El ministro de Cultura libanés, Ghassane Salamé, reconoció públicamente sus reservas sobre el nuevo alto el fuego mediado por Estados Unidos entre Israel y Líbano, aunque calificó el acuerdo como potencialmente más ‘auténtico’ que cualquier tregua anterior. La advertencia llegó en un momento especialmente tenso: apenas horas después de firmarse el pacto, Israel habría ejecutado ataques con drones en la zona de Nabatieh, en el sur del país, poniendo en cuestión la durabilidad real del cese de hostilidades.
Para Salamé, la clave de este acuerdo no está tanto en las palabras del documento sino en la voluntad de Washington de hacerlo cumplir. ‘Sin la presión estadounidense, no esperábamos que el Gobierno israelí avanzara hacia un acuerdo de este tipo’, declaró ante el programa Europe Today de Euronews. Ese matiz es determinante: el valor del pacto depende, en gran medida, de hasta dónde está dispuesto a llegar Estados Unidos para imponerse sobre sus propios aliados.
Contexto y antecedentes
El conflicto entre Israel y Hezbolá, la milicia chií apoyada por Irán con fuerte presencia en el sur del Líbano, ha escalado significativamente desde octubre de 2023, en paralelo con la guerra en Gaza. Lo que comenzó como intercambios de fuego en la frontera norte se convirtió en una campaña militar israelí de mayor envergadura, que incluyó bombardeos masivos sobre el sur libanés y zonas del valle de la Bekaa. Según el propio Salamé, al menos 60 pueblos fueron destruidos por completo y varios sitios patrimoniales de alto valor histórico resultaron dañados, entre ellos el Castillo de Beaufort, símbolo cultural para muchos libaneses.
El precedente más reciente de un alto el fuego entre ambas partes es la Resolución 1701 del Consejo de Seguridad de la ONU, adoptada en 2006 tras la guerra de ese año. Aquella resolución exigía el retiro de Hezbolá al norte del río Litani y el despliegue del ejército libanés en el sur. Dos décadas después, ninguna de esas condiciones se cumplió plenamente, lo que explica el escepticismo histórico que rodea cualquier nuevo acuerdo. El nuevo pacto replica condiciones similares: Hezbolá debe cesar hostilidades y retirar combatientes de la zona sur del Litani.
El contexto político añade otra capa de complejidad. Las tensiones entre el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu y el presidente estadounidense Donald Trump han aflorado públicamente: el propio Trump reconoció haber llamado a Netanyahu ‘maldito loco’ por la intensidad de los ataques en Líbano. Esa fractura en la relación entre Washington y Tel Aviv es, paradójicamente, lo que el ministro Salamé interpreta como una ventana de oportunidad para Líbano.
Los puntos clave
- Escepticismo oficial libanés: El ministro Salamé considera que el acuerdo es ‘demasiado reciente’ para evaluar su seriedad, y advierte que el rechazo de varios ministros del gabinete israelí no ayuda a generar confianza.
- Condición central del pacto: Hezbolá debe cesar todos sus ataques militares y retirar a sus combatientes al norte del río Litani, condición que ya exigía la resolución de la ONU de 2006 sin éxito real.
- Violaciones tempranas: Israel habría lanzado ataques con drones en la región de Nabatieh en las primeras horas tras el acuerdo, lo que pone en tela de juicio el compromiso israelí sobre el terreno.
- Destrucción patrimonial y humana: Sesenta pueblos fueron arrasados completamente durante la ofensiva israelí reciente, y sitios históricos de gran valor cultural libanés resultaron dañados o destruidos.
- El rol decisivo de EE.UU.: Salamé subraya que solo una ‘presión estadounidense sostenida’ puede garantizar el cumplimiento israelí, convirtiendo a Washington en el actor más crítico para la estabilidad del acuerdo.
¿Qué significa esto?
El alto el fuego no es sinónimo de paz, y el caso libanés lo ilustra con cruel claridad. Incluso si el cese de hostilidades se mantiene en el corto plazo, Líbano enfrenta una reconstrucción colosal en un país que ya arrastraba una de las peores crisis económicas del mundo antes del conflicto. La destrucción de infraestructura, hogares y patrimonio cultural agrava una situación humanitaria que llevan años denunciando organismos internacionales. Además, la presencia estructural de Hezbolá en el sur del país plantea una pregunta sin respuesta clara: ¿qué mecanismo real garantizará su retiro cuando ninguno lo logró en casi veinte años?
El factor Trump introduce una variable inédita. A diferencia de administraciones estadounidenses anteriores que aplicaban presión diplomática discreta, el actual presidente parece dispuesto a confrontar públicamente a Netanyahu, lo cual puede ser un activo negociador o una fuente de inestabilidad impredecible. Para Líbano, atrapado entre potencias regionales e internacionales con agendas propias, el riesgo es el mismo de siempre: convertirse en el campo de batalla donde otros dirimen sus conflictos.
Perspectiva para América Latina
América Latina alberga una de las diásporas libanesas más grandes del mundo, con comunidades históricamente influyentes en países como Brasil, Argentina, México, Colombia y Venezuela. Se estima que entre 8 y 14 millones de personas de origen libanés viven en la región, cifra que supera a la población del propio Líbano. Para estas comunidades, cada escalada del conflicto tiene un impacto emocional, familiar y económico directo: hay quienes tienen familiares en las zonas bombardeadas, propiedades destruidas o raíces culturales en los pueblos arrasados que menciona el ministro Salamé.
Más allá del vínculo diaspórico, el conflicto en el Líbano es un termómetro del orden geopolítico global. La influencia de Irán a través de Hezbolá, la posición de Estados Unidos como garante o no de acuerdos, y la capacidad de la ONU para hacer cumplir sus propias resoluciones son dinámicas que afectan la arquitectura de seguridad internacional de la que América Latina también depende, especialmente en un momento en que varias naciones de la región están redefiniendo sus alineamientos diplomáticos.
El alto el fuego entre Israel y Líbano es, por ahora, un acuerdo a prueba. Los próximos días serán determinantes: si los ataques israelíes continúan y Hezbolá responde, el pacto podría colapsar antes de consolidarse. La comunidad internacional, y especialmente Washington, tiene la responsabilidad de convertir un documento en una realidad sobre el terreno. Lo que está en juego no es solo una tregua más: es la posibilidad de que Líbano comience, por fin, a reconstruirse.



