Seis semanas. Más de 600 kilómetros. Temperaturas que oscilan entre los -30 y los +15 grados centígrados. Con una tienda de campaña, un trineo y los esquís como únicos medios de transporte, el dramaturgo británico Tom Bailey completó uno de los viajes artísticos más singulares de los últimos años: cruzar a pie las tierras fronterizas árticas entre Noruega, Finlandia y Suecia, sin tomar un solo vuelo ni subirse a un coche.

El proyecto, titulado ‘Threshold – A Wild New Border Journey’, no es solo una travesía física sino una investigación política, ecológica y artística sobre una de las regiones que más rápido está cambiando en el planeta. Bailey, integrante de la compañía teatral MECHANIMAL con sede en Bristol, partió desde la frontera noruega con Rusia en marzo y concluyó su recorrido el 27 de mayo en el Festival Internacional de Teatro de Stamsund, en las islas Lofoten. El viaje fue tan exigente que el artista tuvo que viajar de noche —cuando la nieve se rehiela— y dormir de día, debido a una primavera ártica inusualmente cálida que convertía la nieve en una masa blanda e intransitable.

Contexto y antecedentes

El Ártico no es solo un escenario dramáticamente hermoso: es uno de los termómetros más sensibles del cambio climático global. Según datos del Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), la región ártica se calienta hasta cuatro veces más rápido que el promedio mundial. Esto tiene consecuencias directas sobre los ecosistemas, las comunidades indígenas como los pueblos samis —con quienes Bailey se reunió durante su travesía— y la geopolítica de los recursos naturales.

En los últimos años, el deshielo del Ártico ha abierto nuevas rutas marítimas y ha puesto sobre la mesa una feroz competencia internacional por sus recursos energéticos y minerales. Potencias como Rusia, Estados Unidos, Noruega y China han intensificado su presencia en la región, lo que convierte al Ártico en un espacio de disputa estratégica además de una zona de crisis ambiental. Bailey eligió precisamente la frontera con Rusia como punto de partida, una decisión cargada de simbolismo en el contexto geopolítico actual.

Desde el mundo del arte y la cultura, existe una corriente creciente de creadores que cuestionan el impacto ambiental de las propias giras teatrales y musicales. Festivales europeos y compañías de teatro han comenzado a debatir seriamente cómo reducir su huella de carbono. Bailey lleva esta reflexión al extremo: en lugar de volar hasta un lugar para hablar sobre la naturaleza, decide convertirse en parte del paisaje que quiere investigar.

Los puntos clave

  • El recorrido superó los 600 kilómetros a través de bosques remotos, lagos helados y cordilleras costeras entre Noruega, Finlandia y Suecia, sin usar avión ni automóvil en ningún tramo.
  • Una primavera ártica excepcionalmente cálida obligó a Bailey a invertir su rutina: viajar de noche con temperaturas más bajas y dormir durante el día, lo que refleja de forma directa el impacto del cambio climático sobre sus condiciones de viaje.
  • El proyecto plantea una pregunta jurídica y filosófica radical: si la naturaleza —el mar, los renos, los líquenes— debería tener representación legal como sujeto de derechos en las decisiones que afectan al Ártico.
  • El Brexit complicó la logística del viaje, ya que como ciudadano británico Bailey está sujeto al límite de 90 días de estancia en el espacio Schengen, forzándolo a calcular con precisión sus movimientos en la zona.
  • Durante el trayecto se reunió con comunidades samis, artistas e investigadores locales, convirtiendo el viaje en una plataforma de escucha activa y cocreación con quienes habitan el territorio ártico.

¿Qué significa esto?

Más allá del mérito artístico del proyecto, la travesía de Bailey pone el dedo en una llaga incómoda del activismo cultural contemporáneo: la contradicción entre el mensaje medioambiental y las prácticas de producción artística. Las industrias del espectáculo y la cultura generan una huella de carbono significativa a través de giras internacionales, producciones a gran escala y desplazamientos aéreos constantes. El modelo de Bailey —lento, físico, integrado en el territorio— propone una alternativa que, aunque difícilmente replicable a escala masiva, señala una dirección ética posible.

La pregunta sobre los derechos de la naturaleza que Bailey introduce en su investigación tampoco es menor. En los últimos años, varios países han reconocido legalmente a ríos, glaciares y ecosistemas como sujetos de derecho: Ecuador lo incorporó en su Constitución en 2008, Nueva Zelanda reconoció al río Whanganui como persona jurídica en 2017, y en Colombia la Corte Suprema otorgó derechos a la Amazonía en 2018. Que un artista teatral lleve esta discusión al corazón del Ártico —y la plantee como urgencia política— refuerza la idea de que el arte puede ser un espacio legítimo de debate sobre el futuro del planeta.

Perspectiva para América Latina

América Latina no es ajena a ninguno de los debates que articula este proyecto. La región alberga algunos de los ecosistemas más amenazados del mundo —la Amazonía, los glaciares andinos, el Pantanal— y sus comunidades indígenas llevan décadas exigiendo reconocimiento legal y político frente al avance extractivista. El movimiento por los derechos de la naturaleza tiene en América Latina algunos de sus precedentes más importantes a nivel global, y la pregunta que Bailey formula desde el Ártico —¿puede la naturaleza tener representación jurídica?— resuena con fuerza en países como Bolivia, Ecuador, Colombia o Brasil, donde este debate tiene consecuencias muy concretas para millones de personas.

Además, el modo en que el cambio climático transforma el Ártico tiene efectos globales que ya se sienten en la región: la alteración de patrones climáticos, el deshielo que eleva el nivel del mar y la disputa geopolítica por recursos naturales son procesos interconectados. Lo que ocurre en el norte del planeta no es ajeno a lo que sucede en el sur.

Se espera que la experiencia de Bailey se transforme en una pieza escénica terminada, desarrollada junto a su compañía MECHANIMAL. El proceso creativo aún está en marcha, pero el propio viaje —sus encuentros, su lentitud radical, sus contradicciones— ya constituye un documento artístico y político de primera magnitud. Habrá que seguir de cerca cómo este material se convierte en teatro, y qué conversaciones logra abrir sobre el futuro del Ártico y del planeta.

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Fuente: NEWS MEDIA · Publicado el 14 de junio de 2026
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