Un año después de que la tierra temblara bajo sus pies, Ana María Casas recibió las llaves de su nueva vivienda en Paratebueno, Cundinamarca. Su historia, compartida con la de Rosa Lilia Lara, vendedora de tintos en el barrio Santa Cecilia, representa el primer capítulo de una reconstrucción que promete devolver el techo a cientos de familias afectadas por el sismo que sacudió esta región del piedemonte llanero colombiano.

La entrega de esta primera casa marca el inicio de un ambicioso plan de 341 viviendas que serán edificadas para las comunidades damnificadas de Paratebueno y Medina. Detrás de esa llave entregada a Ana María Casas hay meses de espera, de vivir en condiciones precarias y de sostener la vida cotidiana desde oficios humildes como vender café o arepas en la calle, mientras el Estado y la solidaridad comunitaria encontraban el camino para la reconstrucción.

Contexto y antecedentes

Paratebueno y Medina son dos municipios ubicados en el departamento de Cundinamarca, en la zona del piedemonte que conecta el altiplano andino con los Llanos Orientales. Esta región, de vocación ganadera y petrolera, fue sacudida hace aproximadamente un año por un sismo que dejó un saldo significativo de viviendas destruidas o inhabitables, obligando a decenas de familias a buscar refugio temporal mientras sus hogares quedaban reducidos a escombros o en riesgo de colapso.

Colombia es un país con alta actividad sísmica, situado sobre el llamado ‘Cinturón de Fuego del Pacífico’ y sometido a la interacción de varias placas tectónicas. Sin embargo, la capacidad de respuesta del Estado frente a emergencias de este tipo ha sido históricamente desigual: las grandes ciudades concentran recursos y atención mediática, mientras que municipios pequeños como Paratebueno —con menos de 15.000 habitantes— suelen enfrentar una reconstrucción más lenta y olvidada.

En este caso, la combinación entre la gestión de las autoridades locales y departamentales, el apoyo del gobierno nacional a través de entidades como el Fondo Nacional de Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD) y la solidaridad activa de la comunidad permitió articular un plan concreto. La entrega de la primera vivienda, un año después, es la prueba de que ese engranaje, aunque tardío para muchas familias, comenzó a funcionar.

Los puntos clave

  • 341 viviendas serán construidas en los municipios de Paratebueno y Medina como parte del plan de reconstrucción post-sismo, siendo la entregada a Ana María Casas la primera de esta lista.
  • Las principales afectadas son mujeres trabajadoras informales, como vendedoras de tintos y comidas, que sostuvieron a sus familias durante el largo período de espera sin vivienda digna.
  • La solidaridad comunitaria jugó un papel fundamental, complementando la acción institucional en una zona donde el Estado históricamente llega con retraso.
  • El proceso tardó aproximadamente un año desde el sismo hasta la entrega del primer inmueble, un plazo que refleja tanto los desafíos logísticos como las brechas en la respuesta a emergencias en municipios rurales colombianos.
  • La reconstrucción se enmarca en la política de gestión del riesgo del gobierno colombiano, que busca no solo reponer infraestructura sino restablecer el tejido social de las comunidades afectadas.

¿Qué significa esto?

Más allá de los ladrillos y el cemento, la entrega de estas viviendas representa la restitución de un derecho fundamental: el de habitar un espacio seguro y digno. Para mujeres como Ana María Casas y Rosa Lilia Lara, cuya economía depende del rebusque diario, perder la casa significa perder también la estabilidad emocional, la base desde la cual se proyecta cualquier futuro. Un año viviendo en condiciones de incertidumbre tiene costos que no aparecen en ningún informe oficial: afecta la salud mental, la educación de los hijos y la capacidad productiva de las familias.

El plan de 341 viviendas, si se ejecuta en su totalidad y con estándares de calidad sísmica adecuados, podría convertirse en un modelo de referencia para la atención de desastres en municipios intermedios y rurales de Colombia. Sin embargo, el verdadero desafío está en el seguimiento: que las 340 casas restantes no queden atrapadas en la burocracia, los recortes presupuestales o el olvido mediático que suele caer sobre las emergencias una vez que pasan de moda en el ciclo noticioso.

Perspectiva para América Latina

La historia de Paratebueno resuena con fuerza en toda América Latina, una región donde los desastres naturales golpean de manera desproporcionada a las poblaciones más vulnerables. Desde los terremotos en México y Haití hasta las inundaciones en Brasil y Venezuela, el patrón se repite: quienes menos tienen son quienes más tardan en recuperarse. En ese sentido, el caso colombiano ofrece tanto una lección esperanzadora —la reconstrucción es posible cuando hay voluntad política y organización comunitaria— como una advertencia sobre los tiempos que implica y el costo humano de cada día de espera.

Para los países latinoamericanos con alta exposición sísmica, como Perú, Ecuador, Chile y gran parte de Centroamérica, la experiencia de municipios como Paratebueno subraya la necesidad urgente de fortalecer los sistemas de respuesta rápida a nivel local, invertir en vivienda resistente antes de los desastres y garantizar que la reconstrucción no sea solo una promesa de campaña sino un proceso verificable y con plazos reales.

La mirada ahora debe mantenerse sobre el avance de las 340 viviendas pendientes en Cundinamarca. El ritmo de entrega, la calidad de la construcción y la participación de las comunidades en el proceso serán los indicadores reales de si esta reconstrucción es un modelo exitoso o simplemente un acto simbólico de inauguración. Ana María Casas ya tiene sus llaves; cientos de familias aún esperan las suyas.

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Fuente: NEWS MEDIA · Publicado el 7 de junio de 2026
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