El planeta se prepara para enfrentar uno de sus veranos más extremos. Con una probabilidad del 80 por ciento, el fenómeno climático de El Niño llegará este verano, según el último pronóstico de la Organización Meteorológica Mundial (OMM), y se espera que se mantenga activo al menos hasta noviembre con un 90 por ciento de certeza. Lo más alarmante: los modelos científicos apuntan a que será moderado o incluso fuerte, en un contexto donde el calentamiento global actúa como un amplificador implacable.
Las advertencias no vienen solo de científicos. António Guterres, secretario general de la ONU, ha sido contundente: ‘El mundo debe tratarlo como la urgente señal de alarma climática que es. Las condiciones de El Niño avivarán el fuego de un planeta en calentamiento’. No es retórica política: los datos respaldan cada palabra. Ya durante la última semana, partes de Europa occidental registraron temperaturas primaverales récord por la formación de una cúpula de calor de gran potencia, un fenómeno que podría volverse la norma en los próximos meses.
Contexto y antecedentes
El Niño es un patrón climático natural que ocurre cada dos a siete años y se origina cuando las aguas del Pacífico tropical se calientan por encima de sus niveles normales, alterando los patrones de viento y precipitación en todo el planeta. Suele durar entre nueve y doce meses, alcanzando su mayor intensidad entre noviembre y febrero, aunque sus efectos sobre las temperaturas globales son más pronunciados durante el segundo año de su presencia.
El episodio más reciente, registrado entre 2023 y 2024, fue catalogado como uno de los cinco más intensos de la historia, y su huella fue devastadora: contribuyó directamente a que 2024 se convirtiera en el año más caluroso jamás registrado a nivel mundial. Según el informe ‘European State of the Climate 2024’, elaborado por el Servicio de Cambio Climático de Copernicus y la OMM, Europa vivió ese año contrastes extremos: el este sufrió un calor seco y abrasador, mientras el oeste fue azotado por lluvias torrenciales e inundaciones históricas. Ahora, apenas un año después, el ciclo se reinicia con mayor intensidad potencial.
Un dato que inquieta especialmente a los expertos es la situación actual del Pacífico: las temperaturas subsuperficiales del océano se encuentran más de 6°C por encima de la media, lo que representa un enorme reservorio de energía térmica lista para alimentar el calentamiento de la superficie. Aunque el cambio climático no aumenta directamente la frecuencia de El Niño, sí amplifica sus efectos: un océano y una atmósfera más cálidos aportan más energía y humedad a los fenómenos extremos, elevando su intensidad y alcance geográfico.
Los puntos clave
- La OMM estima una probabilidad del 80 por ciento de que El Niño se establezca este verano, con un 90 por ciento de posibilidades de que persista al menos hasta noviembre de 2025.
- Los científicos advierten que el fenómeno podría prolongarse hasta 2028, convirtiéndose en uno de los episodios más duraderos de los que se tiene registro moderno.
- Las temperaturas subsuperficiales del Pacífico tropical superan en más de 6°C la media histórica, indicando una carga térmica excepcional que alimentará el calentamiento superficial.
- La ONU calcula que existe un 86 por ciento de probabilidades de que los próximos años superen el récord de calor global establecido en 2024, el año más cálido en la historia documentada.
- La secretaria general de la OMM, Celeste Saulo, advierte que el episodio agravará simultáneamente las sequías, las lluvias torrenciales y las olas de calor tanto terrestres como oceánicas.
¿Qué significa esto?
La combinación de El Niño con el calentamiento global ya acumulado no es simplemente la suma de dos factores: es una sinergia peligrosa que multiplica los riesgos. Las olas de calor serán más intensas, más largas y más frecuentes. Las sequías afectarán regiones que ya enfrentan estrés hídrico crónico. Las precipitaciones extremas podrían desbordar sistemas de infraestructura que no fueron diseñados para este nivel de intensidad. Guterres lo resume sin eufemismos: ‘Los impactos serán aún más duros, llegarán aún más lejos y cruzarán fronteras a una velocidad devastadora’.
Las consecuencias van mucho más allá de lo ambiental. La seguridad alimentaria global está en riesgo: las cosechas de cereales en regiones claves, los niveles de los ríos que abastecen ciudades y la disponibilidad de agua potable podrían verse comprometidos de forma simultánea en distintos continentes. Los sistemas de salud pública deberán prepararse para un aumento en las muertes relacionadas con el calor, enfermedades vectoriales que se expanden con el cambio de temperatura, y emergencias humanitarias derivadas de desastres naturales más frecuentes e intensos.
Perspectiva para América Latina
América Latina es, históricamente, una de las regiones más directamente impactadas por El Niño. Durante episodios fuertes, el norte de Sudamérica y Centroamérica suelen sufrir sequías severas que golpean la agricultura de subsistencia y el suministro de agua potable, mientras que Ecuador, Perú y Bolivia experimentan lluvias extraordinarias e inundaciones. El corredor seco de Centroamérica, ya castigado en los últimos años, es especialmente vulnerable: millones de familias que dependen de la lluvia para sus cultivos podrían ver comprometida su seguridad alimentaria durante meses consecutivos. Brasil, por su parte, enfrenta el riesgo de que las regiones del norte y el nordeste padezcan condiciones de sequía extrema mientras el sur soporta inundaciones.
Más allá de los daños inmediatos, El Niño tiende a agravar las desigualdades estructurales de la región. Las comunidades rurales e indígenas, que ya carecen de redes de protección social robustas, son las primeras en sufrir y las últimas en recibir ayuda. Para los gobiernos latinoamericanos, la llegada de este episodio representa una prueba de capacidad institucional: los que invirtieron en sistemas de alerta temprana, gestión del riesgo y adaptación climática estarán mejor posicionados para mitigar los daños.
Lo que viene exige atención sostenida. Las próximas semanas serán determinantes para confirmar la intensidad del fenómeno y definir qué regiones están en mayor riesgo. Los organismos internacionales, los gobiernos nacionales y las comunidades locales deben activar planes de contingencia sin esperar a que los impactos sean visibles. El clima ya no avisa con suficiente antelación: actuar antes es la única estrategia que tiene sentido.



