En el corazón de Asia Central, Bishkek, la capital de Kirguistán, está viviendo una transformación urbana que alarma a arquitectos, artistas e historiadores: en menos de cinco años, la ciudad ha demolido al menos nueve edificios históricos de la era soviética, reemplazando un patrimonio irrecuperable por desarrollos inmobiliarios de gran escala. El caso más reciente y simbólico es el del hipódromo Ak Kula, construido en 1947, donde el presidente Sadyr Zhaparov inauguró personalmente las obras de un megacomplejo habitacional para 60.000 residentes con un costo estimado de 3.000 millones de dólares.
Lo que hace este proceso especialmente controvertido no es la decisión de construir vivienda —un argumento comprensible en cualquier ciudad en crecimiento—, sino la sistemática eliminación de estructuras únicas que podrían haberse integrado en los nuevos proyectos. Ak Kula no era solo un hipódromo: era, según analistas locales, un punto de encuentro simbólico entre la modernidad urbana y la tradición nómada kirguisa. Su pérdida no fue inevitable; fue una elección.
Contexto y antecedentes
Kirguistán es una pequeña república de Asia Central que formó parte de la Unión Soviética hasta su disolución en 1991. Durante décadas, Bishkek fue modelada bajo los principios del urbanismo soviético: grandes avenidas, edificios de uso público imponentes y monumentos que servían tanto a la función como a la narrativa ideológica del Estado. Paradójicamente, muchos de esos espacios terminaron convirtiéndose en referentes de identidad local, desligados ya de su origen político.
El problema se agudizó a principios de la década de 2020, cuando varios edificios emblemáticos comenzaron a perder su estatus de monumento protegido por decisiones administrativas que, según críticos, carecieron de rigor técnico o transparencia pública. La imprenta Erkin-Too, construida en 1931 y donde se publicó el primer periódico kirguís, fue declarada sin ‘valor arquitectónico, urbanístico e histórico-cultural’ por el Ministerio de Cultura en 2015, decisión que allanó el camino para su posterior demolición. La Escuela de Música Kurenkeev, la más antigua del país y fundada en 1939, corrió la misma suerte.
Detrás de esta ola demoledora convergen intereses económicos vinculados al sector inmobiliario, una clase política que asocia ‘progreso’ con construcción nueva y una legislación de protección patrimonial que, aunque en teoría otorga estatus permanente a los monumentos, contiene mecanismos que permiten revertir esas categorías con relativa facilidad, como evidencia el artículo 36 de la Ley de Protección de Monumentos de Kirguistán.
Los puntos clave
- Al menos nueve edificios históricos han sido demolidos en Bishkek en los últimos cinco años, según estimaciones de periodistas y urbanistas locales.
- El hipódromo Ak Kula, construido en 1947 y considerado símbolo de la identidad kirguisa, fue reemplazado por un megacomplejo de 60.000 viviendas valorado en 3.000 millones de dólares, inaugurado con la presencia del presidente Zhaparov.
- La imprenta Erkin-Too (1931) y la Escuela de Música Kurenkeev (1939), instituciones fundacionales de la cultura kirguisa, han desaparecido del paisaje urbano de la capital.
- Tres monumentos emblemáticos también fueron desmantelados sin justificación práctica clara, incluyendo una de las fuentes más antiguas de la ciudad y un bajorrelieve del Teatro Dramático Ruso Aitmatov.
- Expertos advierten que la destrucción del patrimonio arquitectónico no solo borra historia, sino que elimina un activo económico a largo plazo vinculado al turismo, la identidad cultural y la calidad de vida urbana.
¿Qué significa esto?
La profesora de arquitectura Aigul Nasirdinova lo resume con precisión: Bishkek se está convirtiendo en una ‘ciudad desechable’. Este concepto va más allá de la nostalgia o el debate estético. Las ciudades que destruyen su patrimonio construido pierden capas de memoria colectiva que no se recuperan con ningún presupuesto. El arquitecto Aibek Sydykov lo pone en términos económicos concretos: la identidad preservada es un activo a largo plazo que genera más riqueza a través del turismo y la calidad de vida que la construcción acelerada. Ciudades como Leipzig, Bilbao o Medellín son ejemplos globales de cómo la rehabilitación del patrimonio puede convertirse en motor de desarrollo sostenible.
El impacto más inmediato lo viven los propios kirguises, que ven desaparecer espacios que formaban parte de su cotidianidad y su memoria generacional. La artista Gulnara Musabai, de 71 años, lo expresa con claridad emotiva: en lugar de edificios singulares, la ciudad recibirá ‘otra caja de hormigón armado’. El problema estructural es que, una vez demolido un edificio histórico, la pérdida es permanente. No hay marcha atrás. Y en ese sentido, las decisiones que se toman hoy en Bishkek definirán para siempre el rostro de una ciudad que hasta hace poco era estudiada internacionalmente como ejemplo de urbanismo soviético bien conservado.
Perspectiva para América Latina
El dilema de Bishkek resuena con fuerza en América Latina, una región que también convive con la tensión permanente entre desarrollo urbano y preservación patrimonial. Ciudades como Buenos Aires, Ciudad de México, Lima o Bogotá han visto desaparecer edificios y barrios históricos bajo la presión del mercado inmobiliario, la especulación del suelo y gobiernos que equiparan modernización con demolición. En muchos casos, como en el centro histórico de Santiago de Chile o en el puerto de Valparaíso, las batallas por el patrimonio han sido largas y desiguales, con victorias parciales que dependieron de la movilización ciudadana y de marcos legales que, en general, siguen siendo insuficientes.
El caso kirguís ofrece una advertencia valiosa para la región: la pérdida patrimonial no es solo cultural, es también económica y política. Las ciudades latinoamericanas que han apostado por rehabilitar su herencia arquitectónica —como el centro histórico de Cartagena de Indias o el Casco Viejo de Ciudad de Panamá— han visto retornos significativos en turismo e inversión. La experiencia de Bishkek confirma que destruir para construir no es sinónimo de progresar; en muchos casos, es exactamente lo contrario.
Lo que ocurra en los próximos meses con los edificios históricos que aún quedan en pie en Bishkek será determinante. La presión de la sociedad civil, el rol de organizaciones internacionales como UNESCO y la respuesta del gobierno kirguís ante las críticas serán las variables a seguir. El debate que hoy sacude a esta capital de Asia Central es, en realidad, universal: ¿qué tipo de ciudad queremos ser y qué estamos dispuestos a sacrificar en nombre del progreso?



