El gobierno de Donald Trump acaba de presentar su Estrategia Nacional para el Control de Drogas 2026, un documento que redefine por completo la forma en que Washington pretende combatir el narcotráfico, y que sitúa a México y Colombia en el centro de su radar.
Cada año, la administración estadounidense publica este plan para establecer sus metas en materia de lucha contra los estupefacientes. Sin embargo, la versión correspondiente a 2026 rompe con los esquemas de gobiernos anteriores, incluido el primer mandato del propio Trump, adoptando un tono marcadamente más agresivo y colocando sobre la mesa herramientas que van mucho más allá de las fronteras nacionales.
Dos pilares que cambian las reglas del juego
Dos decisiones clave del ejecutivo trumpista sustentan esta nueva arquitectura antinarcóticos. La primera es la designación de los carteles de la droga como ‘organizaciones terroristas’, categoría bajo la que ya figuran seis organizaciones mexicanas y una colombiana. La segunda es declarar el fentanilo como una ‘arma de destrucción masiva’, una droga que ha cobrado decenas de miles de vidas en Estados Unidos y cuya producción y distribución está en manos de carteles latinoamericanos.
Ambas medidas no son simples declaraciones retóricas. Según los analistas, crean un marco legal que autoriza a Washington a actuar directamente en países de origen y tránsito de drogas, incluso sin el consentimiento de sus gobiernos.
Venezuela como laboratorio de la nueva doctrina
América Latina ya ha comenzado a experimentar en carne propia las consecuencias de este enfoque. El caso más extremo y notorio se vivió en Venezuela, donde numerosas embarcaciones fueron atacadas letalmente en aguas del Caribe bajo el argumento del combate al narcotráfico, y donde el presidente Nicolás Maduro fue detenido y extraído del país en una operación militar ejecutada en Caracas el pasado 3 de enero.
Aunque se trata de una medida excepcional, ese episodio ilustra el alcance real que Washington está dispuesto a darle a su política antidrogas cuando considera que un gobierno no coopera lo suficiente.
México, en el ojo de la tormenta
En territorio mexicano, los primeros síntomas de esta nueva estrategia ya son visibles. Recientemente trascendió la muerte de dos agentes de la CIA en el estado de Chihuahua durante un operativo antinarcóticos que se habría realizado sin el aval del gobierno federal mexicano, lo que desató una crisis diplomática de considerables proporciones.
El analista e investigador de seguridad Víctor Sánchez explicó a BBC Mundo que la etiqueta de ‘terroristas’ otorgada a los carteles es precisamente lo que proporciona a Estados Unidos una justificación legal más sólida para este tipo de acciones encubiertas: ‘Así se justifican desde la óptica estadounidense operaciones como la que vimos recientemente en Chihuahua, o intervenciones de grupos especiales para atacar a personajes como lo que vimos en Venezuela con Maduro’.
Una estrategia que redefine el concepto de soberanía
La Estrategia 2026 incluye objetivos ya conocidos, como el refuerzo fronterizo, el combate al lavado de dinero y la persecución del tráfico de precursores químicos. Pero uno de sus apartados más reveladores es el que detalla cómo puede actuar Estados Unidos frente a grupos catalogados como ‘terroristas’.
El propio documento es explícito al respecto: la designación ‘no es meramente simbólica; constituye un detonante estratégico que replantea el enfoque del gobierno de Estados Unidos, pasando de considerarlo un problema tradicional de aplicación de la ley a una amenaza para la seguridad nacional’.
Para respaldar esa postura, la estrategia cita legislación federal que autoriza a las fuerzas armadas a realizar operaciones antiterroristas contra redes criminales fuera del territorio estadounidense, empleando capacidades diplomáticas, informativas, militares e inteligentes.
La estrategia también endurece las exigencias de rendición de cuentas hacia gobiernos considerados insuficientemente cooperativos, entre los que menciona expresamente a México, Colombia, Canadá, China e India. Un mensaje que, leído entre líneas, anticipa una nueva era de presión bilateral sin precedentes recientes.



