Colombia vive una de las campañas presidenciales más polarizadas de su historia reciente. A menos de dos semanas de la segunda vuelta del 21 de junio de 2026, los candidatos Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda protagonizan una disputa que va mucho más allá de las urnas: el país debate quién ganó moralmente la primera vuelta, si habrá debates televisados y hasta qué punto grupos armados influyeron en los resultados electorales iniciales.
El abogado de la Espriella, que según los resultados oficiales de primera vuelta superó a Cepeda por tres puntos porcentuales, se niega a participar en nuevos debates a menos que su rival reconozca ese margen de victoria. Mientras tanto, Cepeda insiste desde Cali en que los medios televisivos más grandes del país —Caracol, RCN y RTVC— deben organizar los espacios de confrontación directa entre ambos candidatos. El cruce de declaraciones revela algo más profundo: dos visiones irreconciliables sobre cómo se ejerce y se legitima el poder en Colombia.
Contexto y antecedentes
La primera vuelta presidencial colombiana dejó un mapa político fracturado. De la Espriella, abogado penalista de larga trayectoria pública y candidato que aglutina al centroderecha y la derecha tradicional, logró imponerse sobre Cepeda, senador histórico de la izquierda colombiana y reconocido defensor de derechos humanos, por un margen que sus opositores cuestionan en territorios donde la presencia estatal es débil. Esta tensión sobre la legitimidad de los resultados es el telón de fondo de toda la campaña de cara a la segunda vuelta.
El exfiscal general Néstor Humberto Martínez encendió aún más el debate al denunciar públicamente lo que denominó una ‘coalición electoral’ entre la fórmula de Cepeda y grupos armados en zonas periféricas del país. La acusación, grave y sin precedentes en términos de visibilidad pública durante esta campaña, pone en cuestión la integridad de parte del proceso electoral y agrega presión sobre las autoridades electorales y la Procuraduría General. El equipo de Cepeda, por su parte, rechaza categóricamente las acusaciones y las califica de estrategia de desprestigio.
A este escenario se suma la Procuraduría General, que en su octava sesión del llamado ‘Plan Democracia’ concluyó que, si bien las condiciones institucionales para la segunda vuelta están garantizadas, la desinformación representa el principal factor de riesgo para el proceso. El registrador nacional y dos ministros del gobierno respaldaron ese diagnóstico, lo que indica que la preocupación por las noticias falsas trasciende a los partidos y se instala como un problema de Estado.
Los puntos clave
- Abelardo de la Espriella ganó la primera vuelta presidencial con una ventaja de tres puntos porcentuales sobre Iván Cepeda, y condiciona cualquier debate televisado al reconocimiento explícito de ese resultado por parte de su rival.
- Iván Cepeda solicitó formalmente a Caracol Televisión, RCN Televisión y RTVC que organicen debates entre los dos candidatos finalistas, proponiendo que cada uno designe compromisarios para acordar las reglas.
- El exfiscal Néstor Humberto Martínez denunció una presunta ‘coalición electoral’ entre la fórmula Cepeda-Quilcué y grupos armados en territorios periféricos, una acusación que podría tener consecuencias jurídicas y políticas de gran alcance.
- La Procuraduría General identificó la desinformación y las noticias falsas como el principal riesgo para la segunda vuelta del 21 de junio, y anunció acciones inmediatas de verificación en todo el territorio nacional.
- El streamer Westcol rechazó la invitación de la candidata a la vicepresidencia Aída Quilcué para transmitir desde un territorio indígena, un episodio que refleja el uso estratégico de figuras digitales en la campaña y sus límites.
¿Qué significa esto?
Lo que ocurre en Colombia en estos días no es solo una disputa electoral entre dos candidatos: es una batalla por la narrativa de lo que es legítimo. Que el debate sobre si habrá debates se haya convertido en noticia central dice mucho sobre el nivel de desconfianza entre los actores políticos. De la Espriella utiliza su victoria en primera vuelta como un escudo simbólico; Cepeda, en cambio, intenta posicionarse como el candidato que quiere transparencia y confrontación de ideas. Ninguno cede terreno, y esa rigidez tiene un costo: el votante indeciso, que en segunda vuelta puede ser decisivo, no tiene acceso a un debate formal entre los dos candidatos.
Las denuncias sobre grupos armados y la alerta por desinformación añaden capas de complejidad que van más allá de lo electoral. Si las acusaciones del exfiscal Martínez tienen sustento, Colombia enfrentaría una crisis institucional de proporciones mayores tras el 21 de junio, independientemente de quién gane. Y si la desinformación logra distorsionar la percepción pública de los resultados —como ocurrió en otros procesos electorales latinoamericanos recientes—, la legitimidad del ganador quedaría cuestionada desde el primer día de gobierno.
Perspectiva para América Latina
Colombia no es una isla. Lo que vive hoy se parece, con sus particularidades, a lo que han vivido Brasil en 2022, México en 2024 o Ecuador en varios de sus últimos ciclos electorales: la polarización extrema que convierte cada elección en un momento de tensión existencial para la democracia. La región observa con atención porque el resultado colombiano tiene implicaciones geopolíticas: un gobierno de derecha con de la Espriella reorientaría las relaciones con Venezuela y Cuba, mientras que un triunfo de Cepeda profundizaría el eje de gobiernos progresistas en Sudamérica, junto a Brasil, Chile, Bolivia y Uruguay. En cualquier caso, la estabilidad del proceso es tan importante como su resultado.
Para los países latinoamericanos que han vivido disputas sobre la legitimidad electoral —y son muchos—, el caso colombiano también sirve como espejo. La combinación de acusaciones de grupos armados, desinformación digital y candidatos que se niegan a compartir escenarios es una fórmula que erosiona la confianza ciudadana en las instituciones. La respuesta que den las autoridades colombianas en los próximos días marcará un precedente sobre cómo la región puede —o no puede— proteger sus democracias en la era de la información fragmentada.
Con 14 días para el cierre de la campaña, Colombia enfrenta una recta final cargada de incertidumbre. La realización o no de debates, la resolución jurídica de las denuncias por presión armada y la eficacia de los mecanismos contra la desinformación serán los termómetros más precisos de la salud democrática del país. Lo que ocurra el 21 de junio en las urnas importa, pero lo que ocurra en los días previos podría importar aún más.



