Lo que comenzó con promesas de destrucción total y rendición incondicional terminó en un memorando de entendimiento que, según analistas y hasta voces dentro de la derecha estadounidense, se parece más a una victoria diplomática de Teherán que de Washington. El presidente Donald Trump, que el 28 de febrero lanzó operaciones militares contra Irán proclamando que ‘destruirían sus misiles y arrasarían por completo su industria de misiles’, cerró esta semana un acuerdo preliminar que no menciona los misiles, no exige cambio de régimen y deja en suspenso la cuestión nuclear.
El giro es tan pronunciado que el propio Trump, durante la cumbre del G7 en Francia, afirmó este miércoles que ‘los misiles no son el problema’ y que Irán tiene derecho a conservar algunos porque ‘otras personas también los tienen’. El contraste con sus declaraciones de hace apenas semanas resulta difícil de ignorar y plantea preguntas fundamentales sobre la coherencia estratégica de la administración estadounidense en uno de los conflictos más delicados del mundo.
Contexto y antecedentes
La tensión entre Estados Unidos e Irán no es nueva. Durante décadas, Washington y Teherán han mantenido una relación marcada por sanciones, acusaciones de terrorismo patrocinado por el Estado, el programa nuclear iraní y enfrentamientos indirectos a través de grupos proxy en toda la región. El acuerdo nuclear de 2015 —conocido como JCPOA— fue el intento más ambicioso de contener las ambiciones atómicas iraníes, pero Trump lo abandonó en su primer mandato en 2018, reimponiendo sanciones y adoptando una política de ‘máxima presión’.
La guerra iniciada el 28 de febrero de 2025 representó una escalada sin precedentes en ese enfrentamiento histórico. Trump presentó cuatro objetivos centrales: destruir el programa de misiles iraní, lograr una rendición incondicional, provocar un cambio de régimen y garantizar que Irán nunca obtuviera armas nucleares. Esos objetivos, sin embargo, nunca fueron estables: cambiaban según el portavoz y el momento, lo que ya entonces generaba dudas sobre la claridad estratégica de la Casa Blanca.
El memorando de entendimiento de 14 puntos alcanzado ahora —cuyo contenido completo aún no es público en su totalidad— incluye, según fuentes citadas por CNN, significativamente más concesiones estadounidenses que iraníes. El nuevo líder supremo de Irán, hijo del anterior, sigue en el poder, lo que deja sin efecto práctico cualquier pretensión de cambio de régimen.
Los puntos clave
- Misiles fuera del acuerdo: El memorando de entendimiento no menciona el programa de misiles iraní, que Teherán declaró como línea roja en las negociaciones, y Trump sugirió que Irán podrá conservar algunos.
- La ‘rendición incondicional’ quedó en retórica: Tras exigir públicamente la capitulación total de Irán, Trump impulsó negociaciones y firmó un acuerdo que múltiples analistas describen como favorable a Teherán.
- El cambio de régimen no ocurrió: El nuevo líder supremo iraní es hijo del anterior, y el propio Trump reconoció el miércoles que ‘no hice esto para lograr un cambio de régimen’.
- La cuestión nuclear sigue sin resolver: El acuerdo incluye una ‘reafirmación’ iraní de que no desarrollará armas nucleares, pero Irán siempre ha negado tener esa intención, por lo que esta cláusula no representa un avance verificable concreto.
- Objetivos como ‘blanco móvil’: Los cuatro grandes objetivos de Trump variaron constantemente durante el conflicto según quién hablara y en qué contexto, lo que refleja una falta de dirección estratégica clara desde el inicio.
¿Qué significa esto?
El resultado del acuerdo plantea una paradoja política de primer orden para Trump: logró salir de una guerra que él mismo inició, pero a un costo diplomático que sus propios aliados en la derecha consideran elevado. Más allá de la narrativa oficial, lo que el acuerdo revela es la dificultad estructural de traducir retórica maximalista en resultados concretos sobre el terreno. Irán demostró una capacidad de resistencia que frustró los escenarios más optimistas de Washington, y la urgencia de Trump por alcanzar un acuerdo —cualquier acuerdo— terminó por erosionar su posición negociadora.
Para Israel, Arabia Saudita y otros aliados regionales de EE.UU., el resultado genera inquietud. Un Irán con programa de misiles intacto, sin cambio de régimen y con compromisos nucleares vagos no verificables es esencialmente el mismo Irán de antes del conflicto, pero con la percepción adicional de haber resistido una campaña militar estadounidense. Eso tiene consecuencias para el equilibrio de poder en Oriente Medio que se sentirán mucho más allá de lo que marque el memorando de 14 puntos.
Perspectiva para América Latina
Para América Latina, el episodio ofrece una lección geopolítica relevante: la brecha entre la retórica de poder de Washington y su capacidad real de imposición es más amplia de lo que sugieren los discursos presidenciales. Países como Venezuela, Cuba y Nicaragua, que mantienen vínculos con Teherán y han observado de cerca el conflicto, extraerán sus propias conclusiones sobre los límites de la presión estadounidense. Pero también naciones con relaciones más cercanas a EE.UU., como Colombia, Brasil o México, tendrán que recalibrar su lectura de la credibilidad estratégica de Washington en un mundo multipolar donde los acuerdos de fuerza no siempre terminan como se anuncian.
Además, la inestabilidad en Oriente Medio tiene efectos indirectos sobre América Latina a través del precio del petróleo y los mercados financieros globales. Un acuerdo frágil que no resuelve las tensiones de fondo mantiene abierta la posibilidad de nuevas escaladas, lo que genera incertidumbre económica que las economías latinoamericanas, ya vulnerables, siempre pagan a un precio desproporcionado.
El acuerdo preliminar entre Trump e Irán está lejos de ser definitivo: un memorando de entendimiento no es un tratado, y su implementación está plagada de incertidumbres. Lo que hay que seguir de cerca en las próximas semanas es si las negociaciones avanzan hacia compromisos verificables en materia nuclear, cómo reacciona Israel ante un acuerdo que considera insuficiente, y si el Congreso estadounidense —donde hay voces críticas tanto en la derecha como en la izquierda— busca limitar o condicionar lo acordado. La historia de los pactos con Irán enseña que el diablo siempre está en los detalles que aún no se conocen.



