Tres cachorros de lobo terrible —una especie extinta hace aproximadamente 12.500 años— se han convertido en el símbolo más potente de una nueva era científica que mezcla biología molecular, edición genética y una pregunta filosófica inevitable: ¿debemos hacer todo lo que la tecnología nos permite hacer? La empresa biotecnológica estadounidense Colossal Biosciences los presentó como ‘el primer animal del mundo desextinto con éxito’, un anuncio que sacudió la comunidad científica global y reabrió un debate que va mucho más allá del laboratorio.
Pero los lobos terribles no están solos en esta lista. El tilacino —conocido como tigre de Tasmania—, el mamut lanudo, el dodo e incluso el ‘lobo feroz’ de los cuentos medievales forman parte de una carrera biotecnológica que combina ambición científica, millones de dólares en inversión privada y una controversia ética que no hace más que crecer. Entender qué está pasando realmente exige ir más allá del titular impactante.
Contexto y antecedentes
Colossal Biosciences, fundada en 2021 con respaldo de inversores de Silicon Valley, se ha posicionado como la empresa líder en lo que ellos mismos denominan ‘desextinción’. Su metodología combina dos técnicas que se repiten en todos sus proyectos: la edición genética mediante herramientas como CRISPR y la clonación celular. En el caso del lobo terrible, los científicos extrajeron ADN antiguo de dos fósiles, ensamblaron dos genomas completos de la especie y los compararon con los de lobos grises, chacales y zorros para identificar las variantes genéticas exclusivas de la especie extinta. Luego modificaron células de lobo gris y las gestaron hasta obtener los tres cachorros.
Sin embargo, los propios científicos advierten que el proceso tiene matices cruciales. ‘En realidad lo que han hecho es una edición genética de un lobo. Son 99,9% equivalentes a un lobo, entonces en realidad no es una especie nueva, es un lobo modificado genéticamente para que tenga algunos de los rasgos morfológicos que posiblemente tuvo la especie original’, explicó Raúl González Ittig, profesor asociado en la cátedra de Genética de Poblaciones y Evolución de la Universidad Nacional de Córdoba y miembro del Conicet de Argentina. Esta distinción no es menor: diferencia entre ‘revivir’ una especie y crear un organismo genéticamente modificado con características similares.
El caso del tilacino, o tigre de Tasmania, presenta una dimensión adicional que lo hace científicamente más relevante para los defensores de la desextinción. Este marsupial carnívoro desapareció de la mayor parte del mundo hace unos 2.000 años, pero sobrevivió en Tasmania hasta el siglo XX, cuando la persecución sistemática por parte de colonos europeos —que lo culpaban, en gran medida injustamente, de matar su ganado— lo llevó a la extinción definitiva. El último ejemplar conocido, llamado Benjamin, murió en un zoológico de Tasmania en 1936. A diferencia del lobo terrible, su extinción fue directamente provocada por la acción humana en época contemporánea, lo que para muchos investigadores justifica moralmente el intento de recuperación.
Los puntos clave
- Los tres cachorros de lobo terrible creados por Colossal Biosciences son técnicamente lobos grises con ediciones genéticas que replican rasgos de la especie extinta, no clones perfectos del animal original.
- La edición genética mediante CRISPR y la clonación celular son las dos herramientas centrales utilizadas en todos los proyectos de desextinción activos, desde el mamut lanudo hasta el dodo.
- El tilacino se extinguió en 1936 como consecuencia directa de la persecución humana en Tasmania, lo que lo convierte en un caso de extinción moderna con mayor base ética para intentar su recuperación.
- La controversia científica central radica en si un animal con el 99,9% del genoma de otra especie puede considerarse realmente ‘desextinto’ o si se trata simplemente de un organismo modificado genéticamente.
- El debate sobre el impacto ecosistémico es igualmente crítico: reintroducir una especie en un ecosistema que lleva miles de años evolucionando sin ella puede generar consecuencias imprevisibles y no necesariamente positivas.
¿Qué significa esto?
Más allá del asombro mediático, lo que estas iniciativas representan es una transformación profunda en la relación entre la ciencia y la naturaleza. Durante décadas, la conservación biológica se centró en proteger lo que existe. Ahora, por primera vez en la historia, existe la posibilidad técnica —aunque limitada y cuestionada— de recuperar lo que se perdió. Esto tiene implicaciones enormes para la política ambiental global: si la extinción puede ser ‘reversible’, ¿cambia la urgencia de proteger las especies amenazadas hoy? Muchos biólogos conservacionistas advierten que ese razonamiento sería peligroso y que los recursos destinados a la desextinción podrían aprovecharse mejor protegiendo la biodiversidad existente.
El impacto también es filosófico y ético. La posibilidad de ‘corregir’ extinciones causadas por el ser humano —como la del tilacino— plantea una responsabilidad histórica genuina. Pero la selección de qué animales ‘merecen’ ser revividos no es una decisión científica neutral: está moldeada por el valor simbólico, mediático y comercial de las especies elegidas. El mamut lanudo genera titulares; una rana extinta de los Andes, mucho menos. Esa asimetría revela que detrás de la desextinción también hay lógicas de mercado y comunicación que merecen escrutinio.
Perspectiva para América Latina
América Latina alberga aproximadamente el 50% de la biodiversidad del planeta y es, al mismo tiempo, una de las regiones con mayores tasas de deforestación y pérdida de especies. En este contexto, el debate sobre la desextinción no es una curiosidad tecnológica lejana: es una conversación urgente y local. Países como Brasil, Colombia, México, Perú y Argentina —este último, hogar de investigadores como González Ittig que ya están analizando críticamente estas tecnologías— deben participar activamente en definir los marcos éticos y regulatorios de la biotecnología aplicada a la biodiversidad. La región tiene mucho que perder si la narrativa de ‘la ciencia puede revivir lo que destruimos’ se convierte en una excusa para relajar las políticas de protección ambiental.
Además, América Latina cuenta con un patrimonio paleontológico extraordinario —desde los gliptodontes argentinos hasta los perezosos gigantes de la Patagonia— que inevitablemente entrará en el radar de las empresas de desextinción en las próximas décadas. La soberanía científica sobre los recursos genéticos y fósiles de la región es una cuestión que los gobiernos latinoamericanos deberían comenzar a abordar antes de que las decisiones se tomen en laboratorios privados del hemisferio norte.
La desextinción está dejando de ser ciencia ficción para convertirse en un campo real, financiado y con resultados visibles —aunque debatibles—. En los próximos meses, Colossal Biosciences avanzará en sus proyectos con el tilacino y el mamut lanudo, mientras la comunidad científica internacional exige mayor transparencia sobre los métodos, los datos y, sobre todo, los planes concretos de reintroducción en ecosistemas naturales. Lo que hay que seguir de cerca no es solo si los animales ‘regresan’, sino quién decide, con qué criterios y a qué costo ambiental y ético.



