La navaja de Ockham, ese principio que dicta que la explicación más sencilla suele ser la correcta, se rompe en pedazos al intentar descifrar Hungría. El país centroeuropeo es un puzzle histórico, cultural y político que desafía cualquier análisis superficial. Y pocas ciudades lo ilustran mejor que Szeged, la tercera urbe del país, enclavada al sureste, a tiro de piedra de Serbia y Rumania.

Una ciudad, un espejo de Europa

Con apenas 200.000 habitantes, Szeged alberga más de una docena de minorías que conviven en sus calles de casas decimonónicas, plazas empedradas y avenidas arboladas. Para los nostálgicos del viejo orden, la ciudad es un destilado del Imperio Austrohúngaro. Para los europeístas, que recuperan el optimismo tras las elecciones que pusieron fin a quince años de gobierno de Viktor Orbán, es una pequeña Unión Europea en miniatura.

La victoria del opositor Péter Magyar ha abierto una nueva etapa para un país que limita con siete naciones y carga con una historia más sinuosa que el propio Danubio. En su territorio convive una quincena de minorías bien organizadas, entre ellas la comunidad judía, que perdió cerca de medio millón de personas durante la Shoah y que, pese a los continuos ataques del exprimer ministro a figuras como George Soros, ha permanecido relativamente integrada y protegida durante el orbanismo.

Una diversidad con matices

La composición étnica de Hungría tiene sus propias particularidades. La presencia de personas negras es marginal —algunos angoleños y cubanos, herencia de los lazos comunistas—, los asiáticos son escasos aunque crecientes por las inversiones chinas y la comunidad filipina vinculada a redes religiosas. Los ciudadanos árabes, en cambio, son prácticamente inexistentes: no eran bienvenidos con Orbán y tampoco lo son con Magyar, a pesar del discurso renovador del nuevo líder sobre el Estado de derecho.

‘Hungría está en plena catarsis, con una energía increíble. Los húngaros, como casi todos los países de Europa central y del Este, tienen actitudes hacia la migración bastante duras. Y eso no parece que vaya a cambiar a corto plazo’, advierte la politóloga Judit Sandor.

El peso de la historia

Las minorías presentes en el país son, en su gran mayoría, blancas, cristianas y con siglos de arraigo en tierra húngara. El Imperio Austrohúngaro sobrevive en la arquitectura, en la cultura y en la psique colectiva. El propio Magyar lo ha expresado sin ambages: ‘Hungría y Austria solían ser un solo país. Queremos fortalecer la relación por razones históricas, culturales y económicas’.

A esa nostalgia posimperial se suma el trauma del Tratado de Trianon, firmado tras la Primera Guerra Mundial, que cercenó enormes territorios y poblaciones húngaras. Una herida que sigue abierta y que se palpa con especial intensidad en Szeged, donde familias de origen griego, armenio, alemán, polaco, eslovaco, ucraniano, croata, serbio, rumano y gitano mantienen vivas sus tradiciones, lenguas y costumbres.

La voz gitana: entre el racismo y la resistencia

En la Casa de las Minorías de Szeged, Karsih Attila, de 51 años, cuenta su historia con ojos claros y vivarachos. Su bisabuelo Carlos, dueño de una fábrica de ladrillos y de una familia ‘muy, muy húngara’, se enamoró de una gitana llamada Rozaria. De esa unión nacieron varios hijos ‘de manera no oficial’, dice Attila con una ironía que no esconde el peso de esa realidad.

En Szeged viven unos 3.000 gitanos. En todo el país, la cifra real ronda los 850.000, aunque las estadísticas oficiales apenas reconocen 210.000, reflejo de una invisibilización que tiene raíces en el miedo y la discriminación.

‘A veces sentimos el racismo y Orbán nunca nos trató bien. Mi gente tiende a no señalar su etnia en el censo’, reconoce Attila. Su testimonio resume, con claridad brutal, los retos que enfrenta la nueva Hungría: la de Magyar, la que aspira a reinventarse, pero que aún carga sobre sus hombros el peso de viejos prejuicios y fracturas sociales que ningún cambio de gobierno borra de un plumazo.

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Fuente: NEWS MEDIA · Publicado el 18 de mayo de 2026
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