El ejército israelí lanzó este martes una de sus operaciones más agresivas en el sur del Líbano desde que entrara en vigor un frágil alto el fuego el pasado 17 de abril, cruzando por primera vez la llamada Línea Amarilla —la demarcación que el propio Israel había establecido para delimitar su zona de ocupación—. En menos de 24 horas, las fuerzas israelíes ejecutaron cerca de un centenar de bombardeos sobre municipios del sur y el este del país, dejando al menos 39 muertos confirmados por el Ministerio de Sanidad libanés, entre ellos dos niños fallecidos en un ataque nocturno contra una vivienda en Mashghara.
La escalada llega con una orden de desalojo sin precedentes desde el inicio del cese de hostilidades: el ejército israelí exigió el vaciado completo de Nabatie, ciudad de unos 75.000 habitantes y sede de hospitales que atienden a los afectados por el conflicto en el sur del país. La medida se suma a un total de 1,2 millones de desplazados libaneses acumulados desde el estallido de la guerra, y confirma que el alto el fuego impulsado por Estados Unidos en abril ha sido, en la práctica, una tregua solo sobre el papel.
Contexto y antecedentes
El conflicto entre Israel y Hezbolá tiene raíces profundas que se remontan décadas atrás, pero la fase actual se intensificó en el marco de la guerra en Gaza iniciada en octubre de 2023. Desde entonces, el frente libanés se convirtió en un segundo teatro de operaciones, con intercambios de fuego casi diarios que devastaron amplias zonas del sur del Líbano y los suburbios del sur de Beirut. El alto el fuego de abril, negociado con mediación estadounidense, nunca logró consolidarse plenamente: Israel mantuvo presencia militar en territorio libanés y continuó emitiendo órdenes de desalojo de manera intermitente.
El detonante inmediato de esta nueva escalada es la presión interna dentro del gobierno de coalición de Benjamín Netanyahu. El ala ultra de su gabinete, encabezada por el ministro de Finanzas Bezalel Smotrich y el ministro de Seguridad Nacional Itamar Ben Gvir, junto al jefe del Estado Mayor, Eyal Zamir, venían exigiendo una respuesta contundente al goteo de bajas israelíes. Desde marzo, 23 soldados israelíes han muerto en el frente libanés, el último de ellos este pasado domingo.
El factor tecnológico ha resultado decisivo para entender la dinámica del conflicto. Hezbolá incorporó a su arsenal un tipo de dron guiado por cable de fibra óptica que opera sin emisiones de radio, lo que lo hace invisible para los sistemas tradicionales de detección israelíes. Estos dispositivos pueden ser operados desde hasta 20 kilómetros de distancia, y ya han impactado contra una vivienda en el municipio israelí de Metula y contra un autobús escolar en Shomera, agravando la presión política sobre Netanyahu.
Los puntos clave
- Israel cruzó por primera vez desde el alto el fuego de abril la Línea Amarilla, extendiendo operaciones terrestres más allá de las zonas que ocupaba oficialmente en el sur del Líbano.
- El primer ministro Netanyahu ordenó ‘pisar el acelerador’ en las operaciones militares contra Hezbolá, con cerca de cien bombardeos ejecutados en pocas horas sobre el sur y el este libanés.
- Al menos 39 personas murieron en los ataques, según el Ministerio de Sanidad libanés, incluyendo dos niños fallecidos en Mashghara, localidad situada a 35 kilómetros de la frontera israelí.
- La ciudad de Nabatie, con 75.000 habitantes y hospitales de referencia para la zona sur, recibió una orden de desalojo total, la más amplia emitida por Israel desde el inicio del supuesto cese de hostilidades.
- Hezbolá emplea drones guiados por fibra óptica que eluden los sistemas de defensa israelíes, y para los que Israel aún no ha encontrado una solución técnica definitiva.
¿Qué significa esto?
La ruptura de la Línea Amarilla por parte de Israel no es un detalle menor: implica que el marco del alto el fuego, por precario que fuera, ha dejado de tener vigencia operativa. El gobierno israelí ha optado por una lógica de escalada ante una amenaza táctica —el dron de fibra óptica— que sus propios mandos reconocen no haber resuelto. Esto coloca al Líbano ante una nueva fase de destrucción que afecta principalmente a la población civil del sur, ya agotada tras meses de desplazamientos, pérdidas materiales y acceso limitado a servicios básicos. La orden de evacuar Nabatie, donde se concentran infraestructuras sanitarias críticas, agrava aún más una crisis humanitaria que organismos internacionales llevan meses documentando.
Para Israel, la apuesta por la escalada también tiene un coste político y diplomático. Washington, que impulsó el alto el fuego de abril, observa cómo su mediación queda en entredicho. La comunidad internacional —en particular Francia y los países árabes involucrados en negociaciones paralelas— enfrenta un escenario en el que las reglas acordadas son ignoradas con impunidad. La pregunta que se impone es si esta ofensiva tiene un objetivo militar claro y alcanzable, o si responde principalmente a la presión de los sectores más radicales del gobierno israelí, lo que la convierte en una escalada con final incierto.
Perspectiva para América Latina
El conflicto israelo-libanés tiene resonancias directas en América Latina, hogar de una de las comunidades árabes más grandes del mundo fuera de Oriente Medio, con millones de descendientes de migrantes libaneses en Brasil, Argentina, Colombia, México y Chile. Para estas comunidades, la crisis no es una noticia lejana: hay familias con parientes directos en las zonas afectadas, y organizaciones de la sociedad civil que llevan meses exigiendo a sus gobiernos posicionamientos más firmes. Países como Brasil han repatriado ciudadanos desde el Líbano en fases anteriores del conflicto, y no es descartable que deban activar nuevos mecanismos consulares.
A nivel geopolítico más amplio, la escalada en el Líbano refuerza la percepción de que los instrumentos tradicionales de diplomacia multilateral —resoluciones de la ONU, ceses de fuego negociados— enfrentan una crisis de efectividad. Para los gobiernos latinoamericanos que han buscado posicionarse como voces del ‘Sur Global’ en foros internacionales, este conflicto representa una prueba sobre la coherencia de sus posturas en materia de derecho internacional humanitario.
En las próximas horas y días será determinante conocer el balance total de víctimas de esta ofensiva, la respuesta de Hezbolá y la posición que adopte la administración de Estados Unidos ante la ruptura efectiva del alto el fuego que ella misma auspició. Lo que está claro es que el Líbano ha vuelto a quedar atrapado en una lógica de guerra cuyo desenlace sigue siendo impredecible, y que la comunidad internacional deberá decidir si continúa siendo testigo o asume un papel más activo para frenar el deterioro.



