En el estadio MetLife de Nueva Jersey, el mismo recinto que acogerá la gran final del Mundial 2026, ocurrió algo que pocos esperaban: un periodista hispanohablante fue interrumpido en medio de una pregunta porque la FIFA no tenía intérprete disponible para el español. No fue un incidente menor. El video se viralizó en horas, generó reacciones en toda América Latina y reabrió un debate que va mucho más allá de la logística de una rueda de prensa.

El viernes 12 de junio, Rodrigo Ornelas, periodista de TV Azteca Deportes, intentó dirigirse en español a Achraf Hakimi durante la conferencia previa al partido Brasil-Marruecos. El moderador de la FIFA lo detuvo antes de que terminara la pregunta. Hakimi, nacido y criado en Madrid, ofreció responder en castellano. La respuesta del oficial de prensa fue clara: el problema no era el idioma del jugador, sino la ausencia de un intérprete. ‘No lo podemos hacer por las traducciones’, señaló. Horas después, el periodista Sergio Quirante de DAZN vivió una situación similar con Vinícius Júnior, quien insistía en que la pregunta se formulara en español. Ambos episodios, juntos, pusieron en evidencia una contradicción estructural del torneo.

Contexto y antecedentes

La FIFA aplica en estas ruedas de prensa un protocolo establecido: se habilitan intérpretes para el inglés y para los idiomas de los dos equipos participantes. Si una federación no solicita previamente un idioma adicional, no habrá traductor disponible. En el caso del Brasil-Marruecos, la sala contaba con servicios de interpretación para inglés, portugués, árabe, francés e italiano. Este último fue incluido a pedido de la federación brasileña, pensando en Carlo Ancelotti. Nadie solicitó el español.

El sistema no es arbitrario en su concepción: gestionar traducción simultánea para decenas de idiomas en una sala con periodistas de todo el mundo es logísticamente complejo. La FIFA argumenta que no puede garantizar intérpretes para cada lengua que un periodista desee utilizar. De hecho, en los partidos disputados en Guadalajara, México, el español sí estuvo habilitado, y lo estará en todos los encuentros que involucren selecciones de habla hispana: México, España, Argentina, Colombia, Uruguay, Ecuador o Paraguay.

Sin embargo, el precedente que genera este episodio es difícil de ignorar. El torneo se desarrolla en un país donde 57 millones de personas hablan español, lo que convierte a Estados Unidos en la segunda nación hispanohablante del mundo, solo por detrás de México. Que el castellano no forme parte de la infraestructura estándar de traducción en partidos jugados en suelo estadounidense no es solo una omisión logística: es una declaración, aunque involuntaria, sobre qué idiomas importan y cuáles no.

Los puntos clave

  • El periodista Rodrigo Ornelas de TV Azteca fue interrumpido al preguntar en español a Achraf Hakimi, quien ofreció responder en ese idioma pero fue redirigido al inglés por el moderador de la FIFA.
  • El protocolo oficial de la FIFA permite preguntas en inglés y en los idiomas de los equipos participantes, pero solo si las federaciones los solicitan con antelación; nadie pidió el español para el partido Brasil-Marruecos.
  • El español sí está habilitado en los partidos disputados en Guadalajara y en todos los encuentros que involucren selecciones hispanohablantes, pero no como idioma estándar en territorio estadounidense.
  • Con 57 millones de hispanohablantes, Estados Unidos es el segundo país del mundo en número de hablantes de español, lo que hace paradójica la exclusión del idioma en un torneo que el país coorganiza.
  • El video del incidente se viralizó bajo el mensaje ‘La FIFA no permite hacer preguntas en español en Estados Unidos’, generando indignación masiva en redes sociales de toda América Latina.

¿Qué significa esto?

Más allá de la anécdota, el episodio revela una tensión de fondo sobre la representación cultural y lingüística en los grandes eventos deportivos globales. La FIFA gestiona un torneo con pretensiones de universalidad, pero sus protocolos operativos responden a una lógica anglocéntrica que trata al inglés como idioma neutro y predeterminado. Cuando esa lógica choca con la realidad demográfica de los países anfitriones, el resultado es exactamente lo que se vio en Nueva Jersey: un jugador de origen hispanohablante respondiendo en inglés a un periodista mexicano, en un estadio de Estados Unidos, durante el Mundial que México coorganiza.

El impacto más inmediato es sobre los periodistas hispanohablantes acreditados, quienes deben reformular sus preguntas en un idioma que puede no ser el suyo para acceder a la información. Pero el impacto simbólico es más amplio: le envía un mensaje a los millones de aficionados latinoamericanos que siguen el torneo de que su lengua ocupa un lugar secundario en la arquitectura del evento. En un momento en que la FIFA busca expandir su mercado en América y captar audiencias hispanohablantes, esta contradicción resulta especialmente costosa en términos de imagen.

Perspectiva para América Latina

Para la audiencia latinoamericana, este incidente no es una sorpresa, pero sí una confirmación de algo que muchos sienten: que los grandes organismos deportivos internacionales hablan de inclusión pero operan con jerarquías lingüísticas muy concretas. América Latina aporta algunas de las selecciones más seguidas del planeta, genera millones en derechos televisivos y tiene en el fútbol una expresión cultural profunda. Sin embargo, cuando llega el momento de definir qué idiomas merecen infraestructura institucional, el español queda condicionado a la buena voluntad de las federaciones o a la geografía del partido.

El hecho de que México sea uno de los tres países anfitriones del torneo, junto con Estados Unidos y Canadá, hace aún más difícil de justificar esta ausencia. Si el español es suficientemente importante para estar en el nombre del estadio Guadalajara, para figurar en la comunicación oficial del torneo y para movilizar a millones de espectadores, también debería ser suficientemente importante para estar en una sala de prensa en Nueva Jersey.

La FIFA tiene margen para corregir este protocolo antes de que el torneo avance. La presión mediática generada por estos dos incidentes podría ser suficiente para que el organismo revise sus criterios de acreditación de idiomas, especialmente en partidos disputados en suelo estadounidense. Lo que está en juego no es solo la comodidad de un periodista: es la coherencia entre el discurso de universalidad del fútbol y las decisiones operativas que, partido a partido, definen quién tiene voz y en qué lengua.

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Fuente: NEWS MEDIA · Publicado el 14 de junio de 2026
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