El terremoto de magnitud 6.9 que sacudió el norte de Venezuela el miércoles 24 de junio dejó un rastro de dolor que va más allá de las lesiones físicas. Los médicos que atendieron a las víctimas, especialmente a los niños heridos, cargan ahora con cicatrices emocionales profundas que cuestionan sus vocaciones profesionales después de décadas de ejercicio médico.

Un pediatra especializado en emergencias con 34 años de experiencia relata que durante seis días consecutivos atendió decenas de menores aplastados por los escombros. Lo que comenzó con niños gritando y llorando por golpes menores evolucionó hacia casos devastadores: pacientes con extremidades necrosadas, riesgo de shock hipovolémico, insuficiencia renal aguda y, en muchos casos, fallecimientos posteriores. «La mirada de esos niños se queda con uno para siempre», confiesa el profesional con la voz quebrada por el llanto, expresando que ya no desea continuar siendo pediatra.

Contexto y antecedentes

Venezuela experimentó un doble terremoto el 24 de junio que generó un caos sin precedentes en los servicios de salud del país. Este evento representa la tragedia natural más devastadora que la nación ha enfrentado en años, superando en magnitud los eventos de conmoción social que el país ha vivido, como el Caracazo en 1989, el deslave de Vargas en 1999 y la pandemia del coronavirus entre 2020 y 2021.

El sistema de salud venezolano, ya debilitado por la crisis económica y política que atraviesa el país desde hace años, se vio completamente rebasado. Los hospitales carecían de equipos básicos, catéteres para diálisis, laboratorios operativos y protocolos coordinados para atender a cientos de pacientes simultáneamente. El traslado de víctimas se realizó en condiciones caóticas, sin ambulancias adecuadas ni vías intravenosas establecidas durante el trayecto, lo que agravó el estado de los heridos.

Puntos clave

  • Un pediatra con 34 años de experiencia atendió decenas de niños gravemente heridos durante seis días consecutivos después del terremoto del 24 de junio en Venezuela.
  • Los médicos reportan síndrome de aplastamiento severo en menores, incluyendo necrosis de extremidades, riesgo de shock y insuficiencia renal aguda por acumulación de toxinas musculares.
  • Los laboratorios hospitalarios no estuvieron operativos durante las primeras 48 horas, obligando a realizar pruebas diagnósticas en laboratorios externos, retrasando resultados críticos de 45 minutos a 2 horas.
  • Escasez crítica de catéteres para diálisis, dependiendo completamente de donaciones locales a partir del fin de semana después del desastre.
  • Profesionales médicos experimentan trauma psicológico severo, incluyendo insomnio, depresión y cuestionamiento de sus vocaciones profesionales tras presenciar la morte de pacientes vulnerables, especialmente niños y ancianos.

¿Qué significa esto?

El testimonio de estos médicos revela una realidad que va más allá de las estadísticas de fallecidos y heridos. La crisis humanitaria generada por el terremoto expone no solo la vulnerabilidad estructural del sistema de salud venezolano, sino también el costo emocional y psicológico que cargan los profesionales médicos que se enfrentan a catástrofes sin los recursos mínimos necesarios. Cuando un pediatra con más de tres décadas de experiencia considera abandonar su profesión, estamos ante un indicador grave del colapso institucional y del impacto traumático de la tragedia.

La falta de coordinación en los traslados de emergencia, la ausencia de laboratorios operativos en los primeros días críticos, y la escasez de equipos médicos básicos como catéteres para diálisis, significan que pacientes rescatados vivos del escombro terminaron falleciendo por complicaciones evitables. Los médicos internistas reportan que 45 minutos de diferencia en los resultados diagnósticos pueden significar la diferencia entre la vida y la muerte en casos de síndrome de aplastamiento. Esta brecha entre lo que saben que deberían hacer y lo que pueden hacer con los recursos disponibles genera un trauma profesional duradero.

Perspectiva para Colombia y América Latina

Este desastre en Venezuela representa una advertencia para toda América Latina sobre la importancia de mantener sistemas de salud resilientes y preparados para emergencias. Colombia, con su vulnerabilidad sísmica similar especialmente en zonas como el Eje Cafetero y la región Caribe, debe evaluar críticamente si sus hospitales tienen protocolos actualizados, equipos de diálisis suficientes, laboratorios de emergencia descentralizados y personal capacitado en atención de traumas masivos. México, Perú, Chile y otros países latinoamericanos con historial sísmico enfrentan riesgos equivalentes.

La crisis de recursos y personal médico que Venezuela experimentó durante esta tragedia no es exclusiva de ese país. Muchas naciones latinoamericanas han reducido presupuestos en salud durante los últimos años, generando escasez de equipos y medicamentos. El testimonio de los médicos venezolanos debe servir como catalizador para que gobiernos de la región inviertan preventivamente en infraestructura hospitalaria, capacitación de personal en manejo de desastres, y sistemas de coordinación intersectorial que funcionen incluso en condiciones caóticas.

Preguntas frecuentes

¿Qué es el síndrome de aplastamiento y por qué es tan peligroso en desastres?

El síndrome de aplastamiento (crush syndrome) ocurre cuando los músculos del cuerpo están comprimidos bajo peso durante períodos prolongados. Cuando se libera la presión, las toxinas acumuladas en los músculos (especialmente mioglobina y potasio) se liberan al torrente sanguíneo, causando insuficiencia renal aguda, shock hipovolémico y, potencialmente, muerte. Es especialmente crítico en terremotos porque los pacientes pueden pasar horas atrapados bajo escombros. El tratamiento requiere reposición agresiva de líquidos, medicamentos específicos e, idealmente, diálisis para filtrar las toxinas de la sangre.

¿Por qué los médicos venezolanos piden anonimato para hablar sobre esta experiencia?

Venezuela ha experimentado represalias contra profesionales médicos que critican públicamente las condiciones del sistema de salud o expresan desacuerdo con políticas gubernamentales. Uno de los médicos menciona que en el pasado le reventaron los vidrios de su automóvil tras negarse a prescribir un antibiótico según instrucciones que consideró inapropiadas. En este contexto, mantener el anonimato es una estrategia de protección personal y profesional. Este silencio forzado agrava el problema, porque evita la transparencia necesaria para solicitar ayuda internacional y presionar por mejoras en los servicios de salud.

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Fuente: News Media · Publicado el 10 de julio de 2026
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