Reed Brody tiene 72 años, nació en Nueva York y lleva décadas haciendo lo que muy pocos se atreven: perseguir a dictadores. No con armas, sino con expedientes, testimonios y una convicción que aprendió desde niño, criado en una familia judía que sobrevivió al nazismo, escapó de campos de trabajo forzado y participó en la liberación de Budapest.
Una vida dedicada a combatir la impunidad
Ese legado familiar forjó en Brody la certeza de que los crímenes más atroces no pueden quedar sin respuesta. Con el paso de los años, esa convicción lo convirtió en uno de los abogados de derechos humanos más reconocidos del planeta, merecedor del apodo con el que hoy se le conoce en todo el mundo: el ‘cazador de dictadores’.
Desde América Latina hasta el corazón de África, Brody ha acompañado a víctimas, reconstruido historias enterradas bajo el silencio y contribuido a llevar ante los tribunales a líderes que durante años parecieron completamente intocables.
Entre sus casos más emblemáticos se encuentra el del exdictador chileno Augusto Pinochet y, sobre todo, el de Hissène Habré, exgobernante de Chad a quien persiguió durante más de dos décadas. En 2016, Habré fue condenado en Senegal a cadena perpetua por crímenes de lesa humanidad, torturas y violaciones sistemáticas cometidas durante su régimen entre 1982 y 1990.
Un nuevo libro sobre justicia y sus límites
Brody acaba de publicar ‘Atrapar a un dictador: la búsqueda de la justicia en un mundo de impunidad’, un repaso exhaustivo de sus batallas jurídicas más relevantes y una reflexión profunda sobre cómo se han construido, con avances y retrocesos, las herramientas del derecho internacional que hoy permiten perseguir a quienes cometen graves violaciones de los derechos humanos.
El libro también aborda una pregunta incómoda: ¿por qué, pese a los progresos, la impunidad sigue siendo más frecuente que la justicia?
En declaraciones a BBC Mundo, durante el festival Centroamérica Cuenta celebrado en Panamá, Brody fue contundente: ‘Hemos logrado cambiar el paradigma’. La impunidad, dijo, ya no se considera normal ni aceptable. Sin embargo, reconoció que sigue siendo la norma en demasiados casos.
La justicia internacional funciona… hasta cierto punto
‘Antes solía decirse que si matabas a una persona ibas a la cárcel; si matabas a diez, ibas al psiquiátrico; pero si matabas a diez mil, terminabas en un cómodo exilio con una cuenta bancaria en otro país’, explicó Brody. ‘Durante la mayor parte de la historia, eso ha sido así. Y aún sigue siéndolo en algunos casos’.
Como ejemplo, mencionó a Bashar al Assad, el exgobernante sirio derrocado en 2024, quien según Brody disfruta actualmente de un exilio dorado en Rusia sin haber rendido cuentas ante ningún tribunal internacional.
El abogado también señaló una de las contradicciones más profundas del sistema: desde los juicios de Núremberg, la justicia internacional ha servido principalmente para juzgar a los adversarios derrotados, no a los vencedores. Se persiguieron las atrocidades nazis, pero no el bombardeo de Dresde; los crímenes japoneses, pero no los de Hiroshima o Nagasaki.
‘Siempre me agrada ver a un dictador esposado, pero no a cualquier costo’
Con esa frase, Brody sintetiza su filosofía: la búsqueda de justicia debe ser firme, pero también íntegra. No vale cualquier método ni cualquier selectividad cómoda. El verdadero reto, insiste, es construir un sistema que juzgue con independencia, sin importar de qué lado del tablero geopolítico se encuentre el acusado.
Con décadas de experiencia y un nuevo libro en manos, este ‘cazador de dictadores’ sigue creyendo que la perseverancia, la imaginación y la audacia pueden, a veces, torcer el rumbo de la historia.



