Donald Trump ha llegado a China en una misión que poco tiene que ver con la que imaginó en un principio. En lugar de celebrar acuerdos comerciales millonarios junto a un Xi Jinping seducido por las ganancias, el presidente estadounidense necesita ahora algo mucho más urgente: convencer a Pekín de que presione a Teherán para que acepte negociar el fin de una guerra que ya dura diez semanas y que amenaza con desestabilizar la economía global.

El estrecho de Ormuz, el gran nudo del conflicto

El cierre del estrecho de Ormuz se ha convertido en el eje central de esta visita. Por ese corredor marítimo transitaba habitualmente la quinta parte del petróleo y el gas natural licuado que consume el planeta. Su bloqueo prolongado está castigando duramente a las petromonarquías del golfo Pérsico y generando una inquietud creciente en los mercados internacionales.

Edgard Kagan, analista del centro de estudios CSIS, lo resume con claridad: ‘La Administración de Trump cree que China puede ayudar a presionar a Irán para que acepte los términos necesarios para poner fin a la guerra y reabrir ese cuello de botella fundamental para el tráfico marítimo’.

Detrás del fasto protocolario —una recepción solemne en el Gran Palacio del Pueblo, un banquete de Estado y una ceremonia del té junto al presidente chino— se desarrollará una negociación que algún analista ha comparado con un partido de rugby. Y el balón más disputado será, precisamente, Ormuz.

Una guerra que duró mucho más que 72 horas

Trump calculó en su momento que el conflicto se resolvería en apenas tres días. Eso no ocurrió. La guerra, iniciada de la mano del primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, sigue abierta y sus consecuencias se acumulan semana tras semana.

Los precios de la gasolina han alcanzado máximos históricos, pese a las reiteradas promesas del presidente de que caerían en picado en cuanto terminara el enfrentamiento. La inflación ha vuelto a escena y avanzó hasta el 3,8% en abril, lo que complica las bajadas de tipos de interés que tanto reclama la Casa Blanca. Y la impopularidad del conflicto erosiona los índices de aprobación de Trump, lo que a su vez compromete las perspectivas del Partido Republicano en las elecciones legislativas de noviembre.

China juega con ventaja

Pekín es consciente de que tiene las cartas favorables en esta partida. Y no piensa desaprovechar la oportunidad. La Casa Blanca necesita un acuerdo; China puede pedir a cambio concesiones importantes: una rebaja o eliminación de aranceles, contratos estratégicos, acceso a semiconductores o, su gran ambición histórica, un cambio en la posición estadounidense respecto a Taiwán.

El propio Kagan reconoce que Pekín tiene intereses en ambas direcciones: ‘Por una parte, claramente no quieren que Estados Unidos consiga un gran éxito. Por otra, si el estrecho de Ormuz sigue cerrado, eso tendrá implicaciones muy significativas para ellos también’.

Negociaciones que no avanzan

El panorama diplomático no invita al optimismo. A mediados de abril, Irán anunció que levantaba su bloqueo sobre Ormuz, pero apenas un día después la Guardia Revolucionaria volvió a cerrar el paso ante la negativa de Washington a retirar su propio bloqueo. Lo que pareció un avance quedó en nada.

Lo mismo ocurrió hace escasos días, cuando tanto la Casa Blanca como los mediadores paquistaníes reconocieron estar ‘cerca’ de firmar un memorando de entendimiento como primer paso hacia una paz duradera. Ese acuerdo tampoco llegó.

Diez semanas después del inicio del conflicto, el mundo observa con una mezcla de temor y expectación. La economía global se asoma al umbral de lo desconocido, y Trump llega a Pekín buscando un éxito que, por ahora, se resiste a materializarse.

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Fuente: NEWS MEDIA · Publicado el 13 de mayo de 2026
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