Con la Plaza de Bolívar de Bogotá como escenario y una convocatoria que reunió a simpatizantes de izquierda y sectores progresistas, el senador y candidato presidencial Iván Cepeda cerró su campaña con una proclama que fue tanto política como simbólica: ‘Ni una sola pared sin nuestros murales’. El llamado no fue casual. Se produjo en medio de una escalada de tensiones entre sectores de la oposición y el uribismo, con episodios de hostigamiento que han teñido el ambiente electoral de las semanas previas a las elecciones colombianas de 2026.

El momento más polémico del cierre fue la defensa explícita que hizo Cepeda de un mural sobre los llamados ‘falsos positivos’, la práctica criminal documentada por la que militares colombianos asesinaron a civiles inocentes y los presentaron como guerrilleros muertos en combate. El mural fue pintado en las inmediaciones de la casa del expresidente Álvaro Uribe Vélez, cuya relación con esos crímenes de Estado ha sido objeto de investigaciones judiciales y debates políticos durante más de una década. La elección del lugar no fue accidental: es un gesto de confrontación simbólica calculado.

Contexto y antecedentes

Iván Cepeda es uno de los políticos más conocidos de la izquierda colombiana. Como senador, se hizo célebre por su labor de denuncia de los crímenes de Estado, los vínculos entre el paramilitarismo y políticos, y especialmente por sus investigaciones sobre los falsos positivos, un escándalo que costó la vida a miles de jóvenes pobres colombianos durante los gobiernos de Uribe (2002-2010). Su enfrentamiento personal y judicial con el expresidente es uno de los capítulos más tensos de la política colombiana reciente, y ha incluido demandas, acusaciones cruzadas y una disputa que llegó hasta la Corte Suprema de Justicia.

El uso de murales como herramienta política no es nuevo en Colombia ni en América Latina. Históricamente, el arte callejero ha sido un espacio de resistencia para movimientos sociales, especialmente en países con alta desigualdad y conflictos no resueltos. En Colombia, tras el estallido social de 2021, los murales se convirtieron en uno de los lenguajes más poderosos de la protesta y la memoria colectiva. Cepeda recoge esa tradición y la convierte en estrategia de campaña.

La campaña presidencial de 2026 en Colombia se desarrolla en un clima político polarizado. Al tiempo que la sede de la candidata de derecha Paloma Valencia aparecía vandalizada, candidatos del espectro progresista reportaban actos de hostigamiento. Esta violencia simbólica y física contra actores políticos es una señal de alerta para la calidad de la democracia colombiana, un país que no ha terminado de cerrar sus heridas históricas.

Los puntos clave

  • Cepeda cerró su campaña presidencial en la Plaza de Bolívar con un mensaje que combina movilización cultural y confrontación política directa contra el uribismo.
  • El candidato defendió un mural sobre falsos positivos pintado cerca de la residencia del expresidente Álvaro Uribe, uno de los gestos simbólicos más desafiantes de esta campaña electoral.
  • La campaña se desarrolla en un clima de hostigamiento mutuo, con reportes de actos violentos o de intimidación contra sedes y candidatos de distintos sectores del espectro político.
  • La senadora y figura indígena Aida Quilcué aparece vinculada al acto de campaña, lo que refuerza la alianza entre la izquierda urbana y los movimientos sociales y étnicos que respaldan a Cepeda.
  • La disputa por el espacio público, incluyendo paredes y muros, refleja una batalla más profunda por la narrativa histórica sobre el conflicto armado, las víctimas y la responsabilidad del Estado.

¿Qué significa esto?

El llamado de Cepeda a llenar el país de murales no es solo una consigna festiva de cierre de campaña: es una declaración de guerra cultural. En Colombia, la memoria del conflicto armado sigue siendo terreno disputado. Los falsos positivos representan uno de los episodios más oscuros del Estado colombiano, con más de 6.400 víctimas reconocidas por la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP). Pintar esa memoria en las paredes de las ciudades, y especialmente frente a la casa de quien fue comandante en jefe durante esos años, es un acto político de alta intensidad que busca mantener vivo un debate que sectores conservadores preferirían cerrar.

Para la democracia colombiana, los episodios de hostigamiento a candidatos y sedes de campaña son una señal preocupante. Tanto la violencia contra la sede de Paloma Valencia como los actos contra candidatos de izquierda muestran que la competencia electoral no transcurre en condiciones de plena seguridad para todos los actores. Esto interpela a las autoridades electorales, a la Registraduría y al Gobierno de Gustavo Petro, que tiene la responsabilidad de garantizar unas elecciones libres y seguras, incluso cuando algunos de los candidatos en competencia son sus aliados o sus adversarios más duros.

Perspectiva para América Latina

Colombia no es un caso aislado en la región. América Latina atraviesa un ciclo político complejo en el que la polarización, la violencia simbólica y el debate sobre la memoria histórica están en el centro de las disputas electorales. En países como Argentina, Chile, Perú o México, la disputa por el relato del pasado, quién fue víctima, quién fue victimario y quién tiene derecho a la memoria pública, es uno de los ejes más calientes de la política contemporánea. La estrategia de Cepeda de apropiarse del arte callejero como vehículo de esa memoria resuena con experiencias similares de movimientos sociales desde Santiago hasta Ciudad de México.

Para el observador latinoamericano, el caso colombiano también ofrece una lección sobre los límites y las posibilidades de la justicia transicional. La JEP ha avanzado en el reconocimiento de los falsos positivos, pero las elecciones de 2026 demuestran que el procesamiento judicial no equivale a la resolución política del conflicto. La memoria, como demuestra Cepeda con sus murales, sigue siendo un campo de batalla.

Con la primera vuelta presidencial colombiana a la vista, los próximos días serán determinantes para saber si la apuesta cultural y confrontacional de Cepeda logra traducirse en votos, o si por el contrario la radicalización del discurso aleja a votantes moderados que podrían ser clave en una segunda vuelta. Lo que queda claro es que la campaña colombiana de 2026 no solo se dirime en urnas: también se pelea en las paredes.

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Fuente: NEWS MEDIA · Publicado el 23 de mayo de 2026
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