Durante la primera jornada de la cumbre sinoestadounidense celebrada en Pekín, el presidente chino Xi Jinping recurrió a un concepto que resuena con fuerza en los círculos diplomáticos y académicos: la ‘trampa de Tucídides’. La referencia no fue casual ni improvisada. Fue un mensaje cargado de significado político, histórico y estratégico.
¿Qué es la trampa de Tucídides?
El concepto se apoya en el relato del historiador griego Tucídides sobre la guerra entre Esparta y Atenas en el siglo V antes de Cristo. Según su interpretación, el ascenso de Atenas generó tal temor en Esparta que esta decidió atacar antes de que el equilibrio de poder se volviera irreversible. Aplicado al presente, la teoría advierte del peligro de conflicto cuando una potencia emergente desafía a la potencia hegemónica dominante.
El politólogo estadounidense Graham Allison popularizó este marco analítico en su célebre obra ‘Destined for War. Can America and China escape the Thucydides Trap?’, traducida al español como ‘Destinado a la guerra: ¿Pueden Estados Unidos y China escapar de la trampa de Tucídides?’. En Pekín, Xi planteó exactamente esa misma pregunta: ¿serán capaces Washington y Pekín de evitar ese destino?
El mensaje político detrás de la referencia histórica
La alusión no es nueva en el vocabulario diplomático chino. Xi ya la ha utilizado en ocasiones anteriores. Su sentido más inmediato transmite la voluntad de Pekín de evitar una confrontación abierta y mantener lo que el Ministerio de Exteriores chino denominó una ‘relación constructiva de estabilidad estratégica’.
Esta postura conviene a los intereses de China. La estabilidad con Estados Unidos facilita el camino hacia la prosperidad y permite a Pekín seguir reduciendo la brecha con su rival a un ritmo sostenido. Por su parte, Trump también prefiere evitar un choque disruptivo de cara a las elecciones de noviembre, lo que hace probable que ambas partes salgan de la cumbre con un mensaje de calma.
Taiwán: la advertencia más explícita
Sin embargo, la referencia a Tucídides adquiere una dimensión mucho más profunda si se atiende al contexto en el que se produjo. En la misma jornada, Xi lanzó una advertencia clara y más directa que en ocasiones anteriores: si la cuestión de Taiwán se gestiona de forma incorrecta, podría desembocar en un conflicto entre las dos superpotencias.
Esa formulación más explícita no pasó desapercibida entre los analistas. Es una señal de la creciente confianza de una China que observa a Estados Unidos inmerso en lo que algunos describen como un ‘suicidio geopolítico’, marcado por la errática gestión de la administración Trump, mientras Pekín consolida su posición internacional.
China avanza mientras EE UU se desgasta
Pekín neutralizó con éxito la ofensiva arancelaria de Washington el año pasado, ha mejorado sus relaciones internacionales y ha demostrado una notable resiliencia incluso en la crisis del estrecho de Ormuz. Además, su posición como principal proveedor mundial de manufactura clave para las economías electrificadas refuerza su influencia global en un momento en que Estados Unidos muestra señales de agotamiento.
Xi suele referirse al declive de Occidente y al auge de Oriente. Esas dos referencias geográficas son, en realidad, un guiño velado que apunta directamente a la relación entre las dos superpotencias: Esparta frente a Atenas, o lo que es lo mismo, EE UU frente a China.
China no está exenta de problemas
Nada de esto significa que Pekín navegue sin dificultades. Una profunda purga militar en marcha, aunque opaca desde el exterior, revela tensiones internas en el seno del régimen. La economía china también arrastra debilidades en el consumo interno y enfrenta desafíos demográficos de largo plazo.
Pero a pesar de ello, la lectura de Pekín es clara: el balance global se inclina a su favor. La estabilidad en la relación con EE UU le reporta más beneficios a China que a su rival. Hoy, Atenas crece en fuerza relativa mientras Esparta da señales de declive. Y desde esa posición, China no solo resiste la presión arancelaria, sino que marca con firmeza sus líneas rojas, especialmente en lo que respecta a Taiwán.
Pekín ha sabido halagar a Trump, consciente de que ese tipo de gestos complacen al presidente estadounidense y le permiten presentar resultados ante su electorado. Pero los expertos advierten que, detrás de esa cortesía diplomática, la China de Xi Jinping envía un mensaje inequívoco: su ascenso no se detiene, y conoce perfectamente el peso de la historia.



