Una fotografía de José Mynor López descansa entre flores y velas en un memorial improvisado junto al Key Bridge de Baltimore. Su imagen es el centro de un altar silencioso que resume una tragedia doble: la de su muerte y la de la familia que dejó atrás.
Desde que López perdió la vida en el colapso del puente en 2024, su pareja, Zoila Guerra Sandoval, le repite cada día a su hija de siete años que todo estará bien. Pero hay una verdad que aún no se ha atrevido a contarle: ella podría ser deportada y separada de la niña, ciudadana estadounidense de nacimiento.
Una tragedia que no termina
López fue uno de los seis trabajadores inmigrantes que murieron aquella madrugada cuando un buque de carga de más de 96.600 toneladas impactó contra el puente, lanzando a los obreros al río Patapsco. El grupo reparaba baches en el asfalto durante el turno de noche. Tenía 37 años. Su cuerpo fue el último en ser recuperado, el 7 de mayo, tras seis semanas de angustiosa búsqueda en las frías aguas del río.
Las víctimas provenían de Honduras, El Salvador, México y Guatemala. Hombres que habían cruzado fronteras en busca de una vida mejor y que encontraron la muerte en una ciudad que en muchos sentidos los necesitaba, aunque no siempre los reconocía.
La promesa que el Gobierno no cumplió
Tras la tragedia, y bajo la administración de Joe Biden, las autoridades federales invitaron a Guerra Sandoval a solicitar alivio migratorio por razones humanitarias. Su abogada, Rachel B. Girod, explicó que se le ofreció la posibilidad de acceder a figuras como el ‘parole in place’ y la acción diferida, y que se le informó que sus solicitudes serían aprobadas dada la ‘excepcional situación humanitaria’ de su caso.
Sin embargo, en febrero de 2026, en plena ofensiva migratoria del Gobierno de Donald Trump, la oficina de Baltimore del Servicio de Ciudadanía e Inmigración (USCIS) rechazó su solicitud de acción diferida al determinar que el caso ‘no la merecía’. Dos meses después, la misma oficina inició formalmente un proceso de deportación en su contra.
‘Digo inició un proceso porque no es obligatorio iniciar uno cuando se deniega la acción diferida. Está dentro de la autoridad del DHS hacerlo, pero también está dentro de su autoridad no intentar deportarla’, subrayó la abogada Girod.
Cuatro días después de abrir ese expediente, también le fue denegado el ‘parole in place’, usando precisamente el proceso de deportación como argumento en su contra. Un círculo kafkiano que parece diseñado para no tener salida.
Casi dos décadas de vida sin un solo antecedente
Originaria de Guatemala, Guerra Sandoval lleva casi 19 años viviendo en Estados Unidos sin ningún antecedente negativo. Salió de las sombras, tal como le pidieron las autoridades, con la esperanza de recibir protección tras una tragedia pública. Hoy enfrenta la amenaza de ser expulsada del país donde creció su hija.
‘En resumen, decidieron que esta mujer, con diecinueve años en Estados Unidos sin un solo antecedente negativo, ahora madre soltera, no merecía recibir precisamente aquello que el USCIS le había prometido para brindarle un mínimo de paz’, escribió Girod en un correo electrónico.
La niña, por su parte, ha encontrado algo de refugio en un tío materno que ha asumido un rol casi paternal. Pero la ausencia del padre es una herida abierta.
‘Obviamente extraña mucho a su papá, pero se ha vuelto muy cercana a uno de mis hermanos, quien es como un segundo padre para ella. Pero obviamente sabe que su papá no está aquí’, relató Guerra Sandoval a la cadena local WBAL-TV.
Fe como último recurso
Ante la pregunta de cómo enfrenta esta situación, la respuesta de Guerra Sandoval es sencilla y desgarradora a la vez: ‘Tengo fe en Dios que todo va a estar bien’.
Mientras tanto, el portavoz de USCIS, Zach Kahler, se limitó a señalar que los beneficios migratorios se evalúan caso por caso, sin ofrecer más detalles sobre la situación concreta de esta mujer. Una respuesta institucional que contrasta con la historia humana detrás de los números de expediente.
El caso de Zoila Guerra Sandoval no es solo el de una madre en riesgo de deportación. Es el retrato de una promesa rota, de una familia que ya perdió demasiado y de un sistema que, según su defensa, primero alentó a esta mujer a confiar en él para luego volverse en su contra.



