El departamento de Nariño, en el suroccidente colombiano, atraviesa una de sus peores crisis humanitarias de los últimos años. En apenas tres meses, más de 500 familias han sido forzadas a abandonar sus hogares debido a los violentos enfrentamientos entre grupos armados ilegales que operan en la región, una cifra que lejos de estabilizarse continúa aumentando con los nuevos desplazamientos registrados en mayo de 2026.

Las comunidades afectadas han elevado un angustioso llamado a las autoridades nacionales y locales para que cesen los combates en sus territorios. Campesinos, indígenas y pobladores rurales se ven obligados a huir en medio de la noche, dejando atrás cultivos, animales y el poco patrimonio que construyeron durante años, en busca de refugio en municipios cercanos que tampoco cuentan con la infraestructura suficiente para atender la emergencia.

Contexto y antecedentes

Nariño no es un escenario nuevo del conflicto armado colombiano. Este departamento fronterizo con Ecuador ha sido históricamente disputado por distintas organizaciones criminales debido a su posición estratégica para el narcotráfico, los corredores de movilidad hacia el Pacífico y la presencia de cultivos ilícitos. Desde la firma del Acuerdo de Paz de 2016 con las FARC, el vacío de poder dejado en estos territorios fue ocupado por disidencias, el ELN y grupos narcoparamilitares, generando una competencia armada que ha intensificado la violencia contra la población civil.

En los últimos dos años, la política de ‘Paz Total’ impulsada por el gobierno del presidente Gustavo Petro ha tenido resultados mixtos en Nariño. Si bien se avanzó en acercamientos con algunas estructuras, los ceses al fuego han sido frágiles y frecuentemente violados. El fracaso o la suspensión de varios de estos procesos ha dejado a las comunidades en una situación de mayor vulnerabilidad, atrapadas entre actores armados que redefinen constantemente sus alianzas y territorios de influencia.

La presión sobre la vía a Buenaventura, los bloqueos en corredores viales clave y la extorsión sistemática a transportadores y comerciantes son señales de que el conflicto en esta zona del país no solo afecta vidas, sino que también paraliza la economía regional. El gremio logístico ya ha pedido ayuda al Gobierno Nacional ante el colapso que generan estos bloqueos, lo que evidencia que la crisis supera con creces la dimensión puramente humanitaria.

Los puntos clave

  • Más de 500 familias han sido desplazadas forzadamente en Nariño en un período de solo tres meses, con nuevos casos registrados durante mayo de 2026.
  • Los enfrentamientos entre grupos armados ilegales son la causa directa del desplazamiento, obligando a las comunidades a huir hacia otros municipios del departamento.
  • Las propias comunidades han realizado llamados desesperados para que cesen los combates, señal de que las autoridades no han logrado contener la escalada de violencia.
  • El sector logístico y transportador también se ve golpeado por bloqueos en vías estratégicas como la que conduce a Buenaventura, afectando el comercio y el abastecimiento regional.
  • La crisis se enmarca en el deterioro del proceso de ‘Paz Total’ en esta región, donde los ceses al fuego no han sido sostenibles y los grupos ilegales continúan disputando el control territorial.

¿Qué significa esto?

El desplazamiento forzado no es solo un dato estadístico: representa la destrucción del tejido social y económico de comunidades enteras. Cada familia que abandona su tierra pierde su fuente de ingresos, su red de apoyo y, en muchos casos, su identidad cultural. Los municipios receptores, generalmente con recursos limitados, se ven desbordados en su capacidad de atención en salud, vivienda y alimentación. A mediano plazo, si el fenómeno no se detiene, Nariño podría enfrentar un proceso de despoblamiento rural que beneficia precisamente a los actores armados que buscan consolidar territorios sin presencia civil ni estatal.

Para el Gobierno Nacional, la situación representa un examen crítico a la viabilidad de su estrategia de paz negociada. La incapacidad de garantizar condiciones mínimas de seguridad en departamentos como Nariño cuestiona la eficacia de los diálogos simultáneos con múltiples actores armados y pone sobre la mesa la necesidad de una respuesta humanitaria urgente, coordinada con la Unidad para las Víctimas, la Defensoría del Pueblo y organismos internacionales como el ACNUR.

Perspectiva para América Latina

Lo que ocurre en Nariño es un reflejo de una problemática que atraviesa múltiples países de América Latina: la incapacidad del Estado para ejercer soberanía efectiva en territorios periféricos, donde el crimen organizado llena el vacío institucional. Venezuela, Honduras, Ecuador —que comparte frontera con Nariño y ha sufrido el derrame del conflicto colombiano— y México enfrentan dinámicas similares donde las poblaciones rurales e indígenas son las principales víctimas. La crisis nariñense también tiene un componente transnacional, ya que las rutas del narcotráfico que atraviesan el departamento conectan con mercados globales, lo que hace de este conflicto local un problema de seguridad regional.

Para la comunidad internacional y los organismos de derechos humanos, el caso de Nariño debe ser una señal de alerta sobre los límites de los procesos de paz que no van acompañados de inversión social, presencia institucional real y alternativas económicas concretas para las comunidades. Sin estos pilares, los acuerdos quedan en el papel mientras la violencia sigue cobrando vidas y destruyendo familias.

En las próximas semanas será determinante la respuesta del Gobierno colombiano ante las exigencias de las comunidades desplazadas. La atención humanitaria inmediata, la reanudación de diálogos con garantías reales y el despliegue de fuerza pública en zonas críticas serán las variables a seguir de cerca para determinar si la crisis en Nariño puede contenerse antes de convertirse en una emergencia humanitaria de proporciones mayores.

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Fuente: NEWS MEDIA · Publicado el 22 de mayo de 2026
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