Desde hace casi cien días, más de 20.000 marineros permanecen atrapados en el estrecho de Ormuz o sus inmediaciones, convertidos en rehenes involuntarios de una guerra que no es la suya. El capitán Hassan Khan, marino paquistaní que prefiere ocultar su identidad por seguridad, describe desde su embarcación una realidad perturbadora: ‘Resulta realmente extraño que, por fuera, todo parezca normal, pero que la gente a bordo no esté tranquila’.
Lo que alguna vez fue una de las arterias marítimas más vitales del planeta —por donde fluye una quinta parte del petróleo y el gas mundial— se ha convertido en una trampa de agua salada. Según estimaciones de la Organización Marítima Internacional (OMI), unos 1.600 buques permanecen varados en el lado equivocado del Golfo, incapaces de cruzar el único paso hacia el mar abierto. El estrés, el agotamiento y la incertidumbre se han apoderado de las tripulaciones, que conviven a diario con el zumbido de misiles y la amenaza silenciosa de minas submarinas.
Contexto y antecedentes
El estrecho de Ormuz, ese angosto corredor de apenas 33 kilómetros en su punto más estrecho entre Irán y Omán, ha sido históricamente el principal cuello de botella energético del mundo. Cualquier interrupción en su tráfico tiene repercusiones inmediatas en los mercados globales de hidrocarburos. La tensión en torno a este paso no es nueva: Irán ha amenazado en múltiples ocasiones a lo largo de las últimas décadas con cerrarlo como arma geopolítica, pero nunca lo había ejecutado de manera tan contundente y prolongada.
La situación actual se desencadenó a finales de febrero, cuando estalló el conflicto armado entre Estados Unidos e Israel contra Irán. En respuesta, Teherán cerró el estrecho y exigió permiso expreso del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) para cualquier tránsito comercial. Desde entonces, las negociaciones han producido anuncios de altos el fuego que rápidamente se han revertido. El 8 de abril se anunció una tregua temporal, y el capitán Shafiqul Islam, al mando del buque bangladesí Banglar Joyjatra, intentó aprovecharla para cruzar junto a otras cuatro embarcaciones. Fue rechazado a menos de 30 millas náuticas del estrecho.
Islam lo intentó nuevamente días después, cuando Irán declaró que el paso estaría ‘completamente abierto’ en el marco de un alto el fuego con Líbano. Nuevamente, la decisión fue revertida en cuestión de horas después de que Washington mantuviera el bloqueo sobre los puertos iraníes. El ciclo de esperanzas rotas se ha repetido varias veces, erosionando la moral de tripulaciones que ya llevan meses sin ver tierra firme con normalidad.
Los puntos clave
- Aproximadamente 20.000 marineros de distintas nacionalidades permanecen bloqueados en el Golfo Pérsico desde hace casi 100 días, atrapados por el cierre del estrecho de Ormuz ordenado por Irán.
- Unos 1.600 buques comerciales están varados según la Organización Marítima Internacional (OMI), incluyendo embarcaciones cargadas con fertilizantes, combustibles y otros productos esenciales destinados a países de todo el mundo.
- Irán exige autorización expresa del CGRI para permitir el cruce, y ha revertido en múltiples ocasiones anuncios de apertura del estrecho, generando caos logístico y humanitario entre las tripulaciones.
- El abastecimiento de agua y alimentos se ha vuelto crítico: el precio del agua se ha disparado en la región, y las entregas de provisiones resultan cada vez más impredecibles para los buques fondeados en alta mar.
- El estrecho de Ormuz concentra el paso de una quinta parte del petróleo y gas mundiales, por lo que el bloqueo prolongado tiene implicaciones directas sobre los mercados energéticos globales y las cadenas de suministro internacionales.
¿Qué significa esto?
Más allá de las cifras energéticas y logísticas, esta crisis tiene un rostro humano que la geopolítica suele invisibilizar. Los marineros atrapados —en su mayoría provenientes de países del sur global como Pakistán, Bangladesh, Filipinas o India— son trabajadores de bajos y medianos ingresos que sostienen economías familiares enteras. Cada día que permanecen bloqueados es un día sin garantías claras de cobro, sin contacto regular con sus familias y con una salud mental que se deteriora bajo la presión constante del peligro. El testimonio del capitán Khan es elocuente: ‘El estrés nos acompaña constantemente. Todos estamos sencillamente agotados: tanto física como mentalmente’.
Desde el punto de vista geoeconómico, la parálisis del estrecho de Ormuz durante casi cien días representa una disrupción sin precedentes en las cadenas globales de suministro. Los fertilizantes que no llegan a Sudáfrica, el petróleo que no fluye hacia Asia o Europa, los insumos industriales que se acumulan en bodegas flotantes: todo ello tiene efectos en cascada sobre la inflación, la seguridad alimentaria y la producción industrial a escala mundial. Prolongar este escenario más semanas podría generar impactos económicos comparables a los del cierre del Canal de Suez en 1956, pero con consecuencias energéticas mucho más graves para el siglo XXI.
Perspectiva para América Latina
Para América Latina, el bloqueo de Ormuz no es un problema lejano. La región importa fertilizantes de manera masiva —Brasil, Argentina, México y Colombia se encuentran entre los principales compradores mundiales— y buena parte de esos insumos provienen de países del Golfo Pérsico o transitan rutas que convergen en ese corredor marítimo. Un bloqueo prolongado encarece los fertilizantes, lo que impacta directamente en los costos de producción agrícola y, en última instancia, en el precio de los alimentos para millones de familias latinoamericanas. El Banglar Joyjatra, varado con 37.000 toneladas de fertilizantes con destino a Sudáfrica, es apenas un ejemplo de una cadena que tiene eslabones en toda la periferia global.
Adicionalmente, el alza de los precios del petróleo derivada de la crisis afecta a los países importadores netos de la región, mientras que los exportadores como Venezuela, Ecuador o México observan con atención un conflicto que puede redefinir los equilibrios energéticos globales por años. En un continente que aún no ha consolidado su transición energética, la dependencia de los hidrocarburos hace que cualquier sacudida en Ormuz se sienta tarde o temprano en los surtidores y en las facturas eléctricas.
La situación en el estrecho de Ormuz permanece en un frágil e impredecible equilibrio, con negociaciones diplomáticas que avanzan y retroceden mientras miles de marinos aguardan en el limbo. Lo que hay que seguir de cerca en las próximas semanas es si los esfuerzos mediadores —con Qatar y Omán como posibles interlocutores— logran establecer un corredor humanitario permanente para el tráfico comercial, y si la presión internacional sobre las partes en conflicto será suficiente para priorizar la vida y la seguridad de quienes no eligieron estar en medio de esta guerra.



