en el Donbás, el gasto militar consume ya cerca del 40% del presupuesto nacional y el Kremlin prepara en silencio los mecanismos para una nueva movilización forzosa.
Lo que distingue este momento de etapas anteriores del conflicto es la combinación de presión interna y agresividad externa. Mientras los funcionarios del Banco Central y el Ministerio de Finanzas rusos advierten en documentos internos —revelados por Bloomberg y verificados por medios independientes— que el gasto bélico se está volviendo inasumible, el aparato propagandístico del Kremlin equipara a Europa con la Alemania nazi y convierte esa narrativa en una posible justificación para arrastrar más profundamente a la sociedad rusa hacia la guerra.
Contexto y antecedentes
El 24 de febrero de 2022, Putin lanzó lo que llamó una ‘operación militar especial’ con el objetivo declarado de derrocar al gobierno de Volodímir Zelenski e instalar un régimen afín en Kyiv. Tres años después, ese objetivo no solo no se ha cumplido, sino que Ucrania ha demostrado una capacidad de resistencia que pocos analistas anticipaban. La principal conquista territorial rusa —la franja que conecta el sur del país con Crimea— ya no es segura para sus convoyes, en parte gracias a los ataques con drones Hornet de última generación y a la pérdida del acceso a la red de satélites Starlink, que Elon Musk retiró al ejército ruso y que funcionó durante meses como su principal sistema de geolocalización táctica.
Ante el estancamiento militar, el Kremlin ha recurrido a instrumentos alternativos para sostener el esfuerzo bélico. Tras la traumática movilización forzosa de septiembre de 2022, optó por ofrecer salarios extraordinarios para atraer voluntarios, y llegó a vaciar un 39% de sus prisiones para reclutar combatientes. Ahora esa reserva se agota. Al mismo tiempo, el Estado ha reforzado silenciosamente todos los mecanismos de control: cierre de fronteras, preparativos para cortar el acceso a internet sin colapsar la administración electrónica a partir del 1 de julio, y un mayor peso de los servicios de seguridad en la estructura del Estado a pocos meses de elecciones legislativas que funcionarán como un plebiscito sobre Putin.
En este clima, la retórica de altos funcionarios como el canciller Serguéi Lavrov —quien comparó a Alemania con el nazismo y llamó a Zelenski su ‘Führer’— o del expresidente Dmitri Medvédev —quien calificó de ‘objetivos potenciales’ a todas las empresas europeas que suministran armas a Ucrania— no es mera fanfarronada diplomática. Es una señal de que el Kremlin está construyendo el relato interno necesario para justificar una escalada mayor.
Los puntos clave
- El gasto militar ruso representa cerca del 40% del presupuesto nacional, y sus propios funcionarios de Finanzas y el Banco Central advierten en documentos internos que esta carga se está volviendo económicamente inasumible.
- Rusia ha vaciado el 39% de su capacidad carcelaria para reclutar combatientes, lo que indica que las fuentes de voluntarios se están agotando y una nueva movilización forzosa se vuelve cada vez más probable.
- El Kremlin ordenó preparar un mecanismo para cortar internet a toda la población rusa sin afectar la administración electrónica, con fecha límite el 1 de julio, lo que apunta a una preparación para escenarios de control extremo.
- El ministro Lavrov comparó a Europa con la Alemania nazi y el jefe del Consejo de Seguridad Shoigú afirmó que ’56 países combaten contra Rusia’, construyendo una narrativa de asedio que puede usarse para justificar una movilización masiva.
- Las esperanzas del Kremlin de que Trump entregara Ucrania en bandeja se han disipado, lo que elimina la salida diplomática más cómoda que Moscú había calculado y deja a Putin sin una estrategia de salida clara.
¿Qué significa esto?
La combinación de estancamiento militar, agotamiento económico y preparativos para una nueva movilización dibuja un escenario en el que Putin podría necesitar una escalada visible —un ataque más contundente contra infraestructura europea o un incidente con un país de la OTAN— para justificar ante su propia población la profundización del esfuerzo bélico. El general Andréi Guruliov, diputado en la Duma, ya ha pedido abiertamente una nueva movilización ante la ‘superioridad tecnológica ucraniana’. Si el Kremlin da ese paso, las consecuencias para la estabilidad del continente serían de un orden de magnitud distinto al conflicto actual.
Para Europa, el mensaje es inequívoco. La frase del título —’su pacífico sueño ha terminado’— refleja una doctrina que Moscú lleva meses articulando: que ningún país que apoye a Ucrania está fuera del alcance ruso. Empresas de defensa como la española Oesía han sido mencionadas explícitamente como ‘objetivos potenciales’ por Medvédev. Esto obliga a los gobiernos europeos a recalibrar no solo su apoyo militar a Kyiv, sino su propia arquitectura de seguridad nacional, en un momento en que la garantía de seguridad estadounidense se percibe como menos incondicional que antes.
Perspectiva para América Latina
Para América Latina, este conflicto tiene consecuencias que van más allá de la geopolítica lejana. La prolongación de la guerra mantiene la presión sobre los precios globales de energía y alimentos —trigo, maíz, fertilizantes—, factores que golpean directamente las economías de la región, especialmente las de Centroamérica y los países del Cono Sur dependientes de insumos agrícolas importados. Además, la creciente influencia rusa en algunos gobiernos latinoamericanos —Nicaragua, Venezuela, Cuba— y los intentos del Kremlin de presentarse como alternativa al orden occidental generan tensiones diplomáticas internas en organismos como la CELAC o la OEA.
La narrativa rusa de un Occidente ‘nazi’ que agrede a los pueblos tiene también un eco deliberado en ciertos sectores políticos latinoamericanos, donde la propaganda del Kremlin ha encontrado terreno fértil. La escalada retórica de Lavrov y Medvédev no está pensada solo para consumo interno ruso: es un mensaje diseñado también para audiencias globales que puedan amplificar el relato de un mundo multipolar en guerra contra el imperialismo occidental.
Lo que hay que seguir de cerca en las próximas semanas es si Rusia concreta el corte de internet previsto para julio, si la Duma avanza en la discusión de una nueva movilización y si los ataques contra infraestructura ucraniana se extienden a territorio de países de la OTAN o a activos europeos fuera de Ucrania. Cualquiera de esos movimientos marcaría un punto de inflexión en un conflicto que, lejos de acercarse a su fin, parece prepararse para su fase más peligrosa.



