La Infantería de Marina de Estados Unidos despidió esta semana a uno de los íconos más singulares de la aviación militar moderna: el AV-8B Harrier II, el avión de combate capaz de despegar y aterrizar verticalmente sin necesidad de una pista convencional. Cerca de 5.000 personas se reunieron en la base aérea de Cherry Point, Carolina del Norte, para presenciar la ceremonia final de un aparato que estuvo en servicio activo durante más de medio siglo y participó en prácticamente todos los conflictos armados relevantes en los que intervino Estados Unidos desde la Guerra Fría.

El retiro del Harrier no es solo el cierre de un capítulo tecnológico: es el fin de una filosofía operativa. Este avión redefinió lo que significa tener superioridad aérea táctica, porque podía operar desde la cubierta de un buque anfibio, desde un claro en la selva o desde cualquier superficie improvisada, acercando el poder aéreo al combate real de una manera que ningún otro caza de su época podía igualar.

Contexto y antecedentes

El origen del Harrier se remonta a los años sesenta, cuando la empresa británica Hawker Siddeley desarrolló las primeras versiones bajo el concepto V/STOL (despegue y aterrizaje vertical o en pista corta). Los marines estadounidenses comenzaron a volar la versión inicial, el AV-8A, en 1971, y en 1985 adoptaron el AV-8B mejorado, fabricado por McDonnell Douglas, que incorporaba mayor capacidad de carga, electrónica más avanzada y mejor rendimiento en combate.

Su secreto técnico reside en un motor turbofán único cuyo empuje se canaliza a través de cuatro toberas rotatorias que pueden girar desde la posición horizontal, para el vuelo convencional, hasta la vertical, para el vuelo estacionario o el despegue sin carrera. Este diseño, aparentemente simple en concepto pero extraordinariamente complejo en ejecución, le otorgó una versatilidad sin precedentes en la historia de la aviación de combate.

El Harrier fue elogiado públicamente por el general Norman Schwarzkopf durante la Operación Tormenta del Desierto en 1991, quien lo citó como una de las siete armas más decisivas de esa campaña. Desde entonces, el avión acumuló despliegues en los Balcanes, Afganistán, Irak, Libia y la lucha contra el Estado Islámico, convirtiéndose en uno de los aviones de ataque con mayor historial de combate en la historia reciente de Estados Unidos.

Los puntos clave

  • El AV-8B Harrier II fue retirado oficialmente en una ceremonia en la base de Cherry Point, Carolina del Norte, poniendo fin a 55 años de servicio continuo en la Infantería de Marina de EE.UU.
  • Su capacidad de vuelo estacionario y despegue vertical lo hizo operable desde buques de asalto anfibio y posiciones de combate avanzadas, sin necesitar aeródromos convencionales.
  • Con su carga completa de armamento, incluyendo seis soportes para bombas y cohetes más un cañón de 25 mm, transporta más potencia de fuego que un bombardero B-17 de la Segunda Guerra Mundial.
  • El costo unitario del avión rondaba los 23,6 millones de dólares en los años noventa, equivalentes a aproximadamente 50 millones de dólares actuales ajustados por inflación.
  • Entre sus últimas misiones documentadas se incluye su despliegue en el mar Caribe, frente a las costas de Venezuela, como parte de la flotilla estadounidense activa en la región antes de la captura de Nicolás Maduro en enero pasado.

¿Qué significa esto?

El retiro del Harrier marca un punto de inflexión en la doctrina de aviación táctica de los marines. Su sucesor natural es el F-35B, la versión de despegue corto y aterrizaje vertical del caza de quinta generación de Lockheed Martin, que combina sigilo, aviónica de última generación y conectividad en red con capacidades similares de operación desde plataformas anfibias. Sin embargo, el F-35B es considerablemente más costoso y complejo de mantener, lo que plantea interrogantes sobre si realmente puede replicar la accesibilidad operativa que el Harrier ofrecía en teatros de combate de baja tecnología.

El impacto más profundo es cultural y doctrinal. El Harrier encarnaba una forma de pensar la guerra aérea centrada en la proyección de fuerza desde el mar, un concepto que Estados Unidos lleva décadas perfeccionando y que sigue siendo central en su estrategia militar global. La transición al F-35B no elimina esa doctrina, pero la encarece notablemente y la hace dependiente de una cadena logística y tecnológica mucho más sofisticada.

Perspectiva para América Latina

El dato que no debe pasar inadvertido para los lectores latinoamericanos es que uno de los últimos despliegues registrados del Harrier ocurrió precisamente en aguas del Caribe venezolano. La presencia de estos aviones frente a las costas de Venezuela en los meses previos a la captura de Nicolás Maduro en enero pasado revela que América Latina no es ajena a las operaciones militares avanzadas de Washington, y que el poder aéreo embarcado ha sido una herramienta de presión activa en la región. Con el retiro del Harrier y su reemplazo por el F-35B, esa capacidad no desaparece: se moderniza y se vuelve más letal, con implicaciones geopolíticas directas para el hemisferio occidental.

Además, varios países latinoamericanos operaron versiones del Harrier a lo largo de las décadas, entre ellos España —que influyó en la tradición militar hispanohablante— y Brasil analizó su adquisición en distintos momentos. El fin del Harrier cierra una era también para las fuerzas aéreas y navales que modelaron sus doctrinas anfibias con este tipo de aeronave como referencia.

Lo que sigue es observar con atención la transición operativa hacia el F-35B y cómo la Infantería de Marina redistribuye sus capacidades aéreas en un contexto global cada vez más tenso. La pregunta no es si el poder aéreo táctico embarcado seguirá existiendo, sino cuánto costará, quién podrá sostennerlo y qué nuevas reglas de enfrentamiento impondrá en los conflictos del siglo XXI.

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Fuente: NEWS MEDIA · Publicado el 4 de junio de 2026
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