Con apenas dos palabras, el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, encendió todas las alarmas diplomáticas del Atlántico Norte. Ante la pregunta directa de la congresista Sarah McBride sobre si era consciente de que Groenlandia ‘es efectivamente parte de Dinamarca’, Rubio respondió sin titubear: ‘Por ahora’. La respuesta, pronunciada ante el Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes el pasado miércoles, no fue un lapsus ni una broma: fue una declaración de intenciones que resume con precisión quirúrgica la doctrina geopolítica de la administración Trump respecto al Ártico.
El episodio no ocurre en el vacío. Desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, Groenlandia ha pasado de ser una curiosidad geográfica a convertirse en uno de los puntos de mayor tensión entre aliados de la OTAN. Trump ha insistido en múltiples foros —incluido el Foro Económico Mundial de Davos en enero— en que Washington ‘necesita’ la isla por razones de seguridad nacional, argumentando que su posición estratégica en el Ártico la hace indispensable frente a China y Rusia. La pregunta que ya no puede ignorarse es: ¿hasta dónde está dispuesta a llegar Washington?
Contexto y antecedentes
El interés estadounidense por Groenlandia no es nuevo. Durante la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos estableció presencia militar en la isla —entonces bajo administración danesa— como parte del esfuerzo aliado. En la cúspide de la Guerra Fría, Washington llegó a operar hasta 17 instalaciones militares en el territorio y a desplegar más de 10.000 soldados. Hoy, esa presencia se ha reducido a una única instalación: la Base Espacial de Pituffik, el punto más septentrional del Departamento de Defensa estadounidense, utilizada para alerta de misiles, defensa antimisiles y vigilancia espacial.
El primer intento público de Trump por adquirir Groenlandia se produjo durante su primer mandato, en 2019, cuando propuso comprársela a Dinamarca. La respuesta fue un rechazo rotundo tanto de Copenhague como de los líderes groenlandeses. Sin embargo, la idea nunca desapareció del pensamiento estratégico republicano: regresó con renovada intensidad tras la victoria electoral de Trump en noviembre de 2024. Jeff Landry, gobernador republicano designado como enviado especial de Trump para Groenlandia, declaró abiertamente que su misión era ‘convertir el territorio en parte de Estados Unidos’, lo que generó protestas masivas en Nuuk bajo el lema ‘No estamos en venta’.
Rubio añadió un matiz relevante en su comparecencia parlamentaria: la administración mantiene conversaciones activas tanto con el gobierno autónomo de Groenlandia como con Dinamarca sobre el uso de la isla para la ‘defensa colectiva’, enmarcándolas dentro de la arquitectura de defensa antimisiles. ‘Estamos participando ahora mismo en esas conversaciones, creo que vamos bien encaminados’, afirmó. Sin embargo, los líderes de cinco partidos del Parlamento groenlandés ya dejaron clara en enero su posición: ‘No queremos ser estadounidenses, no queremos ser daneses; queremos ser groenlandeses’.
Los puntos clave
- La declaración de Rubio —’Por ahora’ Groenlandia es de Dinamarca— es la señal más explícita hasta la fecha de que Washington no descarta una acción unilateral o presión sostenida para alterar el estatus del territorio.
- La base militar de Pituffik es actualmente la única instalación estadounidense en Groenlandia, pero en el apogeo de la Guerra Fría llegaron a existir 17 bases y más de 10.000 soldados desplegados en la isla.
- Trump ha vinculado Groenlandia a la seguridad nacional, argumentando que China o Rusia podrían controlarla si Estados Unidos no actúa, lo que eleva la narrativa de la disputa al rango de confrontación entre grandes potencias.
- Los groenlandeses rechazan de forma mayoritaria cualquier proceso de integración a Estados Unidos, y cinco partidos parlamentarios emitieron una declaración conjunta reafirmando su derecho a la autodeterminación.
- Landry, el enviado especial de Trump, ya abogó en mayo por reabrir bases militares en la isla, lo que sugiere que la presión no es retórica sino parte de una estrategia gradual y planificada.
¿Qué significa esto?
La frase de Rubio importa precisamente porque no es una postura improvisada: es la voz oficial de la diplomacia estadounidense insinuando que el estatus territorial de Groenlandia es negociable o, peor aún, temporal. Esto pone a Dinamarca —un aliado de la OTAN— en una posición extraordinariamente incómoda: debe defender su soberanía frente a un socio con quien comparte compromisos de defensa colectiva, mientras Groenlandia exige ser reconocida como sujeto político propio. La paradoja es notable: Estados Unidos invoca la seguridad del mundo libre para justificar lo que, en esencia, sería una annexión por presión sobre un territorio que ya tiene autonomía política reconocida.
Las consecuencias prácticas son múltiples. En el corto plazo, la tensión diplomática entre Washington y Copenhague puede deteriorar la cohesión interna de la OTAN en un momento especialmente delicado, cuando la alianza necesita proyectar unidad frente a Rusia. En el largo plazo, si Estados Unidos logra aumentar su presencia militar en la isla —sea por acuerdo o por presión—, se alteraría el equilibrio estratégico en el Ártico de manera significativa, afectando las rutas marítimas que el deshielo está abriendo y las enormes reservas de recursos naturales que Groenlandia alberga bajo su suelo.
Perspectiva para América Latina
Aunque Groenlandia parece geográficamente distante de América Latina, el episodio resuena con fuerza en la región por lo que representa como precedente doctrinal. La retórica de Trump —’ese es nuestro territorio’, ‘interés central de seguridad nacional’— es estructuralmente idéntica a la que históricamente ha utilizado Washington para justificar intervenciones en el hemisferio occidental. Para países latinoamericanos que han vivido en carne propia la Doctrina Monroe y sus derivados, escuchar al secretario de Estado decir ‘por ahora’ sobre la soberanía de un aliado europeo no es una curiosidad lejana: es un recordatorio de cómo la lógica imperial puede reactivarse con facilidad cuando los intereses estratégicos están en juego.
Además, el Ártico tiene implicaciones directas para el comercio global. Las rutas marítimas que el deshielo está habilitando —el Paso del Noroeste y la Ruta del Mar del Norte— reducirían drásticamente los tiempos de tránsito entre Asia, Europa y América del Norte, afectando los patrones de comercio que también impactan a los puertos latinoamericanos del Pacífico y el Atlántico. Quién controle Groenlandia influirá, inevitablemente, en quién controla esas rutas.
La situación está lejos de resolverse. Groenlandia celebrará elecciones parlamentarias en los próximos meses, y la cuestión de la independencia —tanto de Dinamarca como de cualquier otra tutela— promete dominar el debate interno. Washington, mientras tanto, seguirá presionando desde distintos frentes: diplomático, militar y económico. Lo que hay que seguir de cerca es si Dinamarca cede ante la presión para ampliar la presencia estadounidense, y si los groenlandeses logran hacer valer su voz en un conflicto donde, paradójicamente, son los únicos actores que no tienen asiento en la mesa de las grandes potencias.



