Grecia acaba de cerrar uno de los programas de salud pública infantil más exitosos de Europa reciente, y los números hablan por sí solos: ocho de cada diez niños que recibieron atención especializada lograron alcanzar un índice de masa corporal normal. Lo que hace apenas unos años era un país entre los peores de la Unión Europea en obesidad infantil, hoy es reconocido por la Organización Mundial de la Salud como un ‘país de referencia‘ y ejemplo de liderazgo político en el sur del continente.

El acto oficial de cierre de la Acción Nacional contra la Obesidad Infantil reunió a autoridades sanitarias, representantes de UNICEF y expertos en salud pública para presentar resultados que, en palabras de la propia viceministra de Sanidad, Irini Agapidaki, demuestran que ‘Grecia pasó de la negación a la acción’. El programa, financiado por la Unión Europea en el marco del Plan Nacional de Recuperación ‘Grecia 2.0’, no solo trató a menores con sobrepeso: transformó la cultura alimentaria de familias enteras a lo largo y ancho del país.

Contexto y antecedentes

La obesidad infantil es una de las crisis silenciosas más graves del siglo XXI. Según datos de la OMS, más de 390 millones de niños y adolescentes en el mundo tienen sobrepeso u obesidad, una cifra que se ha cuadruplicado desde 1990. En Europa mediterránea, el problema ha sido históricamente más agudo: países como Grecia, Italia, España y Chipre encabezan los índices más elevados del continente, una paradoja dolorosa para regiones asociadas culturalmente a la ‘dieta mediterránea’, considerada una de las más saludables del mundo.

Grecia enfrentaba una contradicción especialmente incómoda. Pese a ser cuna de esa tradición alimentaria, sus tasas de obesidad infantil eran de las más altas de la Unión Europea. Las causas son múltiples y bien documentadas: el aumento del consumo de ultraprocesados, el sedentarismo derivado del uso excesivo de pantallas, los efectos de la crisis económica de la década pasada sobre el acceso a alimentos saludables, y la falta de programas estructurados de prevención desde el sistema sanitario. Ante este diagnóstico, el Ministerio de Sanidad griego decidió actuar con una estrategia articulada, ambiciosa y medible.

El programa fue diseñado conjuntamente con UNICEF y contempló intervenciones en múltiples niveles: atención clínica individual para niños con obesidad, formación de profesionales de la salud, campañas de sensibilización para familias y el desarrollo de herramientas digitales de seguimiento. Su escala nacional y su enfoque integral lo distinguen de iniciativas anteriores, más fragmentadas y de menor alcance.

Los puntos clave

  • Más de 1.900 niños con obesidad o sobrepeso recibieron apoyo especializado gratuito mediante 13.000 sesiones individuales con 60 dietistas-nutricionistas, y el 80% de ellos logró alcanzar un peso normal.
  • Cuatro de cada diez menores con obesidad y patología clínica —como diabetes, hipertensión o hipercolesterolemia— mejoraron sus indicadores de salud y pudieron reducir significativamente su medicación.
  • El conocimiento de las recomendaciones de la OMS sobre alimentación saludable entre los padres aumentó 16,3 puntos porcentuales, pasando del 29,4% al 43,7%, mientras que el conocimiento sobre actividad física creció 14,1 puntos.
  • El 73,5% de los padres afirma haber participado de alguna manera en el programa, ya sea recibiendo información, asistiendo a talleres o accediendo a servicios de atención.
  • Los expertos proyectan que, si se mantienen las estructuras de control implementadas, las tasas de obesidad infantil en Grecia registrarán un descenso sostenido hasta al menos 2040.

¿Qué significa esto?

El impacto de este programa trasciende los datos clínicos. Lo que Grecia ha demostrado es que la obesidad infantil no es un destino inevitable, sino una condición prevenible y reversible cuando existe voluntad política, inversión sostenida y una estrategia que llega a las familias en lugar de quedarse en los despachos ministeriales. El hecho de que la OMS haya elevado a Grecia como modelo de referencia internacional implica que otros países europeos —y más allá— podrían adoptar elementos de este enfoque en sus propias políticas nacionales de salud pública infantil.

Las consecuencias van también más allá de la salud inmediata. Un niño que reduce su obesidad en la infancia tiene menores probabilidades de desarrollar enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2 y ciertos tipos de cáncer en la edad adulta. Esto representa un alivio a largo plazo sobre los sistemas de salud pública y una mejora real en la calidad de vida de toda una generación. El dato sobre la reducción de medicación en menores con patologías clínicas es particularmente relevante: muestra que la intervención nutricional puede complementar —e incluso reducir— el tratamiento farmacológico desde edades tempranas.

Perspectiva para América Latina

América Latina enfrenta una epidemia de obesidad infantil de magnitudes alarmantes. Según la CEPAL y la OPS, países como México, Chile, Uruguay y Argentina se encuentran entre los de mayor prevalencia de obesidad infantil en el mundo. México, de hecho, lidera en varios indicadores globales. En este contexto, el modelo griego ofrece lecciones directamente aplicables: la articulación entre gobierno y organismos internacionales como UNICEF, el uso de fondos estructurales para financiar programas de salud preventiva, y especialmente el énfasis en la educación familiar como motor del cambio, son ejes que podrían adaptarse a realidades latinoamericanas. La diferencia clave radica en la escala y en los recursos disponibles, pero el enfoque metodológico —integral, medible y comunitario— es un referente valioso.

Además, la experiencia griega refuerza un mensaje que organizaciones de salud llevan años repitiendo en la región: las políticas de etiquetado nutricional, restricción de publicidad de ultraprocesados dirigida a menores y mejora de los menús escolares no son suficientes por sí solas. Se necesita una estrategia que involucre activamente a las familias y que forme a los profesionales de salud de primera línea, como pediatras y médicos de familia, para detectar y derivar casos a tiempo.

El cierre formal del programa no implica el fin del esfuerzo: las autoridades griegas han señalado que el siguiente paso es institucionalizar las estructuras creadas para garantizar su continuidad más allá del ciclo de financiación europea. La plataforma digital de derivaciones, la red de nutricionistas formados y los protocolos de seguimiento pediátrico son los activos que habrá que sostener. Lo que queda por ver es si Grecia logra mantener estos resultados en el tiempo y si otros países de la cuenca mediterránea —y del mundo— toman nota de un modelo que, por primera vez en mucho tiempo, tiene números concretos que lo respaldan.

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Fuente: NEWS MEDIA · Publicado el 27 de mayo de 2026
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