La decisión de la administración Trump de ordenar a Anthropic que desactivara el acceso a sus modelos de inteligencia artificial más avanzados para ciudadanos extranjeros ha encendido todas las alarmas en Europa. En cuestión de horas, líderes políticos de Francia, Reino Unido y Países Bajos salieron públicamente a exigir una respuesta contundente: invertir en tecnología propia o asumir una dependencia que puede convertirse, literalmente, en un apagón de la noche a la mañana.
La empresa californiana Anthropic confirmó a última hora del viernes que había recibido una orden gubernamental para suspender el acceso a sus modelos Fable 5 y Mythos 5 fuera de Estados Unidos, alegando razones de seguridad nacional. El impacto fue inmediato: investigadores universitarios, empresas tecnológicas y hasta hospitales europeos que usaban esas herramientas en proyectos piloto se quedaron sin acceso de forma abrupta. La medida no es solo una noticia tecnológica; es una señal política de enorme calado.
Contexto y antecedentes
Anthropic es una de las compañías más influyentes en el campo de la inteligencia artificial generativa. Fundada en 2021 por exmembros de OpenAI, incluyendo a Dario y Daniela Amodei, ha desarrollado la familia de modelos Claude, que compite directamente con GPT de OpenAI y Gemini de Google. Sus versiones más recientes, como los ahora vetados Fable 5 y Mythos 5, estaban considerados entre los sistemas de IA más potentes disponibles comercialmente, con aplicaciones en medicina, investigación científica, defensa y análisis de datos.
La decisión se inscribe en un contexto de creciente tensión geopolítica en torno a las tecnologías de vanguardia. Desde las restricciones a la exportación de chips de Nvidia hacia China hasta los debates sobre TikTok en Estados Unidos, Washington lleva años consolidando una doctrina de ‘tecnología como arma estratégica’. La orden a Anthropic representa una escalada: ahora el foco no está solo en China, sino que afecta a aliados europeos históricos, lo que marca un cambio cualitativo en la política tecnológica estadounidense.
En Europa, el debate sobre la soberanía digital no es nuevo, pero hasta ahora se había mantenido mayormente en el plano retórico. La Unión Europea aprobó el AI Act en 2024 y ha financiado iniciativas como el proyecto europeo de supercomputación, pero la realidad es que el continente sigue dependiendo de modelos desarrollados y controlados por empresas estadounidenses o chinas para gran parte de su actividad productiva e investigadora.
Los puntos clave
- Anthropic recibió una orden directa del gobierno de Trump para desactivar sus modelos Fable 5 y Mythos 5 para todos los usuarios fuera de Estados Unidos por razones de seguridad nacional, sin previo aviso público.
- Hospitales, investigadores y empresas británicas y europeas que usaban estos modelos en proyectos activos perdieron el acceso de forma inmediata, evidenciando la fragilidad de depender de infraestructura tecnológica extranjera.
- Políticos de múltiples espectros ideológicos, desde el socialdemócrata Benjamin Haddad hasta el ultraderechista Geert Wilders, convergieron en la misma conclusión: Europa debe desarrollar sus propios modelos de IA con urgencia.
- Francia subrayó sus ventajas competitivas, incluyendo energía nuclear descarbonizada y empresas como Mistral AI, OVHcloud y Scaleway, como base para construir una alternativa europea real a los gigantes anglosajones.
- El exministro británico Tom Tugendhat advirtió que la soberanía en el siglo XXI ‘tiene más que ver con el código que con los cañones’, resumiendo el nuevo paradigma de poder en la era de la IA.
¿Qué significa esto?
El episodio con Anthropic funciona como un experimento mental que se hizo realidad: ¿qué ocurre cuando un gobierno extranjero decide desconectarte de las herramientas tecnológicas más avanzadas del mundo? La respuesta es caos operativo inmediato para quienes dependen de ellas. Pero más allá del impacto concreto, el mensaje político es devastador para la narrativa de la cooperación tecnológica transatlántica. Estados Unidos ha dejado claro que, en caso de conflicto de intereses, la seguridad nacional americana prevalece sobre las relaciones con sus aliados, incluida Europa.
Las consecuencias a mediano plazo podrían ser paradójicamente positivas para el ecosistema tecnológico europeo. Si esta crisis logra traducirse en inversión real, política industrial coherente y apoyo decidido a empresas como Mistral AI en Francia o los proyectos de IA abierta que se desarrollan en Alemania y España, el veto de Trump podría convertirse en el catalizador que Europa necesitaba para tomarse en serio su autonomía digital. El riesgo, sin embargo, es que las declaraciones queden en retórica y el continente vuelva a su zona de confort una vez que amaine la indignación inmediata.
Perspectiva para América Latina
Para América Latina, este episodio es un espejo en el que conviene mirarse con atención. La región depende de forma aún más profunda que Europa de tecnología desarrollada fuera de sus fronteras, y prácticamente ningún país latinoamericano cuenta con la infraestructura, el capital o el ecosistema de talento para desarrollar modelos de IA competitivos a corto plazo. Brasil, con su apuesta por la IA soberana articulada desde el gobierno de Lula, y México, con algunas iniciativas incipientes en el sector privado, son las excepciones parciales. Pero si Washington puede apagar el acceso a tecnología crítica para aliados europeos, la misma lógica aplica, con mucha mayor facilidad, para países latinoamericanos que no tienen el peso geopolítico ni el mercado para negociar en condiciones de igualdad.
El debate sobre soberanía tecnológica que hoy sacude a Europa debería llegar con urgencia a los ministerios de tecnología, ciencia y economía de la región. No se trata de cerrar las puertas a la innovación externa, sino de entender que la dependencia tecnológica absoluta es, en el nuevo orden mundial, una forma de vulnerabilidad estratégica tan seria como la dependencia energética o alimentaria.
En las próximas semanas habrá que seguir de cerca dos frentes: si la Comisión Europea convierte esta crisis en una política industrial concreta de apoyo a la IA europea, y si Anthropic o el gobierno de Trump dan marcha atrás, modifican o amplían el alcance de la restricción. Lo que está en juego no es solo el acceso a unos modelos de lenguaje, sino la arquitectura de poder tecnológico que definirá las próximas décadas.



