Mientras el mundo debate quiénes serán los grandes protagonistas del próximo Mundial de fútbol, Paraguay lleva años anotando goles en un terreno que pocos observan con la atención que merece: su economía. Con un crecimiento promedio del 5,5% anual durante los últimos tres años, el país guaraní supera ampliamente la media de sus vecinos y del conjunto de Sudamérica. No es un dato menor en una región que ha luchado con estancamiento, inflación desbordada y crisis políticas recurrentes.
Las cifras respaldan el entusiasmo: el Banco Mundial estima que cerca de 300.000 paraguayos salieron de la pobreza en apenas dos años, y 2025 registró la tasa de desempleo más baja en 13 años. Las tres grandes agencias calificadoras internacionales —Moody’s, S&P y Fitch— han mejorado la nota crediticia del país, lo que abarata su financiamiento y atrae inversión extranjera. Por primera vez en décadas, Paraguay no es solo una curiosidad estadística: es un caso de estudio que los economistas latinoamericanos siguen con creciente interés.
Sin embargo, detrás de los titulares optimistas persisten tensiones profundas. La informalidad laboral afecta a seis de cada diez trabajadores, la desigualdad sigue siendo estructural y la pregunta que nadie puede responder con certeza es si este crecimiento excepcional representa un nuevo piso permanente o un pico del que eventualmente habrá que descender. Desde News Media IA analizamos qué hay detrás del fenómeno paraguayo y qué lecciones —y advertencias— ofrece para el resto de la región.
Contexto: ¿Qué hay detrás de esta noticia?
Paraguay no siempre fue sinónimo de dinamismo económico. Durante décadas, el país estuvo asociado a la informalidad extrema, la corrupción endémica y una dependencia casi total de la soja y la ganadería. Su economía fue históricamente vulnerable a los ciclos climáticos: una sequía podía hundir el PIB en cuestión de trimestres. La pobreza superaba el 50% hace apenas veinte años, y la integración a los mercados internacionales era limitada y precaria.
El giro comenzó a consolidarse a partir de una combinación de factores estructurales que se potenciaron mutuamente: un sistema tributario simple y competitivo con tasas bajas que atrajeron capitales regionales, una política fiscal relativamente ordenada que mantuvo la deuda pública en niveles moderados, y sobre todo, el aprovechamiento estratégico de su mayor activo energético: la represa de Itaipú, compartida con Brasil, que convirtió a Paraguay en el mayor exportador mundial de electricidad limpia per cápita. A eso se sumó una demografía favorable —una población joven con creciente incorporación al mercado laboral— y una posición geográfica central en el Cono Sur que facilita el comercio con Brasil, Argentina y Bolivia.
El gobierno del presidente conservador Santiago Peña, que asumió en 2023, heredó una economía en expansión y se ha enfocado en capitalizar las mejoras en calificación crediticia para atraer inversión extranjera. No obstante, el FMI proyecta que el crecimiento se moderará al 3,7% en 2026, frente al 6,6% estimado para 2025, lo que sugiere que el país está transitando de una fase de aceleración excepcional a una de consolidación. La pregunta es si el gobierno sabrá administrar esa transición sin perder el impulso.
Los puntos clave que debes conocer
- Paraguay creció a un ritmo promedio del 5,5% anual en los últimos tres años, superando con claridad la media de América del Sur y convirtiéndose en una de las economías de más rápida expansión del continente.
- Aproximadamente 300.000 personas salieron de la pobreza en los dos últimos años, y la pobreza extrema cayó a un mínimo histórico del 2,4%, según datos del Banco Mundial, que también destacó la mejora en productividad agrícola como motor central de ese progreso.
- Las tres principales agencias de calificación crediticia —Moody’s, S&P y Fitch— mejoraron la nota de Paraguay entre octubre y diciembre de 2025, lo que reduce el costo de financiamiento del Estado y aumenta el atractivo del país para inversores internacionales.
- A pesar del crecimiento, seis de cada diez trabajadores paraguayos operan en la economía informal, lo que limita su acceso a seguridad social, y muchas familias aún no recuperan el poder adquisitivo perdido durante el período de alta inflación de alimentos previo al boom.
- Paraguay se posiciona como polo global de atracción para centros de datos y manufactura de alta tecnología gracias a su energía hidroeléctrica barata y abundante, un activo geopolítico que el gobierno busca monetizar con mayor agresividad en los próximos años.
¿Qué significa esto en la práctica?
El boom paraguayo tiene consecuencias muy concretas que van más allá de los indicadores macroeconómicos. Para una familia en Asunción o en el interior agrícola del país, el crecimiento se traduce en más empleos disponibles —más de 260.000 nuevos puestos creados en tres años sobre una fuerza laboral de 3,4 millones— y en salarios reales que subieron más del 5% en el último año. Pero la calidad de esos empleos es el talón de Aquiles del modelo: la mayoría son informales, sin protección social, sin acceso a pensiones ni cobertura médica digna. El crecimiento, en otras palabras, genera movilidad, pero no necesariamente estabilidad.
