Una peluquera congoleña de 30 años se desmayó en el suelo de su casa mientras arreglaba la ropa de sus hijos. Su esposo la encontró gritando, inconsciente. Los médicos le habían recetado insulina para tratar lo que creían era diabetes tipo 1, pero ese tratamiento convencional estaba a punto de matarla. Tres años después, especialistas determinaron que Noella Mukumbi, quien actualmente vive en Uganda, probablemente padece diabetes tipo 5, una categoría de la enfermedad apenas reconocida formalmente y que algunos científicos estiman podría afectar a hasta 25 millones de personas en el mundo.

Su historia no es un caso aislado. Detrás de ella hay un debate científico de consecuencias fatales: la confusión entre esta forma de diabetes y otras variantes reconocidas lleva a tratamientos incorrectos que, en pacientes con tipo 5, pueden provocar hipoglucemia severa y la muerte. ‘Muchos de estos jóvenes con los que nos hemos encontrado con frecuencia ya no se despertaron por la mañana’, advierte la doctora Meredith Hawkins, directora del Instituto Mundial de Diabetes de la Facultad de Medicina Albert Einstein, quien califica la clasificación errónea como un ‘problema muy generalizado’.

Contexto y antecedentes

La diabetes afecta a más de 830 millones de personas en todo el mundo y se produce cuando el organismo no regula adecuadamente los niveles de azúcar en sangre mediante la insulina. Las dos formas más conocidas son la tipo 1, una enfermedad autoinmune en la que el cuerpo deja de producir insulina por completo, y la tipo 2, vinculada a la resistencia a la insulina y estrechamente relacionada con la obesidad y el sedentarismo. Sin embargo, la medicina lleva décadas observando en poblaciones de África subsahariana y Asia pacientes que no encajan del todo en ninguna de estas categorías.

La diabetes tipo 5 se asocia a periodos prolongados de desnutrición, especialmente durante la infancia y la adolescencia. Se cree que la malnutrición crónica afecta el desarrollo del páncreas, el órgano responsable de producir insulina, de manera que estos pacientes sí generan la hormona, pero en cantidades insuficientes y con una sensibilidad inusualmente alta a ella. Esto los hace extremadamente vulnerables a dosis de insulina que serían completamente seguras para un diabético tipo 1. En 2024, la Federación Internacional de Diabetes (FID), que agrupa a 251 asociaciones nacionales, reconoció formalmente esta categoría, un paso histórico en la comunidad médica global.

No obstante, la Organización Mundial de la Salud (OMS) todavía no reconoce la diabetes tipo 5 como una entidad clínica separada, argumentando que la evidencia científica disponible aún no es suficiente para establecer esa distinción. Esta brecha institucional entre dos de los organismos de salud más influyentes del planeta es precisamente la que mantiene vivo el debate y, según los especialistas, perpetúa los diagnósticos erróneos con consecuencias mortales.

Los puntos clave

  • La diabetes tipo 5 se desarrollaría como consecuencia de desnutrición crónica en etapas tempranas de la vida, que afecta el desarrollo y funcionamiento del páncreas.
  • Los pacientes con tipo 5 producen insulina pero en cantidad insuficiente y son extremadamente sensibles a ella, por lo que el tratamiento estándar con inyecciones de insulina puede provocarles hipoglucemia mortal.
  • La Federación Internacional de Diabetes reconoció formalmente esta categoría en 2024, mientras que la OMS aún no la avala por considerar insuficiente la evidencia científica.
  • Se estima que hasta 25 millones de personas en el mundo podrían padecer esta forma de diabetes, concentradas principalmente en regiones de África subsahariana y Asia donde la malnutrición infantil es prevalente.
  • El diagnóstico erróneo es especialmente frecuente porque los síntomas, como la extrema delgadez, los niveles muy altos de azúcar y la edad joven del paciente, se confunden fácilmente con los de la diabetes tipo 1.

¿Qué significa esto?

La falta de consenso entre la FID y la OMS tiene implicaciones directas en la práctica médica diaria de miles de clínicas y hospitales, especialmente en países de bajos y medianos ingresos. Sin un protocolo de diagnóstico diferenciado oficialmente respaldado, los médicos continúan aplicando tratamientos estándar de insulina a pacientes que no los toleran. Esto no es un error de negligencia individual: es una falla sistémica que tiene su raíz en décadas de investigación concentrada en las formas de diabetes prevalentes en países ricos, donde la desnutrición severa raramente forma parte del cuadro clínico. La diabetes tipo 5 es, en muchos sentidos, una enfermedad de la pobreza que ha permanecido invisible para la medicina occidental dominante.

Las consecuencias a largo plazo para los pacientes no diagnosticados o mal tratados son devastadoras. Al igual que las otras formas de diabetes, el tipo 5 puede derivar en ceguera, insuficiencia renal, daño neurológico y amputaciones. Si a eso se suma un tratamiento inadecuado que provoca episodios hipoglucémicos graves, el riesgo de muerte prematura se multiplica. Reconocer esta categoría no es solo un ejercicio académico: es una condición necesaria para que los sistemas de salud de los países más afectados puedan diseñar guías clínicas específicas, formar a sus profesionales y destinar recursos al desarrollo de tratamientos apropiados.

Perspectiva para América Latina

América Latina no es ajena a esta problemática. La región alberga zonas con altas tasas de desnutrición infantil crónica, particularmente en áreas rurales de Guatemala, Honduras, Bolivia, Haití y regiones indígenas de varios países. Aunque la investigación sobre diabetes tipo 5 en Latinoamérica es escasa, los patrones de desnutrición que se asocian con esta enfermedad están presentes. Además, la región enfrenta la paradoja de la malnutrición: conviven la obesidad y el sobrepeso urbanos con la desnutrición rural, lo que complejiza el diagnóstico clínico. Un médico en una zona periférica de México o en el altiplano guatemalteco podría estar frente a un paciente con diabetes tipo 5 sin contar con las herramientas ni los protocolos para identificarlo.

A nivel estructural, la posición que finalmente adopte la OMS será determinante para los sistemas públicos de salud latinoamericanos, que en su mayoría siguen las directrices de ese organismo para actualizar sus guías clínicas y planes de formación médica. La presión de la Federación Internacional de Diabetes sobre la OMS para que reconozca esta categoría es, por tanto, una batalla con consecuencias muy concretas para pacientes de escasos recursos en toda la región.

El caso de Noella Mukumbi y las advertencias de especialistas como la doctora Hawkins han puesto el tema en la agenda científica internacional. En los próximos meses será clave observar si la OMS revisa su postura a la luz de nuevas investigaciones, si la comunidad científica avanza en el desarrollo de criterios diagnósticos estandarizados y, sobre todo, si los países con alta prevalencia de desnutrición crónica comienzan a incorporar el tipo 5 en sus programas nacionales de salud. De esa respuesta institucional depende, literalmente, la vida de millones de personas.

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Fuente: NEWS MEDIA · Publicado el 5 de junio de 2026
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