Lo que comenzó como una operación militar que Washington anticipaba resuelta en días se ha convertido en uno de los mayores dolores de cabeza geopolíticos del segundo mandato de Donald Trump. Tres meses después del inicio del conflicto con Irán, la dinámica de presión se ha invertido de forma dramática: es el presidente estadounidense quien busca con urgencia una salida negociada, mientras Teherán se mantiene firme y administra con calculada paciencia sus cartas más poderosas.

El símbolo más elocuente de este giro llegó el lunes, cuando Trump ordenó al primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, que detuviera los bombardeos anunciados sobre Beirut para no dinamitar las conversaciones diplomáticas con los ayatolás. El hombre que en febrero consideraba apremiante lanzar un bombardeo masivo contra Irán hoy se afana en mantener vivo un diálogo que, según Teherán, aún dista mucho de estar cerrado.

Contexto y antecedentes

El conflicto tiene su origen en la operación denominada ‘Martillo de Medianoche’, ejecutada hace aproximadamente un año contra las instalaciones nucleares iraníes, que Washington y Tel Aviv esperaban fuera un golpe definitivo. Trump llegó a este segundo mandato con la convicción de que Irán podía ser doblegado con rapidez, tal como había ocurrido con la captura de Nicolás Maduro en Venezuela. La realidad ha resultado ser radicalmente distinta: la capacidad de resistencia iraní, enraizada en una cultura donde el martirio tiene un peso político e ideológico profundo, ha superado ampliamente las estimaciones de la inteligencia estadounidense y los propios cálculos de la Casa Blanca.

El arma más inesperada ha sido el estrecho de Ormuz. Pocos analistas creían que la Guardia Revolucionaria Islámica pudiera cerrar de manera efectiva esta arteria vital del comercio energético mundial. Y sin embargo, lleva casi 90 días de bloqueo. Por ese angosto paso de agua circulaba habitualmente cerca de la quinta parte del petróleo y el gas licuado que consume el planeta, además de una proporción aún mayor de combustibles derivados críticos como el queroseno para aviación. El cierre ha sido la jugada maestra de Irán para trasladar la presión a su adversario.

A esto se suma el deterioro interno de la posición de Trump. Las encuestas muestran que más de dos tercios de los votantes estadounidenses se oponen al conflicto, y el presidente ha llegado a utilizar públicamente la palabra ‘aburrido’ para referirse a una guerra que prometió corta y quirúrgica. El enésimo giro se produjo el jueves pasado, cuando Irán desmintió que el borrador de acuerdo estuviera pendiente únicamente de la firma del presidente republicano, evidenciando que las negociaciones están lejos de concluir.

Los puntos clave

  • El bloqueo de Ormuz se acerca a los 90 días, manteniendo fuera del mercado cerca del 20% del petróleo mundial y provocando una crisis energética que afecta especialmente a Asia y Europa.
  • Trump enfrenta una línea roja electoral: ningún presidente estadounidense ha ganado elecciones de mitad de mandato con el precio de la gasolina por encima de los cuatro dólares por galón, umbral que el conflicto amenaza con superar antes de noviembre.
  • Las reservas estratégicas de crudo, gasolina, diésel y queroseno se agotan más rápido de lo previsto, elevando la urgencia de reabrir el estrecho antes del verano boreal.
  • El arsenal militar estadounidense muestra señales de desgaste: un estudio del centro de análisis CSIS estima que reponer los interceptores de sistemas como el THAAD y otros misiles guiados consumidos en el conflicto requerirá años, abriendo ventanas de vulnerabilidad ante otros adversarios.
  • La resistencia iraní ha sido notablemente mayor de lo previsto, con Teherán administrando los tiempos de negociación desde una posición de mayor solidez de la que Washington anticipaba.

¿Qué significa esto?

La inversión de la urgencia negociadora tiene consecuencias que van mucho más allá de lo inmediato. Si Irán logra mantener el bloqueo de Ormuz hasta el verano, las consecuencias económicas para Estados Unidos y sus aliados se profundizarán de manera significativa. El precio de los combustibles, que ya opera como un termómetro político de primer orden en la sociedad estadounidense, podría superar la barrera psicológica de los cuatro dólares por galón justo cuando la campaña electoral de medio mandato entra en su fase más intensa. Trump necesita un acuerdo no solo por razones estratégicas, sino por supervivencia política.

Para Israel, la situación también es delicada. La orden de Trump de frenar los bombardeos sobre Beirut ilustra hasta qué punto Washington está dispuesto a contener a su aliado cuando las prioridades diplomáticas lo exigen. Netanyahu, que históricamente ha presionado por una postura más dura frente a Irán, se encuentra ahora subordinado a los cálculos electorales y económicos de un aliado cuya paciencia con el conflicto se agota. La tensión entre ambos líderes, documentada por medios como Axios, añade una variable de inestabilidad adicional a un escenario ya de por sí volátil.

Perspectiva para América Latina

Para América Latina, el conflicto en Ormuz no es un asunto lejano. La región, que importa volúmenes significativos de derivados del petróleo y cuyos costos de transporte y energía están íntimamente ligados a los precios internacionales del crudo, resiente el impacto del bloqueo. Países como Brasil, Chile, Colombia y los estados centroamericanos más dependientes de la importación de combustibles observan con preocupación cómo el alza en los precios del queroseno, el diésel y la gasolina erosiona el poder adquisitivo de sus ciudadanos y encarece la logística productiva. Además, la inestabilidad en la política exterior de Trump —que en semanas ordenó frenar a Israel y al mismo tiempo mantiene la presión militar sobre Irán— genera incertidumbre en los mercados financieros globales, afectando las monedas y los flujos de inversión hacia economías emergentes latinoamericanas.

Hay, además, una lectura política más amplia que resuena en la región: el caso iraní demuestra que un país periférico, sometido a sanciones durante décadas y con recursos limitados en comparación con su adversario, puede resistir y forzar un cambio en la correlación de fuerzas a través de una acción asimétrica bien ejecutada. Es una lección que no pasa desapercibida en capitales como Caracas, La Habana o Managua, pero también en los círculos académicos y de política exterior de Buenos Aires, Ciudad de México o Bogotá.

Lo que viene en las próximas semanas será determinante: si las negociaciones entre Washington y Teherán logran producir un acuerdo verificable antes de que las reservas estratégicas estadounidenses lleguen a niveles críticos, Trump podría vender un resultado parcial como victoria. Si el proceso se rompe, el tablero se vuelve impredecible. Los mercados energéticos, los aliados de la OTAN, Israel y los propios iraníes están pendientes de una negociación cuya próxima jugada, al parecer, depende ahora más de Washington que de Teherán.

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Fuente: NEWS MEDIA · Publicado el 3 de junio de 2026
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