En plena campaña presidencial colombiana, un video comenzó a circular masivamente en redes sociales con una acusación grave: que durante las elecciones presidenciales en el exterior se estarían entregando lapiceros con tinta borrable, lo que permitiría alterar los votos depositados por ciudadanos colombianos residentes fuera del país. La desinformación generó alarma inmediata entre usuarios en múltiples plataformas digitales, quienes lo compartieron como evidencia de supuesto fraude electoral en curso.
Sin embargo, la verificación periodística demuestra que el video no tiene nada que ver con votaciones en el exterior ni con las presidenciales de 2026. La grabación corresponde a las elecciones celebradas el 8 de marzo en Piedecuesta, Santander, un municipio del nororiente colombiano. Además, la propia Personería de Piedecuesta desmintió públicamente que el lapicero mostrado en el video tuviera tinta borrable, cerrando así la cadena de desinformación desde su origen.
Contexto y antecedentes
Colombia atraviesa uno de sus ciclos electorales más polarizados en décadas. Con las elecciones presidenciales de 2026 en el horizonte inmediato, el ecosistema informativo digital se ha convertido en un campo fértil para la desinformación. No es la primera vez que rumores sobre fraude electoral circulan en el país: en anteriores contiendas también aparecieron bulos sobre tarjetas marcadas, testigos intimidados o irregularidades en el conteo, la mayoría de ellos desmentidos por las autoridades competentes.
El fenómeno de los ‘lapiceros borrables’ como supuesta herramienta de fraude tampoco es nuevo en América Latina. En elecciones de Venezuela, Bolivia, Ecuador y México, versiones similares han circulado sin respaldo probatorio. En Colombia, la Registraduría Nacional del Estado Civil —entidad encargada de organizar los comicios— ha sido objeto recurrente de señalamientos en épocas electorales, aunque los procesos de auditoría ciudadana y el acompañamiento de organismos internacionales han respaldado consistentemente la integridad del material utilizado.
El video de Piedecuesta surgió en un contexto de elecciones locales complementarias, completamente ajenas al calendario presidencial. Su reutilización con una narrativa falsa ilustra una táctica documentada de desinformación: tomar material real de un evento, descontextualizarlo y reencuadrarlo con una afirmación nueva y más impactante para maximizar su viralización en períodos de alta tensión política.
Los puntos clave
- El video no corresponde a votaciones presidenciales en el exterior: la grabación fue tomada durante las elecciones del 8 de marzo de 2026 en Piedecuesta, Santander, un proceso electoral local completamente distinto.
- La Personería de Piedecuesta desmintió el supuesto fraude: la autoridad de control municipal emitió un comunicado oficial aclarando que el lapicero mostrado en el video no tenía tinta borrable ni propiedades que permitieran alterar votos.
- La Registraduría Nacional publicó los anexos de contratación del kit electoral: los documentos muestran las especificaciones del material utilizado, reforzando la transparencia del proceso de adquisición de insumos para las votaciones.
- La desinformación se enmarca en un patrón regional: el bulo del ‘lapicero borrable’ ha aparecido en múltiples países latinoamericanos durante períodos electorales, sin que ninguna instancia haya podido probarlo.
- El contexto de polarización amplifica la viralización: en un entorno de alta tensión política como el colombiano en 2026, este tipo de contenidos falsos encuentra condiciones ideales para difundirse rápidamente antes de que pueda verificarse.
¿Qué significa esto?
Más allá del desmentido puntual, este caso revela la vulnerabilidad del debate electoral ante la desinformación estratégica. Cuando un video falso sobre fraude alcanza miles de reproducciones en pocas horas, el daño a la confianza institucional puede ser irreversible aunque la verdad llegue después. La percepción de irregularidad, una vez instalada en el imaginario colectivo, tiende a persistir incluso cuando la evidencia la contradice. Esto no es un problema de buena o mala fe de los usuarios: es el diseño mismo de los algoritmos de redes sociales, que premian la indignación y la novedad sobre la verificación.
Para las autoridades electorales colombianas, este episodio representa también una presión para comunicar proactivamente. La publicación de los anexos contractuales del kit electoral por parte de la Registraduría es un paso en la dirección correcta: la transparencia documental es una de las herramientas más eficaces contra la desinformación. Sin embargo, estos documentos rara vez alcanzan la misma audiencia que el video viral original, lo que plantea un reto estructural de comunicación institucional que excede este caso particular.
Perspectiva para América Latina
El fenómeno que ilustra este caso colombiano es profundamente latinoamericano. En una región donde la confianza en las instituciones electorales oscila históricamente entre la desconfianza y la aceptación condicionada, los bulos sobre fraude encuentran terreno fértil. Brasil en 2022, México en 2024 y Venezuela en múltiples ocasiones han sido escenarios de desinformación electoral masiva que, en algunos casos, derivó en movilizaciones sociales o en cuestionamientos prolongados a la legitimidad de los resultados. El caso colombiano no es una anomalía: es parte de un patrón regional que exige respuestas coordinadas entre medios verificadores, plataformas digitales y organismos electorales.
Para las comunidades colombianas en el exterior —directamente aludidas en la desinformación viral— el impacto puede ser particularmente sensible. Los colombianos residentes fuera del país representan un electorado creciente y con alta actividad en redes sociales. Recibir mensajes que cuestionan la integridad del proceso antes de votar puede desincentivar la participación, lo que constituye, en sí mismo, un efecto político concreto de la desinformación, más allá de si el bulo es creído o no en su totalidad.
Con las elecciones presidenciales colombianas avanzando, la verificación de contenidos se convierte en una tarea de primera línea. Los próximos días serán críticos para el ecosistema informativo: habrá que seguir de cerca tanto la aparición de nuevos bulos como la capacidad de respuesta de instituciones, medios y ciudadanos para contrarrestarlos antes de que siembren dudas irreparables sobre el proceso democrático.



