Por primera vez desde el inicio del conflicto más reciente, el ejército israelí ha cruzado el río Litani y avanzado hacia posiciones al norte de ese cauce histórico, según confirmó el propio primer ministro Benjamín Netanyahu este viernes. El anuncio amplía una ocupación que ya cubría el 5% del territorio libanés y que ahora se extiende hacia nuevas latitudes, todo ello en el marco de un alto el fuego impuesto por Estados Unidos el pasado 17 de abril que, en la práctica, otorga a las tropas israelíes amplia libertad de acción contra Hezbolá.
La expansión territorial se produce en un momento de extrema tensión diplomática: ese mismo viernes, delegaciones de Israel y Líbano se sentaron a negociar en Washington para intentar consolidar la tregua. Sin embargo, las cifras de la violencia no ceden. El Ministerio de Sanidad libanés reportó 32 muertos adicionales en las últimas horas, elevando el total a 3.355 fallecidos desde marzo, entre ellos 234 menores y 127 trabajadores sanitarios. Más de 1,2 millones de libaneses permanecen desplazados de sus hogares.
Contexto y antecedentes
El río Litani representa mucho más que una frontera geográfica: es una línea roja política y militar que ha marcado los límites de la influencia de Hezbolá en el sur del Líbano durante décadas. La Resolución 1701 del Consejo de Seguridad de la ONU, adoptada tras la guerra de 2006, exigía que las fuerzas de Hezbolá se retiraran al norte de ese río. Israel había invocado ese marco legal para justificar sus propias operaciones, pero al cruzarlo ahora, convierte su avance en un hecho sin precedentes en la historia reciente del conflicto.
El conflicto actual se recrudeció en marzo, cuando Hezbolá disparó contra Israel en apoyo a Irán, reabriendo un frente que muchos consideraban secundario frente a la guerra en Gaza. Desde entonces, Israel ha escalado progresivamente sus operaciones en el sur del Líbano, destruyendo con explosiones controladas al menos 55 aldeas fronterizas y declarando todo el sur del país como ‘zona de combate’. El gobierno libanés actual, el más distante de Hezbolá en años y comprometido formalmente con el desarme del grupo, se encuentra atrapado entre las presiones israelíes, la mediación estadounidense y su propio fragilísimo equilibrio interno.
La figura de Marco Rubio, secretario de Estado de EE UU, resulta central en este proceso: ha gestionado las sucesivas rondas de contacto que han prorrogado el cese de hostilidades y sirve como puente entre Beirut y Tel Aviv. Sin embargo, la asimetría de poder entre las partes es evidente: Israel negocia desde una posición de ventaja militar indiscutible y con su principal aliado actuando simultáneamente como mediador y árbitro.
Los puntos clave
- Primera vez en la historia reciente: Israel ha cruzado el río Litani con fuerzas terrestres, expandiendo su ocupación más allá de lo que había hecho hasta ahora en el actual conflicto.
- Alto el fuego nominal: El cese de hostilidades, vigente desde el 17 de abril por iniciativa de Washington, no ha detenido los bombardeos israelíes, que han matado a 3.355 libaneses desde marzo.
- Crisis humanitaria severa: Más de 1,2 millones de personas, equivalentes a más de una cuarta parte de la población del Líbano, están desplazadas de sus hogares.
- Negociaciones en Washington: Las delegaciones de ambos países se reúnen en el Pentágono en un encuentro militar, con continuación política prevista para el martes, aunque Beirut exige que el único punto sea el cese definitivo de hostilidades.
- Objetivo inmediato israelí: Las fuerzas israelíes maniobran en Zautar al Sharqiye, acercándose a la ciudad de Nabatie con 75.000 habitantes, en lo que parece una preparación del terreno para un avance territorial mayor.
¿Qué significa esto?
El cruce del Litani no es un gesto simbólico: es una declaración de objetivos. Netanyahu ha reivindicado públicamente el avance precisamente mientras sus delegados negocian en Washington, lo que indica que Israel busca consolidar posiciones sobre el terreno antes de cualquier acuerdo formal que pueda limitar su libertad de movimiento. Esta táctica —avanzar militarmente mientras se dialoga diplomáticamente— es un patrón reconocible en los conflictos donde una de las partes tiene superioridad operativa. El resultado es que Líbano llega a la mesa de negociación en una posición aún más débil de la que tenía antes.
Para la población civil libanesa, el impacto es devastador e inmediato. La destrucción de 55 aldeas fronterizas, la declaración del sur como zona de combate y el desplazamiento masivo no son daños colaterales: son la arquitectura de una zona tampón que Israel pretende mantener a largo plazo. Esto también presiona al gobierno libanés, que prometió a su ciudadanía recuperar la soberanía sobre su territorio y ahora enfrenta la paradoja de tener que negociar con quien lo ocupa mientras ese ocupante avanza.
Perspectiva para América Latina
América Latina alberga una de las diásporas libanesas más grandes del mundo, con comunidades significativas en Brasil, Argentina, Colombia, México y Venezuela, entre otros países. Se estima que más de nueve millones de personas de origen libanés viven en la región, muchas con familiares directos en las zonas afectadas por los bombardeos y el desplazamiento. Esta realidad convierte el conflicto en algo más que una noticia lejana: es una crisis con rostro familiar para millones de latinoamericanos. Organizaciones de la diáspora en varios países han incrementado sus llamados a los gobiernos regionales para que adopten posiciones más activas en foros internacionales como la ONU.
A nivel geopolítico, la expansión israelí y el rol de EE UU como mediador-árbitro reproducen dinámicas que América Latina conoce bien: la negociación asimétrica donde la potencia dominante actúa como juez y parte. Varios gobiernos de la región, incluidos los de Brasil, Colombia y México, han expresado preocupación por la escalada, y algunos han llamado a respetar el derecho internacional humanitario. El conflicto también llega en un momento en que la región debate su propio posicionamiento frente a los grandes bloques de poder en un orden mundial en reconfiguración.
Las próximas horas serán definitorias: la reunión política del martes en Washington podría marcar si existe voluntad real de consolidar el alto el fuego o si las negociaciones sirven únicamente como cobertura diplomática para el avance israelí sobre el terreno. Lo que está claro es que el cruce del Litani ha cambiado los parámetros del conflicto, y que cualquier acuerdo duradero deberá ahora tener en cuenta una realidad territorial completamente distinta a la que existía hace apenas 48 horas.



