Europa se encamina hacia una dependencia sin precedentes del gas natural licuado estadounidense. Según un nuevo informe del Instituto para la Economía Energética y el Análisis Financiero (IEEFA), casi dos tercios de las importaciones europeas de GNL procederán de Estados Unidos en 2026, consolidando así el dominio de Washington en el mercado energético del continente.
Un giro histórico en el mapa energético europeo
La invasión rusa de Ucrania en 2022 transformó por completo la forma en que Europa abastece sus necesidades energéticas. Lo que antes llegaba por gasoducto desde Rusia ahora viene, en forma de gas licuado, a bordo de buques metaneros procedentes de puertos norteamericanos.
El IEEFA recuerda que Estados Unidos ya representó el 57% de las importaciones europeas de GNL en 2025, un salto notable respecto a los niveles previos al conflicto bélico. Y todo apunta a que esa cifra seguirá escalando si se mantienen los contratos de suministro a largo plazo firmados en los últimos años.
Este proceso se enmarca en la estrategia REPowerEU de la Comisión Europea, que busca eliminar por completo las importaciones de gas ruso de aquí a 2027. Los Estados miembros han acelerado sus compras de GNL para llenar el vacío dejado por los suministros rusos, y Estados Unidos ha sido el principal beneficiado de ese cambio.
El riesgo de cambiar una dependencia por otra
El informe del IEEFA no solo celebra los avances en seguridad energética, sino que también lanza una advertencia: sustituir la dependencia del gas ruso por una concentración excesiva en un único proveedor alternativo puede dejar a Europa igualmente expuesta ante futuras inestabilidades políticas o de mercado.
Esta preocupación ya había sido expresada por altas autoridades europeas. La vicepresidenta ejecutiva de la Comisión Europea, Teresa Ribera, señaló a principios de este año que el bloque debe evitar reemplazar una dependencia energética por otra, y apostó por acelerar la inversión en renovables y electrificación como salida estructural al problema.
En la misma línea, la Agencia de la Unión Europea para la Cooperación de los Reguladores de la Energía ha manifestado su inquietud ante los riesgos de concentración de suministros derivados del creciente protagonismo del GNL estadounidense.
Un gas más caro y una factura astronómica
Más allá de los riesgos geopolíticos, el cambio de proveedor también tiene un impacto directo en el bolsillo de los consumidores y en las arcas públicas. El GNL importado suele ser más caro que el gas transportado por gasoducto, debido a los costes adicionales de licuefacción, transporte marítimo y posterior regasificación en destino.
El IEEFA estima que los países de la UE desembolsaron alrededor de 117.000 millones de euros en importaciones de GNL estadounidense entre comienzos de 2022 y mediados de 2025. Una cifra que ilustra la magnitud del giro energético que ha experimentado el continente en apenas tres años.
Menos consumo, pero más infraestructura
Paradójicamente, el aumento de las importaciones se produce en un contexto de caída general del consumo de gas en Europa. Los elevados precios tras la crisis energética, la debilidad del sector industrial, las medidas de ahorro y el despliegue acelerado de las energías renovables han contribuido a reducir la demanda de forma significativa.
Los datos del IEEFA muestran que las importaciones europeas de GNL cayeron en 2024, cuando el consumo de gas tocó su nivel más bajo en más de una década. Sin embargo, repuntaron en 2025 debido a un invierno más frío y a los esfuerzos de los gobiernos por rellenar los almacenamientos estratégicos antes de la temporada de mayor demanda.
Al mismo tiempo, varios países de la UE siguen invirtiendo en ampliar sus infraestructuras de recepción de GNL. Alemania, que históricamente dependía casi por completo del gas ruso por gasoducto, ha desarrollado con rapidez terminales flotantes de regasificación y se ha convertido en uno de los mayores importadores europeos de GNL, un cambio estructural que habría parecido impensable hace apenas cinco años.
El debate sobre el futuro energético de Europa está lejos de cerrarse. La pregunta que planea sobre Bruselas y las capitales del continente es si la solución adoptada es realmente un paso hacia la autonomía estratégica o simplemente un cambio de dependencia con diferente código postal.


