Una nueva tregua frágil e improvisada entró en vigor este viernes en Líbano, confirmada solo bajo anonimato y cuestionada desde el primer minuto por los bombardeos israelíes y los drones de Hezbolá. En las horas previas, 47 personas murieron en los ataques nocturnos —una de las cifras más altas en semanas—, mientras cuatro soldados israelíes caían abatidos por un proyectil miliciano contra su tanque. El escenario revela con crudeza cuán precario es el terreno sobre el que Donald Trump ha apostado gran parte de su capital político internacional.
El punto de quiebre se produjo apenas días después de que Trump firmara en el Palacio de Versalles un memorando de entendimiento con el régimen iraní, un acuerdo negociado sin Israel pero que obliga a Tel Aviv a detener los combates y respetar la integridad territorial libanesa. Mientras tanto, ministros del gabinete de Benjamín Netanyahu como Bezalel Smotrich y Itamar Ben Gvir pedían públicamente ‘abrir las puertas del infierno’ en Líbano y que ‘lloren mil madres libanesas por cada lágrima de una madre israelí’. El tono no podía ser más elocuente sobre las tensiones internas que amenazan con dinamitar cualquier acuerdo.
Contexto y antecedentes
El conflicto entre Israel y Hezbolá, la milicia libanesa respaldada por Irán, lleva meses en una espiral de escalada que ha convertido el sur del Líbano en un campo de batalla devastado. Desde el inicio de la guerra en Gaza en octubre de 2023, el frente norte israelí se activó como un frente de apoyo y solidaridad que Hezbolá abrió hacia Palestina, arrastrando al Líbano a una confrontación directa con Tel Aviv que el país cedro no buscaba en su totalidad pero que tampoco supo —o quiso— evitar.
Trump, recién llegado a su segundo mandato, ha intentado reposicionarse como el gran mediador de Oriente Medio, un rol que le resulta políticamente rentable en casa. El acuerdo con Irán, que incluye alivio de sanciones y fondos para reconstrucción a cambio de garantías nucleares y el cese de apoyo a milicias, fue presentado como un triunfo diplomático histórico. Sin embargo, el gran ausente de esa negociación fue precisamente Israel, el aliado más cercano de Washington en la región, lo que generó una grieta inédita entre ambos gobiernos.
Según informaciones publicadas por The Washington Post, las agencias de inteligencia estadounidenses ya han advertido a la administración Trump de que Netanyahu podría estar buscando activamente socavar el acuerdo con Teherán. El análisis interno concluye que, con elecciones israelíes en el horizonte otoñal, la supervivencia política del primer ministro depende de demostrar que no cederá en Líbano ni ante Washington.
Los puntos clave
- 47 personas murieron en bombardeos israelíes durante la madrugada del viernes, una de las cifras más altas de víctimas en semanas, poniendo en entredicho la vigencia de cualquier tregua.
- El acuerdo Trump-Irán fue firmado sin la participación de Israel, aunque contempla obligaciones directas para Tel Aviv, lo que genera un conflicto diplomático sin precedentes entre aliados históricos.
- Netanyahu enfrenta un dilema político existencial: ceder ante Trump lo debilita electoralmente, pero desafiar a su principal aliado podría costarle el respaldo militar y diplomático que necesita para gobernar.
- Una encuesta del diario israelí Maariv mostró que, por primera vez en más de un año, el Likud de Netanyahu empató con la formación Yashar de Gadi Eisenkot, ambas con 21 escaños proyectados de 120.
- EE.UU., Qatar e Irán intermediaron en secreto durante horas para evitar que la tregua del viernes naciera muerta, lo que revela la extrema fragilidad del marco diplomático construido por Trump.
¿Qué significa esto?
Lo que está en juego no es solo una tregua más en Líbano. Es la credibilidad del proyecto diplomático más ambicioso del segundo mandato de Trump en Oriente Medio. Si el acuerdo con Irán se derrumba —ya sea por la acción de Israel, por la intransigencia de Hezbolá o por la incapacidad de Washington de garantizar el cumplimiento— Trump no solo pierde un logro de política exterior, sino que consolida la narrativa de que el caos regional es ingobernable desde afuera. Eso tiene consecuencias directas en la política interna estadounidense, donde el electorado conservador evalúa con lupa cada movimiento en Oriente Medio.
Para el Líbano, un país que ya colapsó económicamente y que apenas sobrevive una de sus peores crisis en décadas, la continuación de los combates tiene un impacto humanitario devastador. Cada hora de bombardeos suma desplazados, destruye infraestructura y profundiza una herida que tardará generaciones en sanar. El pueblo libanés, ajeno a los cálculos electorales de Netanyahu y a las apuestas geopolíticas de Trump, paga el precio más alto de una guerra que en buena parte no eligió.
Perspectiva para América Latina
América Latina observa este conflicto con una mezcla de preocupación humanitaria y atención geopolítica. Países como Argentina, Brasil, México y Colombia albergan comunidades árabes —muchas de ellas de origen libanés— que siguen con angustia el desarrollo de los combates. Líbano ha sido históricamente una de las fuentes migratorias más importantes hacia la región, y el lazo cultural y familiar es profundo y real. Cada escalada bélica reactiva redes de solidaridad y también de presión sobre los gobiernos latinoamericanos para que tomen posiciones más firmes en foros internacionales como la ONU.
Además, el posible fracaso del acuerdo Trump-Irán tiene implicaciones económicas globales: una nueva escalada en Oriente Medio impacta los mercados de petróleo, encarece fletes y presiona las ya tensas economías de la región. Para gobiernos latinoamericanos que negocian deuda, inflación y crecimiento frágil, una crisis energética derivada de un colapso diplomático en el Mediterráneo oriental no es un escenario abstracto sino un riesgo financiero concreto.
En las próximas semanas, los ojos del mundo estarán puestos en tres frentes simultáneos: si Israel respeta o viola abiertamente los términos del acuerdo Washington-Teherán, si Hezbolá mantiene algún tipo de contención operativa, y si Trump tiene la voluntad política y la capacidad real de presionar a Netanyahu sin romper la alianza histórica con Israel. La respuesta a esas tres preguntas determinará si esta tregua es un punto de inflexión o solo una pausa más en una guerra que no encuentra su fin.



