Durante más de una década, las instituciones europeas funcionaron con un peso invisible pero constante sobre sus decisiones: Viktor Orbán. Diplomáticos y funcionarios del Consejo Europeo dedicaban semanas enteras a anticipar los movimientos del primer ministro húngaro antes de abordar cualquier asunto de calado. Las sanciones contra Rusia, el apoyo a Ucrania o la ampliación de la UE hacia el Este siempre pasaban primero por el filtro de Budapest.
Un veto convertido en instrumento de chantaje
El ultraconservador Orbán convirtió el derecho de veto en una herramienta de presión política sistemática. Europa, en lugar de plantarle cara, terminó adaptándose a esa dinámica. Cada gran decisión estratégica llegaba a la mesa con una pregunta implícita: ¿qué precio habrá que pagar para que Hungría no lo bloquee?
Ese patrón, que durante años paralizó a las instituciones comunitarias, parece haber llegado a su fin. La derrota de Orbán en las urnas el pasado 12 de abril y la llegada al poder de Péter Magyar, líder del partido Tisza, han generado una sacudida de alivio en Bruselas que muy pocos se atrevían a anticipar con tanta claridad.
Un ambiente renovado en las instituciones
‘El ambiente ha cambiado en muchas reuniones, se ve más normalidad institucional’, señala una diplomática europea. En la jerga de la burbuja bruselense, eso equivale a decir que el embajador húngaro ha dejado de agitar el veto como una amenaza permanente.
Magyar, encuadrado en la familia del Partido Popular Europeo, igual que lo estuvo en su día su predecesor, ha devuelto cierta fluidez al engranaje comunitario en apenas semanas. Y los resultados concretos ya son visibles.
Sanciones, préstamos y ayuda militar desbloqueados
El 23 de abril, aún en pleno periodo de transición política en Hungría, Budapest levantó su bloqueo al vigésimo paquete de sanciones de la UE contra el entorno del Kremlin por la guerra en Ucrania. Un paso que Orbán había impedido durante semanas.
Al mismo tiempo, Hungría dio luz verde a un préstamo europeo de 90.000 millones de euros destinado a sostener financieramente a Ucrania. Una medida vital para el país invadido por Rusia y candidato a ingresar en la UE, que el ex primer ministro había utilizado como palanca de presión tanto contra Bruselas como contra el Gobierno de Volodímir Zelenski.
Además, fuentes comunitarias señalan que se comenzarán a liberar fondos del European Peace Facility (EPF), el mecanismo que reembolsa a los Estados miembros parte de la ayuda militar entregada a Ucrania. Otro instrumento que Budapest venía bloqueando sistemáticamente.
El debate sobre la ampliación, reactivado
El cambio de Gobierno en Budapest ha desbloqueado también las conversaciones sobre la integración en la UE de Ucrania, Moldavia y los países de los Balcanes occidentales. Un proceso que Orbán había contribuido a ralentizar desde su posición de permanente obstaculizador institucional.
Pero los efectos no se limitan al expediente ucraniano. En el primer Consejo de Exteriores de la era post-Orbán, Hungría levantó su veto a las sanciones contra los colonos israelíes violentos. Orbán había sido uno de los principales aliados europeos de Vladímir Putin, de Donald Trump y del primer ministro israelí Benjamín Netanyahu.
Una nueva diplomacia húngara
La nueva ministra de Exteriores y viceprimera ministra, Anita Orbán, fue rotunda ante el Parlamento húngaro: ‘No se utilizará el bloqueo como un instrumento de presión política ni de chantaje dentro de la UE’. La jefa de la diplomacia de Budapest no ha descartado que su Gobierno pueda eventualmente vetar alguna decisión, pero sí ha garantizado que no lo hará con fines coercitivos.
La propia ministra reconoció que Hungría se convirtió ‘demasiado a menudo en un obstáculo en la toma de decisiones europeas’. En sus primeros días al frente de la cartera, ya se ha reunido con los embajadores de los Estados miembros y ha convocado al representante diplomático ruso para condenar los bombardeos contra Ucrania. Una señal inequívoca de que algo ha cambiado de verdad en Budapest.



