Alemania atraviesa uno de sus peores momentos en décadas como destino de inversión extranjera. Según el estudio EY Europe Attractiveness Survey 2025, la primera economía de la eurozona registró apenas 548 proyectos de inversión internacional, una caída del diez por ciento respecto al año anterior y el nivel más bajo desde 2009. Pero el dato más alarmante no es el de este año: comparado con 2019, Alemania ha perdido el 44 por ciento de sus proyectos de inversión, un desplome muy superior al de sus principales rivales europeos.
Mientras Berlín cede posiciones, otros países aprovechan el vacío. España protagonizó el mayor salto entre las grandes economías europeas al aumentar un 20 por ciento sus proyectos de inversión hasta alcanzar 383, escalando al cuarto puesto del ranking continental. Turquía y Polonia también consolidan su ascenso. El mapa de la inversión en Europa se está redibujando, y Alemania corre el riesgo de quedar rezagada en una competencia cada vez más feroz.
Contexto y antecedentes
La disputa por atraer inversión extranjera directa no es nueva, pero ha cobrado una intensidad inédita en los últimos años. Tras la pandemia, la reorganización de las cadenas de suministro globales, la transición energética y la competencia tecnológica con Estados Unidos y China obligaron a los gobiernos europeos a redoblar sus estrategias de captación de capital. Francia fue pionera con su iniciativa ‘Choose France’, lanzada en 2018 bajo el impulso del presidente Emmanuel Macron, quien en la edición de 2025 anunció inversiones comprometidas por 93.000 millones de euros, una cifra récord.
Alemania, en cambio, arrastra una crisis estructural que va más allá de los datos de inversión. Los altos costes energéticos —agravados tras la invasión rusa de Ucrania—, una burocracia percibida como excesiva, la lentitud en la digitalización del Estado y la incertidumbre política han erosionado su atractivo ante los ojos de inversores internacionales. Grandes multinacionales han ralentizado o reubicado planes de expansión que antes habrían señalado a Alemania como destino natural.
El estudio de EY tiene una particularidad metodológica importante: no mide flujos financieros brutos —que pueden distorsionarse con operaciones internas de grandes grupos— sino proyectos concretos anunciados o registrados, como nuevas sedes, centros de producción o ampliaciones de actividad. Eso lo convierte en un indicador más fiel del pulso real de la inversión productiva en el continente.
Los puntos clave
- Alemania registró 548 proyectos de inversión en 2025, un descenso del 10 por ciento anual y el dato más bajo desde 2009, lo que la mantiene en el tercer puesto europeo pero con tendencia preocupante.
- La caída acumulada desde 2019 es del 44 por ciento, muy por encima del retroceso de Francia (28%) y del Reino Unido (34%), lo que revela un problema estructural y no coyuntural.
- España fue el gran ganador de 2025 entre las economías medianas y grandes, con un aumento del 20 por ciento hasta 383 proyectos, escalando al cuarto lugar del ranking europeo.
- Francia sigue siendo líder con 852 proyectos, aunque registró la mayor caída porcentual entre los grandes mercados, con un descenso del 17 por ciento respecto al año anterior.
- Europa en su conjunto acumula el nivel más bajo de inversión en once años, con 5.026 proyectos totales en 2025, un siete por ciento menos que en 2024, lo que refleja una contracción generalizada del apetito inversor en el continente.
¿Qué significa esto?
El deterioro de Alemania como destino inversor tiene consecuencias que van mucho más allá de las estadísticas. Cada proyecto de inversión que no llega implica empleos que no se crean, tecnología que no se transfiere y encadenamientos productivos que no se generan. Si la tendencia no se revierte, el tejido industrial alemán —históricamente su mayor fortaleza— podría debilitarse de forma progresiva y difícil de recomponer. El Gobierno de Berlín enfrenta así un doble desafío: mantener a las empresas ya instaladas y convencer a nuevas de que Alemania sigue siendo una apuesta segura y rentable.
Para los países que ganan terreno, la oportunidad es real pero también frágil. España, Turquía y Polonia compiten con ventajas distintas: costes laborales, ubicación geográfica, incentivos fiscales y estabilidad política relativa. Sin embargo, atraer inversión no es suficiente si no se tiene la infraestructura, el capital humano y el marco regulatorio para retenerla y hacerla crecer. El riesgo de convertirse en meros receptores de proyectos de bajo valor añadido es una advertencia que los analistas no dejan de subrayar.
Perspectiva para América Latina
La reconfiguración del mapa inversor europeo tiene una lectura directa para América Latina. Varios países de la región —México, Brasil, Chile, Colombia— compiten globalmente por atraer los mismos capitales que disputan los europeos. La debilidad de Alemania como receptor podría paradójicamente liberar flujos de inversión que busquen nuevos destinos, y algunos mercados latinoamericanos, con demografía favorable, recursos naturales y creciente clase media, están en posición de capturar parte de ese capital. Al mismo tiempo, el ascenso de España como destino inversor refuerza el papel del país ibérico como puente financiero y empresarial entre Europa y América Latina, un rol que históricamente ha beneficiado a la región a través de filiales y joint ventures de grandes corporaciones españolas.
Para los gobiernos latinoamericanos, la lección alemana también es una advertencia: la inversión extranjera no está garantizada por el tamaño de la economía ni por la inercia histórica. La burocracia excesiva, los costes energéticos descontrolados y la inestabilidad regulatoria son factores que los inversores penalizan con rapidez y que cualquier país —desarrollado o emergente— puede sufrir si no cuida su entorno de negocios de forma activa y sostenida.
El informe de EY se convertirá en referencia obligada para los próximos meses. La pregunta ahora es si Alemania tomará medidas estructurales contundentes —reforma burocrática, incentivos fiscales, energía más competitiva— o si seguirá perdiendo posiciones mientras España, Polonia y Turquía consolidan su nuevo estatus en el tablero europeo de la inversión. Los próximos datos anuales serán el verdadero termómetro de si el declive alemán es reversible o si ya ha entrado en una fase de ajuste permanente.


