La diplomacia comercial norteamericana vive uno de sus momentos más delicados en décadas. Canadá ha enviado una carta formal al representante comercial de Estados Unidos, Jamieson Greer, y al secretario de Economía de México, Marcelo Ebrard, solicitando la renovación del Acuerdo Estados Unidos-México-Canadá (USMCA) por un período de 16 años adicionales, una señal de que Ottawa busca estabilidad a largo plazo en un entorno marcado por la imprevisibilidad del gobierno de Donald Trump.
La petición llega en un contexto de máxima tensión política: mientras Canadá intenta proteger su economía —que técnicamente ha entrado en recesión— a través de la certidumbre de un tratado comercial duradero, el presidente Trump volvió a alimentar su retórica de absorción territorial al publicar en redes sociales ‘¡Estado 51!’ junto a una noticia sobre la recesión canadiense. La contradicción es evidente: Canadá necesita el acuerdo, pero también debe defender su soberanía ante un aliado que la cuestiona públicamente.
Contexto y antecedentes
El USMCA, que entró en vigor en julio de 2020 como sucesor del histórico Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN o NAFTA, firmado en 1994), integra economías que mueven en conjunto más de 30 billones de dólares al año. El acuerdo incluye una cláusula de revisión obligatoria cada seis años, y la primera gran prueba llegará en julio de 2026. Sin embargo, la revisión formal de su vigencia está programada para julio de este año, momento en que los tres países deben decidir si lo renuevan por 16 años o lo someten a revisiones anuales indefinidas.
Desde su llegada al poder, Trump ha utilizado el comercio como herramienta de presión política, imponiendo aranceles a productos canadienses y mexicanos y amenazando con desmantelar el acuerdo si no se satisfacen las demandas estadounidenses. Según el primer ministro canadiense Mark Carney, Washington mantiene actualmente alrededor de 30 frentes de disputa comercial con Canadá y casi 60 con México, lo que ilustra el nivel de fricción acumulada. El ministro canadiense Dominic LeBlanc ya advirtió que la administración Trump podría preferir las revisiones anuales precisamente para mantener la incertidumbre como palanca de negociación.
El martes, LeBlanc y la negociadora comercial Janice Charette se reunieron con Greer en Washington y presentaron propuestas concretas para atender algunas de las preocupaciones históricas de Estados Unidos respecto a Canadá. El hecho de que México también haya confirmado su apoyo a la renovación por 16 años, según declaraciones de Ebrard, sugiere que los dos socios menores del acuerdo están alineados frente a la postura más volátil de Washington.
Los puntos clave
- Canadá y México coinciden en pedir la renovación del USMCA por 16 años antes de la revisión clave de julio de 2025, evitando así caer en revisiones anuales que generarían incertidumbre permanente.
- Si no hay consenso entre las tres partes para la prórroga larga, el acuerdo seguirá vigente diez años más pero quedará sujeto a revisiones anuales, lo que Washington podría usar como mecanismo de presión constante.
- Estados Unidos puede retirarse del acuerdo con un preaviso mínimo de seis meses, una cláusula que otorga a Trump una poderosa carta de negociación.
- Trump volvió a publicar ‘Estado 51’ en redes sociales al conocerse la recesión técnica canadiense, una provocación que el primer ministro de Ontario, Doug Ford, rechazó tajantemente al afirmar que ‘Canadá nunca será el estado 51’.
- El primer ministro Carney adoptó una postura pragmática: decidió no expulsar al embajador estadounidense Pete Hoekstra pese a las provocaciones, reconociendo que la relación comercial y de seguridad con Washington es demasiado crítica para romperla.
¿Qué significa esto?
La solicitud canadiense de renovación por 16 años no es solo un gesto diplomático: es una estrategia para blindar su economía ante la volatilidad trumpiana. Una renovación larga daría certeza jurídica a miles de empresas y cadenas de suministro que operan a través de las tres fronteras, especialmente en sectores como el automotriz, el agrícola y el energético. Por el contrario, si el acuerdo queda en modo de revisión anual, cada ciclo político en Washington se convertiría en una amenaza potencial para las exportaciones canadienses y mexicanas, con efectos directos sobre el empleo y la inversión en ambos países.
El dilema de Carney resume perfectamente la trampa geopolítica en que se encuentran los socios de Trump: necesitan el mercado estadounidense —que representa más del 75% de las exportaciones canadienses— pero deben negociar con un interlocutor que utiliza la dependencia económica como arma. La decisión de no reaccionar a cada provocación en redes sociales, mientras se avanza en la mesa de negociación, refleja una apuesta por la diplomacia silenciosa frente al espectáculo político.
Perspectiva para América Latina
Para América Latina, el desenlace de esta negociación tiene implicaciones que van más allá del triángulo norteamericano. México es el eslabón que conecta directamente la región con el USMCA, y su estabilidad comercial con Estados Unidos y Canadá tiene un efecto dominó sobre las cadenas de valor regionales, los flujos migratorios y las inversiones extranjeras que llegan a Centroamérica y el Caribe. Una eventual fragmentación del acuerdo o su debilitamiento por revisiones anuales podría redirigir inversiones hacia otros mercados y reducir el peso negociador de México frente a Washington, con consecuencias para toda la arquitectura comercial del continente.
Además, el modelo de presión que Trump ejerce sobre Canadá y México es un manual que ya ha aplicado —o amenazado con aplicar— frente a otros países latinoamericanos. La forma en que Ottawa y Ciudad de México gestionen esta crisis marcará precedente sobre cómo se negocia con una potencia que mezcla la retórica de la absorción territorial con la amenaza arancelaria. Para gobiernos como los de Colombia, Brasil o Argentina, que también dependen del mercado estadounidense, seguir este proceso es una lección de diplomacia comercial en tiempo real.
La fecha clave es julio de 2025, cuando vence el plazo para decidir el futuro del USMCA. De aquí a entonces, los tres gobiernos deberán resolver decenas de disputas bilaterales activas, gestionar la presión pública de Trump y, en el caso de Canadá y México, convencer a Washington de que la renovación larga beneficia también a los intereses estadounidenses. Lo que ocurra en esa mesa determinará el tono del comercio en América del Norte durante la próxima generación.



