Hace exactamente seis décadas, China entró en uno de los períodos más traumáticos de su historia moderna. En 1966, el líder comunista Mao Zedong puso en marcha una campaña de alcance nacional que transformaría para siempre la sociedad china: la Revolución Cultural.

Una guerra contra el pasado

La iniciativa tenía un objetivo claro: erradicar cualquier vestigio de pensamiento burgués, influencias capitalistas y elementos considerados contrarrevolucionarios en el gobierno, la educación y el arte. Mao declaraba la guerra a las ‘viejas ideas’ y las ‘viejas costumbres’.

Lo más llamativo del movimiento fue quiénes lo ejecutaron. No fueron las fuerzas de seguridad ni la policía, sino ciudadanos de a pie, en especial jóvenes, lanzados contra sus propios vecinos, maestros y superiores.

‘El mensaje de Mao era: rebélense contra su profesor, contra su maestro, contra su dirigente del partido’, explica el historiador Yafeng Xia, de la Universidad de Long Island, en Estados Unidos. Según el académico, el líder chino consideraba que la rebelión estaba plenamente justificada.

La campaña duró oficialmente hasta 1976 y dejó cicatrices políticas y culturales que todavía hoy son perceptibles en la sociedad china.

El contexto: el fracaso del Gran Salto Adelante

Para entender la Revolución Cultural, hay que retroceder a 1949, cuando Mao llegó al poder tras derrotar a las tropas nacionalistas del Kuomintang e instaurar la República Popular China bajo principios marxistas.

El país arrastraba siglos de atraso económico y las heridas de sucesivas invasiones extranjeras. Las brechas entre ricos y pobres, entre el campo y la ciudad, eran enormes.

En 1958, Mao lanzó el llamado Gran Salto Adelante, un programa destinado a industrializar a marchas forzadas la economía agraria china. La agricultura fue colectivizada y se impusieron metas inalcanzables respaldadas por políticas económicas erráticas.

El resultado fue catastrófico. A inicios de los años sesenta, la economía se había derrumbado y, combinada con varios desastres naturales, se desencadenó una de las mayores hambrunas de la historia, con entre 20 y 40 millones de muertos según diversas estimaciones.

Mao se vio obligado a dar un paso atrás. Figuras como Liu Shaoqi y Deng Xiaoping tomaron las riendas de la recuperación económica, y para 1964 China parecía encaminarse hacia la estabilidad.

El regreso político de Mao

Sin embargo, el líder nunca reconoció plenamente sus errores. Según el historiador Xia, Mao temía además que sus sucesores lo señalaran como responsable de la catástrofe del Gran Salto Adelante.

Así, desde 1965, comenzó a preparar su regreso. Acusó a figuras como Liu Shaoqi y Deng Xiaoping de ser ‘seguidores del capitalismo’, una acusación devastadora dentro de la retórica comunista. Deng fue destituido y enviado a trabajar en una fábrica de tractores.

El 16 de mayo de 1966, Mao promulgó la directiva que oficialmente daba inicio a la Revolución Cultural. Su objetivo era doble: eliminar a sus rivales políticos y relanzar ideológicamente a la sociedad china.

‘Mao realmente creía que estaba protagonizando una nueva revolución comunista’, señala Xia. Para el dirigente, la revolución política debía ser un proceso permanente.

Masas movilizadas y culto al líder

La movilización fue de una magnitud sin precedentes. Campesinos, obreros y, sobre todo, estudiantes fueron convocados a desafiar a cualquier figura de autoridad. Todo ello se produjo bajo una intensa campaña de culto a la personalidad de Mao.

Las imágenes de miles de jóvenes reunidos en la plaza de Tiananmén, en Pekín, agitando el célebre ‘Libro Rojo’ se convirtieron en uno de los iconos más reconocibles del siglo XX chino.

La Revolución Cultural no solo fue una purga política: fue una fractura generacional, una destrucción sistemática del patrimonio cultural y una herida colectiva que China tardó décadas en comenzar a procesar.

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Fuente: NEWS MEDIA · Publicado el 18 de mayo de 2026
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