Para los inversores extranjeros, Paraguay se convierte en un destino cada vez más atractivo. La combinación de energía barata, impuestos bajos y calificación crediticia mejorada crea un entorno que compite favorablemente con otros mercados emergentes de la región. El sector tecnológico, en particular, ve en la capacidad energética del país —con excedentes enormes de electricidad limpia— una oportunidad para instalar centros de datos y operaciones de manufactura avanzada. Esto podría acelerar una diversificación económica que Paraguay necesita con urgencia para reducir su dependencia histórica del agro. Sin embargo, el analista Mariano Machado de Verisk Maplecroft advierte que el gobierno ‘necesita convertir esa confianza en proyectos financiables, capacidad de exportación y mejor infraestructura’, lo cual implica reformas profundas y sostenidas que van más allá de los ciclos electorales.
El desafío más urgente sigue siendo la desigualdad. Paraguay tiene uno de los coeficientes de Gini más altos de América Latina, y pese al crecimiento acelerado, esa brecha no se ha cerrado de manera significativa. Mientras las élites agrarias y el sector financiero capturan una parte desproporcionada de los beneficios, las comunidades rurales empobrecidas y los trabajadores urbanos informales siguen al margen de la prosperidad. Si el gobierno no desarrolla políticas redistributivas efectivas, el riesgo es que el descontento social termine erosionando la estabilidad que tanto ha costado construir.
Perspectiva para Colombia y América Latina
Para Colombia y el resto de América Latina, el caso paraguayo es una referencia incómoda y estimulante a la vez. Incómoda porque evidencia que la combinación de disciplina fiscal, impuestos competitivos y aprovechamiento estratégico de recursos naturales puede producir resultados macroeconómicos notables en un plazo relativamente corto —algo que varias economías de la región han sacrificado en nombre de modelos más ideológicos y menos pragmáticos. Estimulante porque demuestra que países sin costa, sin grandes metrópolis globales y con historiales institucionales complejos pueden reposicionarse económicamente si encuentran sus ventajas comparativas y las explotan con consistencia.
Para Colombia en particular, el modelo energético paraguayo ofrece una lección directa: la energía renovable no es solo un compromiso climático, es una palanca de desarrollo industrial. Colombia posee un potencial hidroeléctrico y solar enormes que aún no ha capitalizado plenamente para atraer industrias intensivas en energía. Además, el éxito paraguayo en mejorar su calificación crediticia contrasta con las presiones que ha enfrentado Colombia en ese frente en años recientes. En ese sentido, el vecindario latinoamericano tiene mucho que aprender —y algunas cosas que cuestionar— del silencioso ascenso guaraní.
Lo que viene: ¿Qué esperar?
Los próximos doce a veinticuatro meses serán determinantes para saber si el boom paraguayo tiene raíces profundas o si responde a una confluencia excepcional de factores que difícilmente se repetirá. El FMI proyecta una desaceleración hacia el 3,7% en 2026, lo que no es una caída, pero sí una moderación que pondrá a prueba la capacidad del gobierno de Peña para mantener el empuje reformista sin el viento de cola del crecimiento excepcional. Las inversiones en infraestructura —vial, logística, digital— serán el indicador más revelador de si Paraguay está construyendo una economía más sofisticada o simplemente aprovechando una ventana favorable.
Desde News Media IA consideramos que la historia económica de Paraguay merece mucha más atención de la que recibe en los medios latinoamericanos. No se trata de presentar al país como un modelo sin fisuras —la informalidad, la desigualdad y la debilidad institucional son problemas reales y graves— sino de reconocer que en una región acostumbrada a las crisis, un caso de crecimiento sostenido con reducción de pobreza es una señal que vale la pena entender en profundidad. Lo que Paraguay haga con esta oportunidad histórica definirá si el país finalmente rompe con décadas de potencial desaprovechado.
Preguntas frecuentes
¿Por qué Paraguay crece más rápido que sus vecinos si es un país sin salida al mar y sin grandes recursos mineros?
Paraguay ha sabido explotar sus ventajas propias: energía hidroeléctrica abundante y barata gracias a Itaipú, un sistema tributario simple con tasas competitivas, y una posición geográfica central que facilita el comercio regional. Aunque carece de litio o petróleo, su modelo de impuestos bajos y energía limpia ha atraído capitales y diversificado gradualmente su economía más allá de la agricultura.
¿La reducción de la pobreza en Paraguay es real o es solo un dato estadístico?
La reducción es verificable y significativa: la pobreza bajó del 50% hace dos décadas al 16% actual, y la pobreza extrema cayó al 2,4%, mínimo histórico. Sin embargo, persisten limitaciones importantes: la informalidad laboral afecta a seis de cada diez trabajadores, lo que significa que muchas personas viven mejor que antes pero sin redes de protección social robustas que los blindan ante nuevas crisis.
¿Qué tan sostenible es el crecimiento de Paraguay a largo plazo?
Los expertos coinciden en que el país está transitando de una fase de crecimiento excepcional hacia una más estable, con proyecciones del FMI en torno al 3,7% para 2026. La sostenibilidad dependerá de si el gobierno logra invertir en infraestructura, reducir la informalidad, atraer industrias de mayor valor agregado y cerrar la brecha de desigualdad, desafíos que ningún ciclo económico favorable resuelve por sí solo.


