El ex viceprimer ministro libanés Ghassan Hasbani lanzó una advertencia demoledora desde Beirut: ninguna de las partes en conflicto tiene verdadera intención de detener las hostilidades de forma voluntaria. La declaración, realizada en el programa Europe Today de Euronews, resume con brutal honestidad el estado de una crisis que amenaza con escalar más allá de los suburbios del sur de la capital libanesa y extenderse a toda la región.

Hasbani, diputado en ejercicio y figura clave de la política libanesa que ocupó la vicepresidencia del Gobierno entre 2016 y 2020, reconoció que las amenazas israelíes de atacar bastiones de Hezbolá en los suburbios sur de Beirut habían sido suspendidas temporalmente gracias a gestiones diplomáticas en las que participaron el Gobierno libanés y Estados Unidos. Sin embargo, advirtió que cualquier alto el fuego estaría limitado a esa zona específica y que su sostenibilidad es, en el mejor de los casos, incierta.

Contexto y antecedentes

El conflicto actual en la frontera libanés-israelí no surgió en el vacío. Desde el estallido de la guerra en Gaza en octubre de 2023, Hezbolá —el movimiento chií libanés respaldado por Irán— abrió un frente norte contra Israel en solidaridad con Hamas. Lo que comenzó como intercambios de fuego periódicos escaló progresivamente hasta convertirse en una ofensiva israelí de mayor alcance sobre territorio libanés, con bombardeos en el sur del país y, más recientemente, operaciones en los alrededores de Beirut.

El Estado libanés, históricamente débil e incapaz de ejercer soberanía plena sobre su territorio, se encuentra atrapado en una posición paradójica: no está formalmente en guerra con Israel, pero tampoco puede controlar a Hezbolá, que opera como un Estado dentro del Estado con sus propias fuerzas militares, financiamiento exterior y cadena de mando vinculada directamente a Teherán. Esta dualidad estructural es precisamente la trampa que Hasbani describió con precisión quirúrgica.

En ese contexto, la presión estadounidense cobra protagonismo. Donald Trump, según reportes recientes, habría confrontado directamente al primer ministro israelí Benjamin Netanyahu exigiéndole frenar la ofensiva en Líbano. Sin embargo, Israel continúa avanzando sobre el terreno, incluyendo el izamiento de su bandera en el histórico castillo de Beaufort, en el sur del país, un gesto cargado de simbolismo que difícilmente pase desapercibido en el mundo árabe.

Los puntos clave

  • El ex viceprimer ministro Hasbani declaró abiertamente que no confía en que ninguna de las partes —ni Israel ni Hezbolá— detenga el conflicto de manera voluntaria.
  • Un posible alto el fuego, según Hasbani, estaría limitado a evitar ataques sobre el suburbio sur de Beirut y no representaría una cesación general de hostilidades.
  • Hezbolá es descrito por el propio legislador libanés como una fuerza militarizada fuera del control del Gobierno, cuyas decisiones responden en gran medida a los intereses de Irán.
  • Israel ha izado su bandera en el castillo de Beaufort, símbolo histórico en el sur del Líbano, en una demostración de avance territorial con alto peso simbólico.
  • El objetivo declarado del Gobierno libanés es recuperar el control total de su territorio y evitar que grupos armados no estatales arrastren al país a nuevos conflictos.

¿Qué significa esto?

Las palabras de Hasbani son reveladoras no solo por lo que dicen, sino por quién las dice. Un legislador libanés en activo, con experiencia gubernamental, que reconoce públicamente la impotencia del Estado frente a un actor no estatal como Hezbolá y la incertidumbre ante las dinámicas entre Israel e Irán, describe un vacío de poder que es, en sí mismo, el mayor problema estructural del Líbano. Mientras el Gobierno intenta ser mediador y receptor de las presiones diplomáticas internacionales, no tiene mecanismos reales para imponer un cese de las acciones militares de Hezbolá.

Para la población civil libanesa, esto se traduce en una vulnerabilidad permanente. Los suburbios del sur de Beirut, conocidos como el Dahieh, albergan a cientos de miles de personas que viven bajo la amenaza constante de ataques israelíes dirigidos a infraestructura y liderazgo de Hezbolá. Cada suspensión temporal de los ataques no es paz: es una pausa táctica. Las consecuencias humanitarias ya son devastadoras, con desplazamientos masivos y destrucción de infraestructura civil que tardaría años y miles de millones de dólares en reconstruirse.

Perspectiva para América Latina

América Latina alberga una de las diásporas libanesas más grandes del mundo, concentrada especialmente en Brasil, Argentina, México, Colombia y Chile. Se estima que entre ocho y diez millones de personas de origen libanés viven en la región, muchas de ellas con familia directa en Beirut y el sur del país. Para estas comunidades, el conflicto no es una noticia lejana: es una realidad que les afecta emocionalmente, económicamente y en términos de seguridad familiar. La escalada de las últimas semanas ha revivido el trauma colectivo de la guerra de 2006 y ha multiplicado las gestiones consulares para eventuales evacuaciones.

Más allá de los lazos humanos, la inestabilidad en el Líbano refuerza una tendencia global preocupante: la erosión de la soberanía estatal frente a actores armados no estatales financiados por potencias regionales. Es un fenómeno que América Latina conoce bien por sus propias experiencias con el crimen organizado transnacional y los grupos guerrilleros. La pregunta que la región debería hacerse es qué lecciones extrae de un Estado que perdió el monopolio de la fuerza y las consecuencias que ello acarrea para su población.

Las próximas horas y días serán determinantes para saber si la presión diplomática de Estados Unidos logra contener la ofensiva israelí o si, como teme Hasbani, la lógica militar termina imponiéndose sobre cualquier esfuerzo negociador. Lo que está claro es que el Líbano, una vez más, enfrenta una crisis existencial en la que su propio Gobierno es actor secundario en un tablero que mueven otros.

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Fuente: NEWS MEDIA · Publicado el 2 de junio de 2026
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