Israel controla hoy más territorio ajeno que en cualquier momento desde 1982, cuando completó la devolución del Sinaí a Egipto y sus fuerzas abandonaron el Líbano tras expulsar a la OLP hacia Túnez. En menos de tres años, el ejército israelí ha ganado aproximadamente 1.000 kilómetros cuadrados en tres frentes distintos: Gaza, Líbano y Siria. Una expansión sin precedentes en la historia reciente del conflicto que combina poderío militar, reconfiguración estratégica y un entorno internacional que, entre el apoyo activo y la aquiescencia silenciosa, no ha logrado frenarla.

El primer ministro Benjamín Netanyahu lo describió con claridad en marzo pasado: ‘Hemos cambiado nuestro concepto de seguridad. Iniciamos, atacamos y hemos creado tres zonas de seguridad profunda dentro de territorio enemigo’. Lo que antes era una doctrina defensiva centrada en disuadir ataques desde las fronteras se ha convertido en una estrategia ofensiva de presencia física permanente en suelo extranjero, con consecuencias humanitarias devastadoras y un rediseño del mapa geopolítico de Oriente Medio que todavía no ha alcanzado su forma definitiva.

Contexto y antecedentes

Para entender la magnitud de este giro, hay que retroceder al ciclo histórico que Israel parecía haber adoptado desde los años ochenta: el de una potencia que, sin renunciar a la ocupación de Cisjordania, avanzaba gradualmente hacia acuerdos territoriales. En 1982, devolvió el Sinaí a Egipto como parte del tratado de paz firmado en 1979. En los noventa, los Acuerdos de Oslo abrieron la puerta a un autogobierno palestino limitado, y llegó a negociarse la devolución de los Altos del Golán a Siria. En 2000, el primer ministro Ehud Barak retiró las tropas del sur del Líbano, poniendo fin a 18 años de ocupación. En 2005, Ariel Sharón evacuó soldados y colonos de Gaza con el llamado Plan de Desconexión.

El ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023, el más letal en la historia de Israel con cerca de 1.200 muertos, rompió ese equilibrio relativo de forma violenta e irreversible. Generó un trauma nacional profundo y desplazó el centro de gravedad político israelí hacia posiciones de máxima dureza. El gobierno actual, descrito como el más derechista de la historia del país, reúne a sectores que buscan ‘profundidad estratégica’ militar y a nacionalistas religiosos que reivindican el concepto del Gran Israel bíblico, que abarca no solo los territorios palestinos sino también porciones de países vecinos.

En Cisjordania, este clima ha acelerado el ritmo de construcción y expansión de asentamientos judíos, así como los desplazamientos forzosos de población palestina. En Gaza, Israel ha modificado unilateralmente la línea de control acordada en el alto el fuego, pasando del 53% pactado a más del 60%, y Netanyahu ha ordenado elevarlo al 70% como prioridad. En Líbano, las tropas israelíes han llegado a las puertas de Nabatiye destruyendo decenas de miles de viviendas a su paso. En Siria, ocupan 235 kilómetros cuadrados más allá de los Altos del Golán, aprovechando el vacío de poder tras la caída del régimen de Bashar al Asad.

Los puntos clave

  • Expansión territorial sin precedentes desde 1982: Israel controla cerca de 1.000 kilómetros cuadrados adicionales en menos de tres años, distribuidos entre Gaza, el sur del Líbano y el territorio sirio más allá de los Altos del Golán.
  • Violación del acuerdo de alto el fuego en Gaza: Israel debería controlar el 53% de la Franja según lo pactado, pero ha superado el 60% unilateralmente y el primer ministro Netanyahu ha ordenado avanzar hasta el 70%.
  • Destrucción masiva en el Líbano: Las fuerzas israelíes han destruido aproximadamente 36.000 viviendas en su avance por el sur del país, con una escalada que lleva a las tropas a las puertas de Nabatiye.
  • Reconfiguración estratégica declarada: Netanyahu ha anunciado explícitamente un nuevo concepto de seguridad basado en zonas de control profundo dentro de territorio enemigo, abandonando la doctrina defensiva tradicional.
  • Aceleración de asentamientos en Cisjordania: El frenesí colonizador en los territorios ocupados desde 1967 complementa la expansión militar en los otros frentes, consolidando un patrón de control territorial integral.

¿Qué significa esto?

El análisis de Yehuda Shaul, codirector del centro israelí Ofek, que busca una resolución pacífica al conflicto, ofrece una distinción útil: los casos de Siria y Líbano pueden interpretarse, al menos en parte, como medidas de seguridad ante el riesgo de infiltraciones similares al 7 de octubre. Gaza, en cambio, responde a una lógica diferente y más compleja, que mezcla objetivos militares declarados con presiones internas de sectores que jamás aceptaron el Plan de Desconexión de 2005. Lo que está en juego no es solo cuánto territorio controla Israel hoy, sino si esas zonas de seguridad se consolidarán como fronteras de facto permanentes, vaciando de contenido cualquier posibilidad de solución negociada.

Las consecuencias humanitarias son inmediatas y brutales: millones de personas desplazadas, infraestructura civil destruida y un acceso humanitario que en las zonas de control israelí en Gaza debe coordinarse con el propio ejército ocupante. Pero las consecuencias políticas a largo plazo son igualmente profundas. Si el mapa que está dibujando Israel se consolida sin respuesta internacional efectiva, el concepto de solución de dos estados, ya debilitado, quedaría prácticamente enterrado. Y con él, la posibilidad de una paz negociada que lleva décadas aplazándose.

Perspectiva para América Latina

América Latina no es ajena a este conflicto. Varios países de la región, entre ellos Colombia, Chile, Bolivia y Honduras, han adoptado posiciones críticas hacia Israel en los últimos meses, algunos rompiendo o rebajando relaciones diplomáticas. El debate sobre el reconocimiento del Estado palestino ha ganado fuerza en la región, donde la influencia de comunidades tanto árabes como judías genera tensiones internas en cada capital. La expansión territorial israelí que documenta esta crónica refuerza el argumento de quienes en la región sostienen que la ocupación no es una situación transitoria pendiente de negociación, sino una realidad que se consolida con cada kilómetro cuadrado que se agrega al control israelí.

Más allá de las posiciones diplomáticas, América Latina observa en este conflicto un ejemplo extremo de cómo el derecho internacional puede ser desafiado sin consecuencias efectivas cuando una de las partes cuenta con respaldo de potencias globales. Esa lección resuena en una región con sus propias disputas territoriales históricas y con Estados que llevan décadas luchando por que las normas internacionales se apliquen de forma universal, no selectiva.

Lo que viene exige atención sostenida: la evolución del control territorial en Gaza hacia el umbral del 70% ordenado por Netanyahu, el posible carácter permanente de las posiciones israelíes en Líbano y Siria, y la respuesta —o la ausencia de ella— de la comunidad internacional ante una reconfiguración del mapa de Oriente Medio que se produce, de hecho, ante los ojos del mundo.

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Fuente: NEWS MEDIA · Publicado el 7 de junio de 2026
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